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Película live-action de Naruto: por qué el guion está listo pero el rodaje sigue sin arrancar

por ytools
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Desde hace años, la película live-action de Naruto vive en una especie de limbo que ya se volvió meme dentro del fandom. Los estudios la anuncian, se confirma un director, se habla de un guion terminado, el propio Masashi Kishimoto da su visto bueno… y aun así no hay rodaje, ni tráiler, ni una sola foto de set. Mientras tanto, nuevas generaciones descubren el anime, los veteranos vuelven a maratonear Shippuden y, entre una cosa y otra, todos se siguen preguntando si ese supuesto largometraje con actores reales algún día dejará de ser promesa para convertirse en algo tangible.

La persona que mejor puede hablar de la parte creativa hoy en día es Tasha Huo, showrunner de Tomb Raider: The Legend of Lara Croft y responsable del guion de esta versión de Naruto.
Película live-action de Naruto: por qué el guion está listo pero el rodaje sigue sin arrancar
En una entrevista reciente con ScreenRant, Huo fue sorprendentemente transparente: explicó que no tiene “ninguna actualización nueva” sobre el estado de la producción y que le encantaría poder decir lo contrario. Su trabajo, por ahora, está hecho. En 2024 entregó el último borrador del libreto, tras pulir diálogos, estructura y arcos emocionales, y desde entonces está en la misma posición que el resto de los fans: esperando que alguien en la cadena de decisiones diga “es ahora”. Ella misma admite que, además de guionista, es seguidora de la franquicia y que también tiene muchas ganas de ver qué aspecto acabará teniendo este Naruto de carne y hueso.

El gran freno no parece ser creativo, sino logístico. Tras la salida de Michael Gracey, conocido por El gran showman, el estudio fichó a Destin Daniel Cretton, director de Shang-Chi and the Legend of the Ten Rings. Sobre el papel fue una noticia que encajó muy bien con lo que el proyecto necesitaba. En Shang-Chi, Cretton combinó coreografías de artes marciales muy vistosas con un drama familiar sencillo pero efectivo, y demostró que sabe rodar acción sin perder de vista el corazón de los personajes. Para un universo como el de Naruto, en el que casi cada pelea está cargada de trauma, culpa, orgullo o deseo de reconocimiento, esa mezcla es oro puro.

El problema es que Hollywood no se mueve en el vacío. Justamente porque Cretton hizo un buen trabajo, hoy está atado hasta el cuello al Universo Cinematográfico de Marvel. Además de estar vinculado a una secuela de Shang-Chi, figura como cocreador y productor ejecutivo de la serie Wonder Man para Disney+, y en este momento se encuentra rodando Spider-Man: Brand New Day, que tiene estreno previsto para julio de 2026. Con ese calendario, intentar colar entre medias una superproducción basada en un manga gigante es casi como pedirle a Tsunade que saque una tarde libre en plena guerra ninja. No significa que Naruto haya sido descartado, pero sí que el proyecto lleva tiempo aparcado en la carpeta de “esperar hueco”.

Aun así, cuando Huo habla de la visión que comparte con Cretton, suena más ilusionada que resignada. Ella insiste en que la idea nunca fue recrear toda la enciclopedia de clanes, aldeas y bijuus en una sola película, sino ir a lo esencial: Naruto en sus primeros pasos como genin de la Aldea Oculta entre las Hojas. Un chico ruidoso, torpe y profundamente solo, cargando con el zorro de nueve colas sin entenderlo del todo, que empieza a encontrar un lugar en el mundo a través de su equipo y de sus mentores. El núcleo estaría en el vínculo entre Naruto, Sasuke y Sakura, y en la figura de Kakashi como ese maestro que mezcla ironía, trauma y una preocupación genuina por sus alumnos.

Esa apuesta más enfocada conecta directamente con el debate que se repite en redes desde que se anunció el proyecto: ¿qué arco se puede adaptar sin destrozar el ritmo? Quienes conocen la obra completa saben que Naruto pasa de pequeñas misiones relativamente contenidas a tramas enormes con conspiraciones, organizaciones criminales, guerras y dioses casi literales. Comprimir todo eso en un largometraje es imposible sin que algo esencial se pierda. Por eso muchos fans defienden que el único camino sensato es elegir una parte temprana, como el arco del País de las Olas con Zabuza y Haku, que ya ofrece drama, sacrificio, crecimiento y escenas de acción memorables. Intentar llegar a los exámenes Chunin en la primera película, por el contrario, suena a receta infalible para un collage de momentos icónicos sin aire ni contexto.

Detrás de esa preocupación hay una herida más antigua: el historial irregular de los live-action basados en anime y manga. No es raro ver en Twitter o foros el desafío de siempre: “nombra una adaptación de anime a imagen real que sea mejor que el original”. La discusión casi siempre termina en risas nerviosas, silencios largos o listas de decepciones. Casos en los que el reparto no encaja, el guion recorta todo lo ambiguo, o el look final parece más un cosplay caro que una película con identidad propia. Con este pasado a cuestas, parte del fandom de Naruto siente que el proyecto carga con una maldición previa, y no son pocos los que dicen abiertamente que quizá sería mejor no hacer nada que hacer una versión mediocre.

Justo por eso las palabras de Masashi Kishimoto pesan tanto. Cuando se hizo oficial que Cretton sería el director, el autor contó que había visto uno de sus grandes filmes de acción y, casi de inmediato, sintió que podría ser “el” director ideal para Naruto. Lo que más le llamó la atención fue la capacidad de construir dramas sólidos sobre personas reales, incluso en mitad de coreografías imposibles y explosiones digitales. Después de reunirse con él, Kishimoto lo describió como alguien abierto, dispuesto a escuchar y a integrar las opiniones del creador original en el proceso. No se limitó a un comunicado frío; habló con entusiasmo de una película que, en teoría, podría combinar acción espectacular con una carga dramática auténtica.

Conviene recordar, además, qué significa Naruto para el medio. El manga empezó a publicarse en 1999 y acabó formando, junto con One Piece y Bleach, la famosa “Big Three” del shōnen moderno. A partir de ahí llegaron las series de anime Naruto y Naruto Shippuden, el relevo generacional con Boruto, películas animadas, novelas ligeras, incontables productos oficiales y videojuegos como la saga Ultimate Ninja Storm, que ayudó a llevar las peleas de Konoha al mando de millones de jugadores. Adaptar algo con esa trayectoria no es solo cambiar de formato: es tocar una pieza central de la memoria afectiva de varios países y generaciones.

Hoy, el estado del proyecto es una mezcla incómoda de señales positivas y frenos muy concretos. Sobre la mesa hay un guion terminado, un director con experiencia demostrada en cine de acción emocional y un creador original involucrado de forma activa. En el otro lado están la agenda saturada de Cretton, los cambios constantes en la estrategia de los grandes estudios y una comunidad que va a analizar cada fotograma en busca de cualquier señal de falta de respeto hacia la obra. Mientras no se alineen esos factores, la película de Naruto seguirá siendo un poco como un jutsu de clones de sombra: todo el mundo habla de ella, pero cuando intentas tocarla, se desvanece.

Mientras tanto, el fandom hace lo que mejor sabe hacer: especular. Hay discusiones infinitas sobre quién debería interpretar a Kakashi o a Itachi, hilos enteros dedicados a decidir qué partes del manga funcionan mejor como inicio y bromas resignadas sobre la eterna espera. Entre el entusiasmo genuino y la desconfianza acumulada, la sensación general es que, si alguna adaptación tiene posibilidades de romper la “maldición” del live-action, es una que cuente con una guionista que realmente ama la serie, un director acostumbrado a equilibrar puñetazos y sentimientos, y un Kishimoto dispuesto a meterse en la sala de reuniones. Si algún día esa combinación logra salir del limbo y llegar a un set de rodaje, no solo estará en juego el sueño de Naruto de convertirse en Hokage, sino también las expectativas de toda una generación que creció corriendo con los brazos hacia atrás y creyendo que un marginado cabezota de la Hoja podía cambiar su destino.

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