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Cuando unas cartas de visita prenden fuego al debate sobre IA en Call of Duty Black Ops 7

por ytools
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Call of Duty: Black Ops 7 acaba de aterrizar y ya se ha convertido en el ejemplo perfecto de hasta qué punto la discusión sobre la inteligencia artificial está chocando de frente con los grandes blockbusters del videojuego. Lo que empezó como unas cuantas cartas de visita extrañas en el multijugador se ha transformado en un debate mucho más incómodo sobre empleo, derechos laborales y creatividad, que ha terminado incluso en el Congreso de Estados Unidos, donde el congresista Ro Khanna ha señalado directamente a Activision Blizzard por su uso de IA generativa.

La chispa saltó cuando los jugadores empezaron a compartir en redes sociales capturas de tarjetas y calling cards con un estilo que muchos reconocen al instante: personajes “cute” en paisajes tipo anime, colores suaves, fondos reciclados y pequeños fallos anatómicos aquí y allá.
Cuando unas cartas de visita prenden fuego al debate sobre IA en Call of Duty Black Ops 7
Ese aire de «Studio Ghibli de AliExpress» es ya marca registrada de miles de imágenes generadas por modelos de IA. Ver algo así dentro de uno de los shooters más vendidos del planeta, vendido a precio completo y respaldado por un gigante como Microsoft, para muchos fue una señal clara: en vez de pagar por arte original, se ha optado por el camino rápido y barato.

La respuesta oficial de Activision no tardó en llegar. La compañía explicó que usa una variedad de herramientas digitales, «incluyendo herramientas de IA», para ayudar a sus equipos a crear las mejores experiencias posibles y recordó que el proceso creativo sigue liderado por profesionales humanos. Técnicamente puede ser cierto: en la mayoría de estudios grandes ya se utilizan generadores de imágenes, asistentes de texto y sistemas de escalado en mayor o menor medida. Pero la pregunta que preocupa a la gente no es si la IA está o no en la tubería de producción, sino quién gana y quién pierde cuando esas herramientas entran en escena: ¿se trata de liberar tiempo a los artistas o de justificar recortes?

Ahí entra la figura de Ro Khanna. En una serie de mensajes, el congresista demócrata defiende que la innovación tecnológica puede ser positiva, incluso necesaria, pero no puede convertirse en excusa para eliminar puestos de trabajo a gran escala. Khanna propone revisar el código fiscal para que la automatización extrema deje de ser el camino más rentable, plantea la creación de consejos de trabajadores que participen en las decisiones sobre cómo se desplegará la IA dentro de las empresas y defiende que las ganancias de productividad se repartan de forma más justa, por ejemplo a través de la negociación colectiva. Incluso ha mencionado la posibilidad de un impuesto específico sobre la «desplazación masiva» de empleados causada por la automatización.

Entre la comunidad de jugadores y desarrolladores las reacciones están bastante divididas. Hay quien aplaude que, por una vez, alguien en política hable de IA y trabajo en un tono que no es solo marketing tecnológico. Señalan que es difícil de tragar que una compañía multimillonaria utilice modelos generativos para algo tan visible como el arte promocional y cosmético cuando el precio de entrada del juego sigue siendo altísimo. Otros, en cambio, ven en Khanna a un político aprovechando la ola de odio a la IA para ganar titulares, y recuerdan que hay usos mucho más agresivos y dañinos de estas tecnologías en publicidad, bancos de imágenes o edición de libros que pasan bajo el radar.

Tampoco ayuda que no sea la primera vez que Call of Duty tropieza con el mismo tema. Hace meses ya hubo polémica cuando se descubrió que materiales de Black Ops 6 incluían arte claramente generado por IA, como una pantalla de carga con Papá Noel zombi que muchos describieron como «sopa de IA». Si ampliamos el foco más allá de los videojuegos, el patrón se repite: portadas de cómics, pósters de cine, cubiertas de novelas, ilustraciones para música… Una y otra vez salen a la luz casos en los que encargos a ilustradores se sustituyen por imágenes generadas hasta que alguien detecta la típica mano con seis dedos o la firma deformada en una esquina.

El caso Black Ops 7 sirve también para mostrar una fractura interna en la comunidad. Un sector del público ve la IA como la siguiente etapa lógica de la automatización: igual que las fábricas metieron brazos robóticos en la cadena de montaje, los estudios de videojuegos pueden dejar que una máquina se encargue de los elementos más repetitivos y “de relleno”. En esa lógica, que una IA fabrique cientos de insignias, fondos y tarjetas tiene sentido si permite a los artistas concentrarse en mapas, cinemáticas y escenas clave. Otro sector responde que el arte no es un tornillo más del engranaje, y que cuando hasta los detalles «menores» del juego se sienten genéricos y artificiales, se rompe la ilusión de estar jugando a algo hecho con cariño.

Para muchos artistas, sobre todo quienes están empezando, la preocupación es más concreta: temen que se esté desmantelando la escalera de entrada a la industria. Tradicionalmente, tareas como iconos, banners o assets pequeños servían para que perfiles junior aprendieran el oficio y construyeran portafolio. Si esos trabajos pasan a manos de modelos generativos, el riesgo es que solo queden unos pocos puestos senior dedicados a escribir prompts, filtrar resultados y hacer retoques finales. Los defensores de la IA contestan que las mismas herramientas pueden empoderar a equipos pequeños e incluso a desarrolladores en solitario, que de repente tienen acceso a recursos visuales y de marketing que antes solo estaban al alcance de un publisher enorme.

Khanna intenta colocarse justo en ese punto intermedio. En sus declaraciones insiste en que el avance tecnológico puede ser «patriótico» y beneficioso para la humanidad, pero solo si se diseña pensando en que la gente siga teniendo trabajo digno y autonomía. Sus ideas – desde cambiar incentivos fiscales hasta reforzar sindicatos y establecer “barandillas” para el despliegue de IA – están lejos de convertirse en ley y no faltan voces que las tachen de vagas o poco realistas. Sin embargo, el simple hecho de que un político estadounidense use el arte de unas calling cards de Call of Duty como ejemplo demuestra hasta qué punto los videojuegos se han convertido en escaparate de debates mucho más amplios.

Para Activision, el momento no podría ser peor. Black Ops 7 ya llegaba con críticas por su campaña siempre conectada, las limitaciones a la hora de pausar partidas y las expulsiones automáticas por inactividad. Las primeras reseñas hablan de una campaña ambiciosa y “loca” en su planteamiento, pero también de un resultado irregular, inferior al del título del año anterior, con notas que rondan el 6 sobre 10. En ese contexto, descubrir que parte del envoltorio visual se ha delegado en una IA no se percibe como un simple experimento tecnológico, sino como otro síntoma de un modelo AAA obsesionado con exprimir al jugador al máximo.

Cómo terminará esta historia está todavía en el aire. Lo que sí deja claro el caso de Call of Duty: Black Ops 7 es que la pelea por el papel de la IA ha dejado de ser un tema para columnas de opinión y charlas de feria tecnológica: ahora se da juego a juego, recurso a recurso, contrato a contrato. Si en algún momento se aprueban normas que vinculen la automatización a garantías concretas para los trabajadores, es posible que las herramientas de IA acaben tratándose más como maquinaria industrial regulada que como juguete de directivo. Si no, el mercado seguirá empujando hacia la automatización de todo lo automatizable y serán los propios jugadores quienes, con su tiempo y su dinero, marquen el límite entre una ayuda razonable y una sustitución pura y dura.

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