
Escasez de DDR5: cuando un simple módulo de RAM viene con placa base obligatoria
El mercado de hardware para PC vuelve a mostrar su cara más extraña. Esta vez el foco está en la memoria DDR5 y no se trata solo de precios al alza. En Taiwán, varios distribuidores estarían negándose a vender módulos de RAM de forma individual: si quieres DDR5, tienes que llevarte también una placa base compatible. Lo que debería ser un upgrade rutinario de 16 a 32 GB se convierte así en un combo forzado con una placa que muchos usuarios ni necesitan ni piensan montar.
Las ventas en paquete no son algo nuevo para los entusiastas. Durante los últimos años hemos visto procesadores muy demandados, como el Ryzen 7 9800X3D, o ciertas tarjetas gráficas, ofrecidos casi exclusivamente en “ofertas especiales” junto a una fuente de alimentación o un modelo concreto de placa base. Normalmente eran jugadas del comercio minorista para inflar margen y mover stock. La diferencia ahora es que, según la prensa taiwanesa, la presión viene directamente de los distribuidores, un nivel más arriba en la cadena, donde el consumidor normalmente ni sabe qué ocurre.
El momento elegido no es casual. El sector se prepara para una nueva oleada de CPUs y chipsets, con plataformas como Arrow Lake y nuevos sockets que amenazan con dejar anticuadas muchas placas actuales en cuestión de meses. Mientras tanto, los almacenes están llenos de placas base que todavía son modernas sobre el papel, pero que perderán atractivo en cuanto asomen las generaciones siguientes. Al obligar a que cada módulo de DDR5 salga acompañado de una placa, los distribuidores convierten un problema de inventario en ingresos inmediatos, trasladando el coste de la transición directamente al usuario final.
De cara al público, la práctica suele maquillarse con el discurso de “luchar contra los revendedores”. Sobre el papel suena lógico: si cada kit de RAM viene atado a una placa cara, es menos rentable para los scalpers comprar decenas de unidades para revenderlas con sobreprecio. El problema es que, en la vida real, quien acaba pagando el pato rara vez es el especulador profesional, sino el jugador que actualiza el PC cada cinco o seis años o el creador de contenido que solo quería más memoria para sus proyectos.
El resultado es un mercado que entra rápidamente en modo pánico. Se habla de escasez, se viralizan historias de combos obligatorios y muchos usuarios sienten que si no compran ahora, luego será peor. Los precios de la DRAM de consumo pueden dispararse en cuestión de semanas, mientras los que tuvieron la previsión de subir a 32 o 64 GB hace meses observan la tormenta desde un lugar mucho más cómodo. Otros se ven obligados a estirar plataformas antiguas con DDR3 o DDR4, a exprimir ultrabooks de 2012 y a reciclar cada módulo que todavía funciona antes de plantearse una compra en pleno pico de precios.
No es la primera vez que vemos este guion. Lo que ocurre con la DDR5 recuerda demasiado a los últimos ciclos de tarjetas gráficas: lanzamiento con precios inflados, una bajada lenta y dolorosa hacia algo parecido a la realidad y, en el momento en que el mercado empieza a enfriarse, aparece un nuevo factor de tensión. A veces fue la fiebre del minado, después llegó el boom de la IA y ahora la excusa es la escasez de memoria. En medio de todo, el consumidor intenta cazar esas ventanas mínimas en las que una oferta de Black Friday o de temporada se parece mínimamente a un precio justo y no a una broma.
Para los fabricantes de placas base, en cambio, el panorama es bastante cómodo. Si cada módulo de DDR5 que se vende viene acompañado de una placa en las estadísticas, los informes trimestrales lucen espectaculares, aunque buena parte de esas placas jamás vea instalado un procesador. Lo que en la presentación comercial se vende como “fuerte demanda de plataforma” puede no ser más que compras forzadas disfrazadas de promoción. Por el camino quedan más cajas sin abrir, más componentes que acabarán como basura electrónica y la sensación de que el mercado se mueve más por la contabilidad que por las necesidades reales del usuario.
Para los consumidores hispanohablantes, especialmente en mercados donde el hardware ya es caro de por sí, el mensaje es claro: hay que planificar los upgrades con cabeza. Conviene evitar las compras impulsivas en plena ola de hype, desconfiar de cualquier combo que no represente un ahorro real y tener presente que alargar la vida de un equipo con un buen SSD, una fuente decente y un sistema operativo algo más ligero puede ser mejor negocio que entrar de lleno en la rueda de la nueva plataforma. Cuantos menos usuarios acepten la memoria con “impuesto de placa base”, más difícil será convertir un componente básico como la RAM en un lujo envuelto en plástico y cartón.
1 comentario
Yo antes pago un SSD y le meto Linux al PC viejo que entrar en el circo de los combos obligatorios por dos módulos de RAM