
Por qué al final dejé de pelear por el jack de 3,5 mm en el móvil
Si mi vida tuviera banda sonora, empezaría con el chasquido de la tapa de un walkman y el ruido de una cinta rebobinándose con un bolígrafo. Todavía recuerdo la primera casete que compré con mi propio dinero, de niño, contando monedas una por una en el mostrador. Quemé tanto esa cinta que la portada se borró antes de que los imanes del cabezal se rindieran. Me gasté tanto en pilas alcalinas que seguramente habría podido pagar un equipo de música decente. Y en el centro de todo aquel ritual estaba siempre el mismo héroe silencioso: el conector de 3,5 mm.
Luego llegaron las siguientes eras: el CD, que prometía calidad perfecta para siempre; los primeros ordenadores grabando discos a velocidad 2x mientras todos en casa sabían que no podían tocar nada; el reinado del MP3 y de los reproductores diminutos que cabían en el bolsillo del vaquero. Y, finalmente, el smartphone, ese imán digital que se quedó con todo: cámara, agenda, despertador, GPS, radio… y, por supuesto, reproductor de música. Durante años pareció obvio que la pequeña entrada de 3,5 mm seguiría ahí para siempre, como una puerta física a todo ese universo sonoro.
Yo era de los que defendían esa puerta a muerte. Tenía tarjetas microSD llenas de discos, conciertos, directos, maquetas de amigos y grabaciones imposibles de encontrar en otro sitio. El cable de mis auriculares estaba permanentemente enrollado alrededor del móvil, como si viniera de fábrica así. En foros, en redes y en cualquier charla friki había una posición clara: no pienso comprar un teléfono sin jack. Y lo decía muy en serio. Sin embargo, aquí estoy, en 2025, usando un teléfono sin entrada de 3,5 mm y, para mi propia sorpresa, sin drama.
Cómo los smartphones fueron matando el jack poco a poco
Antes de contar por qué dejé de resistirme, vale la pena repasar cómo empezó esta historia. En el relato simplificado siempre se culpa a una sola marca, como si un día alguien hubiera pulsado un botón y sentenciado al jack. La realidad fue más gradual. Hubo móviles ultrafinos, a principios de la década pasada, que ya sacrificaban la entrada de 3,5 mm para poder presumir de grosor mínimo. Eran rarezas tecnológicas, curiosidades de escaparate. Casi nadie los veía como el futuro.
El punto de inflexión llegó cuando los grandes fabricantes empezaron a lanzar sus modelos estrella sin jack. De repente, mirabas la parte de abajo del teléfono y solo veías altavoces, micrófonos y un puerto de carga. La ausencia dejó de ser un experimento y se convirtió en mensaje: el audio del futuro sería inalámbrico. Como suele pasar en la industria, los demás no tardaron en seguir el mismo camino. Un buque insignia tras otro se fue despidiendo del conector de 3,5 mm.
Las razones oficiales eran siempre muy razonables: más espacio interno para batería, módulos de cámara más complejos, cuerpos más delgados y ligeros, mejor resistencia al agua y al polvo. Extraoficialmente, muchos sospechábamos lo obvio: empujar al usuario hacia los auriculares Bluetooth, muchas veces de la propia marca, no era precisamente mala idea de negocio. Probablemente ambas cosas son verdad. Sea como sea, el resultado fue el mismo: la mayoría de los móviles que todo el mundo quería ya no tenían jack.
Por qué me negaba a dejarlo ir
Mi cabezonería no era solo nostalgia. Hace diez años, defender el cable tenía todo el sentido del mundo. Los auriculares Bluetooth estaban en pañales: conexiones inestables, cortes de audio en la calle, un retardo muy evidente en vídeos y juegos, y un sonido, siendo generosos, bastante mediocre. Después de acostumbrarte a unos buenos cascos con cable, pagar más por algo que sonaba peor y duraba menos parecía casi una broma.
Por aquella época yo tocaba en un grupo de versiones, ensayaba en locales con mala ventilación pero buen volumen, y hacía algunos bolos pequeños. Tenía auriculares de estudio cerrados y un par de over-ear de una marca clásica que aguantaban de todo. Mi móvil era compacto, pero con buena salida de audio y, cómo no, su querida clavija de 3,5 mm. Lo conectabas, subías el volumen y listo. Sin menús, sin emparejamiento, sin rezar para que el emparejamiento funcionara a la primera.
Al mismo tiempo, intentaba no quedarme en el pasado. Probé algunas de las primeras generaciones de true wireless. Sobre el papel eran el futuro: cero cables, libertad total, cajita de carga en el bolsillo. En la práctica, el sonido era pobre, la batería se agotaba en un suspiro y bastaba subir a un autobús lleno para que empezaran los microcortes. Daba la sensación de que te vendían la promesa del futuro, pero te entregaban una beta con fecha de caducidad.
Además estaba el tema económico. Ya había invertido dinero en varios auriculares con cable. Cambiar a un ecosistema 100% inalámbrico suponía dejar buena parte de ese equipo aparcado o depender de adaptadores para todo. El cable era sencillez pura: enchufar y disfrutar. Sin aplicaciones, sin ajustes extraños, sin preocupaciones por celdas de litio envejeciendo silenciosamente dentro del plástico. Si algo se estropeaba, lo normal era que fuera el cable, no el driver. Y eso tenía arreglo. No me faltaban motivos para seguir buscando móviles con jack en las especificaciones.
El día a día en el que el Bluetooth se fue colando sin hacer ruido
En las historias épicas siempre hay un momento de iluminación, un antes y un después muy claro. Mi relación con el jack fue más bien una transición silenciosa. No hubo una gran revelación. No fue un modelo concreto de auriculares que me hiciera decir «vale, ahora sí». Fue más como levantarte un día y darte cuenta de que llevas meses haciendo las cosas de otra manera.
Por trabajo y por vicio tecnológico, he probado un montón de auriculares inalámbricos en los últimos años. Al principio los usaba por obligación profesional, para analizarlos. Poco a poco me descubrí a mí mismo cogiendo los inalámbricos «solo por comodidad», incluso cuando no tenía intención de escribir sobre ellos. El gesto de sacar la funda del bolsillo, ponértelos y que se conecten solos empezó a ganar terreno frente a desenrollar un cable.
Entre tanto, la calidad de sonido mejoró un mundo. Los nuevos códecs, una mejor ingeniería acústica y algo de experiencia acumulada hicieron que muchos modelos actuales ya no suenen a juguete de plástico. No son equipos de alta fidelidad, pero ofrecen un equilibrio más que digno: graves decentes, voces claras, agudos sin taladrar. Para moverte por la ciudad, trabajar, entrenar en el gimnasio o cocinar mientras escuchas un podcast, es más que suficiente.
La autonomía también dejó de ser un chiste. Aquellos primeros modelos que pedían cargar cada dos horas han dado paso a in-ear que aguantan medio día sin despeinarse, y a diademas Bluetooth que pueden acompañarte varios días de uso real con una sola carga. El estuche de los true wireless se convirtió en un mini power bank que siempre va contigo. Sin darte cuenta, dejas de mirar obsesivamente el porcentaje de batería.
Pero el cambio más grande fue otro: el móvil dejó de ser mi única fuente. Empecé a escuchar música desde el portátil mientras trabajaba, a ver series en la tablet en la cama, a responder videollamadas desde el ordenador y no solo desde el teléfono, a jugar en consola con cascos. Con cable, eso significaría una coreografía constante de enchufe aquí, desenchufa allá, busca adaptador, cambia de puerto. Con Bluetooth, empecé a cambiar de dispositivo de salida como si nada, sin pensar demasiado. Andaba por la casa con los mismos auriculares conectados a lo que tocara en ese momento.
Lo inalámbrico ganó… pero no porque sea perfecto
Llegó un punto en el que miré mi smartphone principal, sin jack, y me di cuenta de que llevaba meses sin enfadarme por ello. Antes era un motivo automático para descartar un modelo. Ahora era un detalle más de la ficha técnica. No es que los auriculares con cable dejaran de gustarme; es que lo inalámbrico se había vuelto suficientemente bueno para casi todo lo que hago en un día normal.
Eso no quiere decir que el Bluetooth sea la panacea. Si juegas competitivo, cualquier milisegundo de retraso cuenta, y ahí el cable sigue mandando. Si trabajas con audio de forma profesional, la latencia y la estabilidad importan mucho más que el no llevar cable colgando. Y no podemos olvidar la realidad de las baterías: con los años pierden capacidad. Muchos auriculares se convierten en «usar y tirar» cuando el fabricante no ofrece recambio asequible o directamente no los ha diseñado pensando en cambiar esa batería.
En cambio, un buen auricular con cable puede acompañarte tranquilamente más de una década. A lo sumo hay que cambiar la almohadilla o el cable. Técnicamente, la vieja clavija de 3,5 mm sigue siendo una maravilla de sencillez y compatibilidad: barata, casi indestructible, presente en miles de dispositivos.
Sin embargo, el día a día de la mayoría de la gente no gira en torno a la teoría, sino a la comodidad. Lo que ha pasado es bastante simple: el audio inalámbrico alcanzó el nivel de «suficientemente bueno» y, una vez ahí, la comodidad pesó más que las ventajas técnicas del cable. Menos lío en el bolsillo, menos tirones del cable al sacar el móvil, menos enchufar y desenchufar. Y al usuario medio eso le basta.
¿Volveremos a ver el jack de 3,5 mm en los grandes gama alta?
La pregunta sentimental es inevitable: ¿hay alguna posibilidad real de que algún día un gran fabricante devuelva la entrada de auriculares a sus modelos estrella? En tecnología nunca es buena idea decir «nunca», pero en este caso el escenario se ve complicado. La tendencia va en otra dirección: menos ranuras, menos huecos, menos puntos de entrada de agua, más superficies lisas.
El concepto de un móvil casi sin puertos es muy tentador para las marcas: sin bandeja de SIM, sin puerto de carga tradicional, sin jack. Un bloque limpio de vidrio y metal que se vende como objeto futurista. En ese relato, la vieja clavija analógica encaja poco. Es grande para lo que hoy se considera aceptable, obliga a reservar espacio interno y no suma titulares en las presentaciones.
A la vez, los estándares inalámbricos siguen avanzando. Nuevas versiones de Bluetooth prometen menor latencia, mejor estabilidad y más eficiencia energética. Los códecs intentan acercarse cada vez más a un sonido de alta resolución, y el cancelador de ruido se ha vuelto casi obligatorio en la gama media y alta. El viejo argumento de «suena mal y se corta todo el rato» ya no se cumple para la mayoría de modelos decentes.
En lo personal, sigo creyendo que mis cascos con cable suenan mejor que cualquier Bluetooth que tengo, sobre todo si los conecto a un buen DAC. Si quiero sentarme con calma y escuchar un disco entero como antes, sigo tirando de cable. Si quiero jugar sin retraso, también. Pero he dejado de exigir que sea el móvil el que me ofrezca esa experiencia por sí solo. Para eso tengo adaptadores, otros dispositivos y otros contextos. El teléfono se ha convertido en el centro de «lo práctico», no de «lo perfecto».
Cómo ha cambiado nuestra relación con el jack en pocos años
Lo interesante es ver cómo ha cambiado la opinión colectiva. Hace unos años, cualquier anuncio de un nuevo buque insignia sin jack venía acompañado de tormenta de comentarios indignados. Las encuestas mostraban mayorías claras a favor de que volviera el conector. Hoy, esas voces siguen existiendo, pero suenan menos fuertes. Mucha gente simplemente se adaptó. Algunos compraron un buen par de true wireless y descubrieron que les basta. Otros viven con un adaptador pequeño en la mochila y ya está.
Hay generaciones nuevas que apenas han usado auriculares con cable más allá de los que venían de regalo con algún móvil antiguo. Para ellos, lo normal es abrir la cajita de los TWS, emparejarlos y no pensar más. Y, al mismo tiempo, hay usuarios que siguen buscando gamas medias con jack porque en su país los auriculares con cable buenos y baratos están a la vuelta de la esquina, mientras que los Bluetooth de calidad todavía se escapan de presupuesto.
Yo he acabado justo en ese término medio. Me gusta tener al menos un dispositivo en casa con salida de 3,5 mm siempre disponible: un portátil, una pequeña interfaz de audio, un reproductor viejo que rescaté de un cajón. Ahí el cable sigue sintiéndose en su sitio. Pero mi móvil principal ya no se define por esa entrada. Si la tiene, perfecto; si no, tampoco es un drama. Mi oído cotidiano se ha acostumbrado a la libertad de moverme sin llevar un cable colgando.
Entonces, ¿necesitamos de verdad el jack del móvil en 2025?
Al final, la pregunta se reduce a esto: en 2025, ¿es imprescindible la entrada de 3,5 mm en el smartphone? Depende de cómo escuches. Si grabas instrumentos conectados al teléfono, haces directos, usas auriculares exigentes o trabajas con audio de forma seria, un jack sigue siendo una herramienta muy útil. La latencia mínima, la fiabilidad y la sencillez de un cable bien hecho siguen sin rival en ciertos entornos.
Para el resto, para la gran mayoría que usa el móvil para música en streaming, podcasts, vídeos cortos, redes sociales y alguna serie en la cama, la respuesta honesta es que no hace tanta falta. Lo que marca la diferencia es la comodidad. Y ahí lo inalámbrico ha ganado claramente: menos cables, menos enredos, más libertad de movimiento.
Yo he encontrado mi propia paz. Tengo «un rincón analógico» donde el cable manda: un escritorio con DAC y buenos cascos, o un reproductor dedicado al que siempre le entra el jack de toda la vida. Cuando quiero escuchar «de verdad», voy ahí. El resto del tiempo, dejo que el Bluetooth gane por goleada. Y, lo admita o no el purista que llevo dentro, la verdad es que mi día a día funciona mejor así.
Puede que en unos años la historia dé otra vuelta. Quizá reclamemos baterías sustituibles en auriculares y más reparabilidad, o tal vez aparezca otro estándar que vuelva a agitar las aguas. Lo único seguro es que el jack de 3,5 mm ya hizo su trabajo: conectó generaciones enteras a su música. Hoy se ha retirado de muchos bolsillos, pero sigue sonando en nuestra memoria cada vez que recordamos el click de un casete, el salto de un CD o el primer MP3 que nos voló la cabeza.