
Valve Steam Machine con 8 GB de VRAM: ¿apuesta inteligente o cuello de botella para los AAA?
Valve vuelve a mirar al salón de casa con una nueva Steam Machine: un pequeño PC con SteamOS pensado para vivir debajo del televisor y comportarse más como una consola que como un ordenador clásico. La idea seduce: encender, ver la interfaz de Steam, agarrar el mando y jugar. Pero en cuanto la ficha técnica empezó a circular, el debate se centró en un solo dato: la gráfica solo cuenta con 8 GB de VRAM. En pleno final de 2025, con lanzamiento previsto para 2026, muchos jugadores se preguntan si eso no es quedarse corto desde el primer día.
Para entender la jugada hay que mirar más allá del número. La Steam Machine no pretende reemplazar a los PCs entusiastas con torres enormes y gráficas triple slot. Su objetivo es ocupar el hueco del típico «PC de salón»: formato compacto, ruido contenido, encendido rápido y cero peleas con Windows, drivers o ventanas emergentes. En el fondo es la misma filosofía que hizo popular al Steam Deck, pero trasladada a un contexto distinto: sofá, pantalla grande y sesiones largas en el televisor del salón.
En el centro del sistema encontramos un chip gráfico semi personalizado de AMD basado en arquitectura RDNA 3. Sobre el papel recuerda bastante a una Radeon RX 7600 recortada: alrededor de 28 unidades de cómputo, un TDP de unos 110 W y 8 GB de memoria GDDR6 sobre un bus relativamente estrecho. Es una configuración muy competente para 1080p, y con perfiles bien ajustados es capaz de defenderse en 1440p. El problema aparece cuando en la publicidad leemos frases del tipo «4K a 60 FPS» y el jugador medio se imagina automáticamente todo en ultra y resolución nativa.
Ese 4K, sin embargo, viene con truco. Valve se apoya de forma explícita en FSR, la tecnología de reescalado de AMD. Lo que la Steam Machine suele hacer en la práctica es renderizar el juego a 1080p o 1440p y luego reconstruir la imagen a 4K para mostrarla en la tele. Hecho con cariño, el resultado puede verse muy bien, sobre todo a distancia de sofá. Pero no es lo mismo que calcular cada frame en 4K nativo con texturas al máximo y ray tracing sin piedad. Por eso, más que una máquina «4K nativa», estamos ante un dispositivo pensado para 1080p sólido y 4K «inteligente» vía upscaling.
Ahí es donde los 8 GB de VRAM se convierten en el punto más polémico. En los últimos años hemos visto cómo la comunidad ponía el grito en el cielo cada vez que Nvidia o AMD lanzaban gráficas de gama media con esa misma cantidad de memoria mientras los requisitos de los AAA se disparaban. No es raro ver juegos actuales pedir más de 10 o 12 GB de VRAM para mover texturas en alta a 1440p sin tirones. Cuando la memoria de vídeo se queda corta, el castigo no son solo unos pocos FPS menos: aparecen tirones al girar la cámara, texturas que tardan en cargar y un streaming irregular que rompe la sensación de fluidez.
La comparación con las consolas de sobremesa tampoco ayuda a relajar el ambiente. PlayStation 5 cuenta con 16 GB de GDDR6 unificada que comparten CPU y GPU, de los cuales la gran mayoría queda disponible para los juegos. Xbox Series X sigue una filosofía similar con un gran pool de memoria de alta velocidad. Frente a eso, la Steam Machine ofrece 8 GB de VRAM dedicados y confía en la RAM del sistema y en un SSD rápido para sostener el resto de la carga. Es lógico que muchos se pregunten cuánto se quedará SteamOS para sí mismo y si no habrá demasiados procesos en segundo plano devorando recursos que podrían ir directos a los juegos.
Aun así, quien recuerde el lanzamiento del Steam Deck verá un patrón claro. En 2022, el hardware del Deck ya parecía por detrás de los móviles gaming y de otros portátiles dedicados: resolución baja, APU modesta, consumo ajustado. Y sin embargo, Valve consiguió darle la vuelta a la historia con un enfoque muy pragmático. Introdujo el sello «Verificado en Steam Deck», animó a las desarrolladoras a ofrecer presets específicos e insistió en que en muchos AAA el objetivo eran 30 FPS estables a 800p, no gráficos al máximo. El resultado fue que el Deck dejó de verse como un aparato «flojo» y pasó a percibirse como un sistema muy bien pensado dentro de sus límites.
Con la nueva Steam Machine, la compañía parece querer repetir la receta, ahora adaptada al salón: en vez de prometer 4K ultra para todo, la apuesta parece ser 1080p y 1440p bien medidos, 4K mediante FSR y un conjunto de juegos probados y etiquetados para funcionar razonablemente bien en ese hardware. La diferencia importante es el contexto: el Deck llegó a un segmento relativamente nuevo, mientras que la Steam Machine va de cabeza al mismo espacio mental que ocupan PS5 y Xbox Series X, con sus catálogos asentados, grandes exclusivos y packs en oferta.
La gran pregunta es si 8 GB de VRAM matan el producto de salida. La respuesta corta es que no, siempre que industria y usuarios entiendan qué papel quiere jugar este dispositivo. Si la Steam Machine logra una base de usuarios sólida, se convertirá en una referencia clara para los estudios: un objetivo concreto con 8 GB de VRAM que no se puede ignorar. Eso forzará a muchos a diseñar mejor los presets y el streaming de assets, de forma que los picos de consumo de memoria no se conviertan en un drama constante. Para quien ya vive hoy con gráficas como una RTX 4060 o una RX 6600, la experiencia en la Steam Machine será, en esencia, muy familiar.
De hecho, puede haber un efecto colateral positivo para el resto del mercado. Si un aparato con 8 GB de VRAM gana protagonismo, dejará de ser tan fácil para los desarrolladores asumir que «todo el mundo» tiene 12 o 16 GB de memoria de vídeo. Veremos más juegos pensados para escalar mejor hacia abajo, con texturas opcionales de menor peso y sistemas de streaming más finos. Eso alarga la vida de un montón de GPUs intermedias que hoy ya están sufriendo para mantenerse al día con los requisitos de los títulos más exigentes.
Claro que todo esto solo funciona si Valve no tropieza en los mismos puntos que hundieron a la primera generación de Steam Machines hace años. Aquella apuesta se perdió entre configuraciones confusas, precios poco competitivos y una propuesta que no ofrecía ventajas claras frente a una consola tradicional o un PC montado a medida. En esta ocasión, la responsabilidad recae mucho más directamente sobre Valve: es su sistema operativo, su tienda, su caja y su mensaje. Si el precio está demasiado cerca de una PS5 o de un PC con gráfica tipo RTX 4060, los 8 GB de VRAM van a sonar a recorte injustificable.
El resto de la configuración también va a marcar diferencias. 8 GB de VRAM acompañados de poca RAM, un SSD justo y un SteamOS pesado serían una combinación peligrosa. Al contrario, una buena cantidad de memoria en doble canal, un SSD rápido y un sistema operativo relativamente ligero pueden compensar parte de las limitaciones del buffer de vídeo, asegurando que las texturas y los datos se sirvan a la GPU con la menor fricción posible. Cuanto más delgada sea la capa de SteamOS, más cerca estará la Steam Machine de exprimir hasta la última gota del hardware disponible.
En el fondo, esta Steam Machine no aspira a ser «el aparato más potente del salón». Su objetivo es ser la pieza física que une todo el ecosistema Valve: SteamOS, la tienda, los mandos, la nube, la comunidad, los filtros de compatibilidad y un catálogo inmenso en un solo dispositivo. Los 8 GB de VRAM forman parte de ese puzle: son un riesgo calculado, un mensaje de que Valve prefiere apostar por integración y optimización antes que entrar en una guerra de teraflops imposible de ganar contra los gigantes del hardware dedicado.
Si esa apuesta funcionará o no, lo veremos cuando la Steam Machine empiece a convivir con consolas y PCs en las casas reales. Para el jugador que quiere simplemente enchufar algo a la tele, olvidarse de Windows y disfrutar de 1080p o 1440p estables con buena calidad gráfica, el dispositivo tiene mucho sentido. Para quien compra pensando en 4K nativo, todo en ultra y ray tracing agresivo durante los próximos cinco años, la cifra de 8 GB de VRAM debería encender, como mínimo, una luz amarilla. No es una condena automática, pero sí un recordatorio de que el equilibrio entre precio, expectativas y realidad técnica será más delicado que nunca.