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Batgirl al cajón: Brendan Fraser y la fría contabilidad del nuevo Hollywood

por ytools
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En 2022, Warner Bros. Discovery tomó una decisión que todavía hoy suena surrealista incluso para los estándares de los blockbusters modernos: terminó casi por completo una película de superhéroes y luego la guardó bajo llave. Batgirl, protagonizada por Leslie Grace, con Brendan Fraser como el villano Firefly y el regreso de Michael Keaton con la capa de Batman, no llegó ni al cine ni al streaming.
Batgirl al cajón: Brendan Fraser y la fría contabilidad del nuevo Hollywood
Acabó convertida en un apunte contable, en una deducción fiscal… y en un símbolo de cómo Hollywood ha empezado a tratar sus propias historias.

Para el público general, Batgirl fue poco más que un puñado de fotos filtradas de rodaje y rumores en redes sociales. Pero para la gente de Glasgow, donde varias calles se transformaron durante semanas en Gotham City, el proyecto era muy real: decorados levantados a toda prisa, buses desviados, niños mirando boquiabiertos a dobles de acción disfrazados. Para el elenco y el equipo técnico, era trabajo, expectativa y la posibilidad de un escaparate global. Ese es el punto de partida desde el que Brendan Fraser habla ahora del caso Batgirl: no como una simple anécdota, sino como el síntoma de algo más profundo en la industria.

Firefly, Glasgow y la película que se volvió fantasma

Fraser ha descrito el rodaje de Batgirl como una experiencia realmente divertida. Contaba cómo los estudios tenían varios pisos llenos de talleres, vestuarios, armas falsas y artilugios, y cómo el centro de Glasgow se disfrazaba de Gotham con letreros falsos, luces, humo y coches de policía inventados. Admitió que se colaba en el departamento de arte solo para ver de cerca maquetas, ilustraciones y trajes. Ese tipo de historias normalmente se reservan para las giras de promoción de una película, no para el entierro de un proyecto que nadie verá.

En su discurso también está la dimensión simbólica. Según Fraser, la tragedia va más allá de perder una buena oportunidad como villano. Habla de una generación de niñas que podría haber tenido otra heroína cercana, sin la imagen del multimillonario perfecto, sino alguien más reconocible, más de a pie. La posibilidad de que una chica encienda la tele y piense: «se parece un poco a mí» fue cercenada antes incluso de que el público pudiera decidir si la película valía la pena o no.

Pero lo que realmente le preocupa es el mensaje económico que deja el caso. Fraser lo sintetiza con ironía: el producto, o mejor dicho ese término tan frío que se ha puesto de moda, el contenido, pasa a ser más valioso cuando se destruye y se convierte en un número rojo compensable que cuando se le da una oportunidad en el mercado. No es una metáfora gratuita: en un sistema donde las fusiones multimillonarias mandan, un filme terminado puede rendir más como pérdida planificada que como historia proyectada.

La versión oficial frente al escepticismo del público

Desde el lado corporativo, la explicación fue mucho más pulida. Tras la reestructuración del conglomerado, Warner habló de ajustes, de proteger la marca DC y de tomar decisiones difíciles para garantizar el futuro de la franquicia. Más tarde, uno de los responsables de DC Studios aseguró que Batgirl no era «lanzable» y que su estreno habría dañado la imagen del sello. La narrativa interna era clara: se trataba de un acto drástico de control de calidad, no de una operación fiscal.

La comunidad de fans, sin embargo, no compró el discurso de forma unánime. Hay quien está convencido de que, viendo el historial irregular del universo DC antes de la llegada de James Gunn, Batgirl habría sido simplemente otro eslabón débil en una cadena llena de tropiezos. Para ese sector, la cancelación fue casi un favor tardío. Otros, en cambio, señalan que si un estudio prefiere quemar decenas de millones de dólares en vez de subir la película a su propia plataforma, el mensaje implícito sobre la calidad es devastador.

Y luego está la postura de fondo, la que trasciende la simpatía hacia el personaje: aunque Batgirl hubiera sido un desastre, ¿no debería ser el público quien lo dictamine? La historia del cine está llena de títulos que se estrellaron en taquilla, recibieron reseñas tibias y aun así terminaron convertidos en clásicos de culto. Dramas, comedias absurdas, películas que encontraron su voz tarde, gracias al boca a boca, a los videoclubes o a las plataformas. Una cinta que nunca llega a estrenarse no tiene oportunidad de convertirse en nada: ni éxito, ni fracaso memorable, ni placer culpable de madrugada.

Cuando una película se reduce a una fila en Excel

Batgirl se ha vuelto todavía más emblemática porque no fue el único caso. Poco después, Coyote vs. Acme pasó por un calvario parecido: terminada, elogiada en pases privados y al borde de ser sacrificada por razones muy similares. La diferencia fue que en este caso la reacción de la industria y de los fans fue tan contundente que el estudio relajó su postura y permitió que se buscara otro distribuidor. Ese coyote, al menos, parece haber encontrado un camino hacia el público. Batgirl, en cambio, sigue encerrada en un disco duro.

Los dos episodios dibujan un mismo patrón: el de unos grandes estudios que ya no piensan en cada película como un suceso aislado, sino como una pieza mutable dentro de una hoja de cálculo gigante. Un proyecto se rueda para llenar huecos en el catálogo de streaming; otro se frena para no confundir el nuevo rumbo de la marca; un tercero se sacrifica porque el ahorro fiscal luce mejor ante los inversores que una recaudación moderada. El riesgo creativo se filtra antes de nacer, no en las butacas del cine, sino en reuniones de presupuesto.

Para algunos analistas, esto es la consecuencia lógica de una década saturada de franquicias, spin-offs y universos compartidos. Si los filmes empiezan a parecerse demasiado entre sí, resulta más sencillo tratarlos como piezas intercambiables que como obras con identidad propia. Otros advierten que el daño colateral recae precisamente sobre los proyectos intermedios: ni microindies baratísimos ni megaeventos intocables, sino esas producciones que intentan proponer algo ligeramente distinto y son las primeras en caer cuando el contador abre el archivo de recortes.

Cansancio de superhéroes y pura curiosidad morbosa

En paralelo, la fatiga con los superhéroes es real. Una parte del fandom miraba Batgirl con los hombros encogidos desde el anuncio: otro spin-off, otra historia de origen, otra heroína diminuta repartiendo golpes a matones enormes. Para ellos, el proyecto olía a reliquia de la etapa más confusa de DC, un producto de la vieja guardia que chocaba con la idea de un reinicio creativo.

Sin embargo, la forma casi obsesiva en que el estudio enterró la película generó el efecto contrario. Cuanto más se intentaba borrar Batgirl del mapa, más gente se preguntaba hasta qué punto podía ser peor que otros tropiezos superheróicos que sí llegaron a las salas. De cinta prescindible pasó a mito prohibido. Y nada alimenta tanto internet como algo que no se puede ver pero que todo el mundo discute.

Michael Keaton, la calma del veterano y la gente a pie de calle

En medio de todo esto, la reacción de Michael Keaton aporta un matiz interesante. Para muchos, él sigue siendo el Batman que marcó una generación, y su regreso en The Flash y en Batgirl se vivía como un gran guiño nostálgico. Keaton, sin embargo, se mostró sorprendentemente tranquilo: dijo que no se lo tomaba a pecho, aunque sí le dolía por los directores y por el equipo que se quedó sin estreno.

Esa calma resume bien la diferencia de perspectiva. Para una estrella con décadas de carrera, un proyecto cancelado es una anécdota más. Para los técnicos locales, los especialistas en escenas de riesgo, los extras de Glasgow que pasaron frío nocturno disfrazados de ciudadanos de Gotham, era una experiencia única. Ellos sí vieron de cerca la magia del cine: su barrio se convirtió en otra ciudad, los buses cambiaron de ruta, los niños saludaron a Batman. Lo único que falta es el acto final de esa magia: apagar las luces y ver el resultado en pantalla.

Lo que el caso Batgirl revela sobre el futuro de Hollywood

Por eso, cuando Brendan Fraser habla de una especie de plaga cultural, no suena simplemente exagerado. Si se normaliza la idea de que una película terminada puede valer más muerta que viva, algo se rompe en la relación entre estudios, creadores y audiencia. Directores y guionistas empezarán a pensar dos veces antes de atarse a determinados acuerdos; los espectadores verán con más desconfianza los grandes anuncios de universos y planes a diez años, sabiendo que en cualquier momento un ejecutivo puede pulsar el botón de borrar.

El caso Batgirl condensa varios miedos contemporáneos: el hartazgo con los superhéroes, la fragilidad de la representación cuando depende de decisiones empresariales, y la sustitución de la palabra película por la palabra contenido en el lenguaje de los despachos. La pregunta de fondo es incómoda: ¿los grandes estudios siguen viéndose como guardianes de historias o solo como administradores de catálogos, licencias y números?

Tal vez nunca sepamos si Batgirl habría sido una joya oculta, un clásico de culto o simplemente otra cinta más en un calendario saturado. Lo único seguro es que se trata de una película acabada que el público no pudo juzgar, no porque llenara salas vacías o provocara críticas terribles, sino porque alguien decidió que era mejor que no existiera. Y en una industria construida sobre la experiencia compartida de mirar una pantalla a oscuras, esa puede ser la parte más inquietante de toda esta historia.

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