Otro nombre de peso abandona discretamente los estudios de diseño de Apple y vuelve a encender la misma pregunta incómoda: ¿quién está marcando hoy el rumbo del futuro iPhone? El protagonista esta vez es Abidur Chowdhury, el diseñador que dentro de la compañía se asociaba sobre todo con el ultradelgado iPhone Air. 
Su salida encaja de lleno con la sensación de que el mercado del smartphone ha perdido parte de la chispa y que cada fichaje o fuga en Cupertino se interpreta como un termómetro de la capacidad real de Apple para seguir siendo sinónimo de innovación, y no solo de marketing bien engrasado.
Según el periodista Mark Gurman, de Bloomberg, Chowdhury dejó un puesto cómodo y muy bien pagado en Apple para unirse a una startup de inteligencia artificial. Es casi el guion estándar de esta década: en vez de seguir puliendo la enésima generación del mismo producto, muchas figuras creativas apuestan por equipos pequeños que prometen construir desde cero el siguiente gran dispositivo alrededor de la IA. El movimiento fue tan reciente que, cuando se publicó la información, su perfil de LinkedIn todavía lo mostraba como empleado de Apple, una anécdota que ilustra lo rápido que se mueven hoy las carreras en la industria tecnológica.
Dentro de Apple, sin embargo, Chowdhury estaba lejos de ser un nombre perdido en el organigrama. El iPhone Air se vendió al mundo como el iPhone más delgado jamás creado, pero por dentro siempre fue un producto de nicho. Las expectativas internas apuntaban a que solo supondría entre un 6 % y un 8 % del total de ventas anuales de iPhone. Su misión real era otra: actuar como laboratorio rodante para probar nuevas técnicas de apilado de componentes, materiales extremos en grosor, soluciones térmicas en un cuerpo mínimo y todo tipo de trucos de ingeniería que luego, si demostraban ser viables, podían filtrarse a los modelos más masivos.
Fuera de Cupertino la narrativa fue bastante menos amable. Para buena parte del público, el iPhone Air terminó reducido a un meme: «el mismo rectángulo de siempre, solo más fino». En redes no tardaron en aparecer chistes sobre el próximo gran invento de la industria: un círculo muy, muy circular. Detrás de la broma hay una frustración real. Cuando casi todos los teléfonos se parecen, rebajar otro medio milímetro de grosor ya no se siente como una revolución, especialmente si el precio a pagar es menos batería, menor resistencia a golpes o reparaciones todavía más caras y complicadas.
En ese contexto cobran fuerza las dudas en torno al supuesto iPhone Air 2. Una de las primeras teorías que circuló era que Apple habría retrasado el modelo de otoño de 2026 a primavera de 2027 para rediseñar la «plataforma» interna y así dar cabida a un módulo de doble cámara más ambicioso. Sobre el papel suena razonable: más cámaras, más argumentos para convencer al usuario. Gurman, sin embargo, se muestra bastante escéptico. Volver a dibujar casi desde cero el interior de un teléfono tan comprimido solo para mejorar, en la práctica, una de las lentes que menos se usan en la mayoría de iPhone parece mucho trabajo para un beneficio muy difícil de percibir fuera de las notas de prensa.
La explicación alternativa se encuentra más abajo, en el silicio. El siguiente gran paso del roadmap de chips de Apple es el A20, previsto para fabricarse con el proceso de 2 nanómetros de TSMC. Además del salto habitual en rendimiento y eficiencia, se espera que el A20 explote empaquetados del tipo Wafer-Level Multi-Chip Module, integrando el SoC y la memoria DRAM directamente a nivel de oblea. Traducido al lenguaje de la calle, eso significa más ancho de banda entre CPU, GPU y RAM, menor latencia interna y mucha más flexibilidad para ejecutar funciones de inteligencia artificial avanzadas directamente en el dispositivo, sin depender tanto de la nube y con mayor privacidad.
El problema es que la capacidad inicial de producción a 2 nm será limitada y cara. Cada oblea de TSMC se convierte en un recurso estratégico que hay que repartir con lupa. Si el próximo iPhone Air está llamado a ser una de las vitrinas del A20, Apple tiene incentivos claros para ajustar su calendario. De ahí que cobren sentido los rumores de mover el lanzamiento del Air a la primavera de 2027 y alinearlo con el iPhone 18 y el más asequible iPhone 18e, en lugar de encajarlo a presión en la tradicional ventana otoñal. Lanzar el trío de modelos A20 en un momento distinto del año le daría a Apple más margen para gestionar la escasez de chips de 2 nm sin dejar desabastecidos a sus superventas.
Visto así, la marcha de Chowdhury parece menos una reacción a unas supuestas malas ventas del Air y más una pieza de un patrón más amplio: parte del talento que ayudó a definir el lenguaje de diseño del iPhone está buscando ahora espacios donde experimentar sin el peso de una megaempresa cotizada y sus ciclos de revisión interminables. Y algunos de los imanes más potentes para ese talento vienen de casa. El ejemplo más llamativo es el de Jony Ive, el histórico jefe de diseño de Apple, que desde su propio estudio colabora con OpenAI en un dispositivo que muchos no dudan en describir como posible «iPhone killer».
Lo poco que se ha filtrado de ese proyecto apunta a algo muy distinto del móvil de siempre: un objeto de bolsillo sin pantalla tradicional, pensado para interactuar principalmente por voz, contexto y pequeños gestos, con la IA actuando como una presencia constante pero discreta. Para llevar esa idea a la realidad, OpenAI habría fichado ya a unas dos docenas de exempleados de Apple, entre ellos diseñadores, ingenieros de hardware y especialistas en interfaz humana. Entre los nombres que se repiten están el experto en diseño de fabricación Matt Theobald y el responsable de interfaz Cyrus Daniel Irani, dos perfiles que ayudaron a dar forma a cómo se ve y se siente el iPhone moderno.
Todo esto no significa que el iPhone esté condenado ni que en Apple se hayan quedado sin mentes brillantes. La empresa sigue controlando uno de los ecosistemas más rentables del mundo, tiene una cadena de suministro casi intocable y cuenta con muchos diseñadores y ingenieros de altísimo nivel de los que casi nunca se habla. Pero los gestos simbólicos importan. Cuando incluso quienes están detrás de productos experimentales como el iPhone Air sienten que las ideas verdaderamente arriesgadas se podrán desarrollar mejor fuera de Cupertino, el mensaje resulta difícil de ignorar.
Paradójicamente, esta fuga selectiva de talento puede acabar beneficiando al usuario. Cuanto más en serio se tomen OpenAI, Ive y un puñado de startups la misión de reinventar el «dispositivo personal» desde la óptica de la IA, mayor será la presión sobre Apple para salir de su zona de confort. Si la compañía logra combinar su escala industrial y su ecosistema maduro con algo de la valentía que ahora parece florecer fuera de sus muros, el iPhone Air que llegue en 2027 junto a la familia iPhone 18, impulsado por el A20, podría ser bastante más emocionante que el meme del «rectángulo más delgado». Y si no lo es, tampoco faltarán candidatos dispuestos a demostrar que el futuro puede ir mucho más allá de pulir, año tras año, el mismo rectángulo brillante.