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Pete Docter, Toy Story 5 y el futuro del juego en tiempos de IA

por ytools
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Suena casi increíble, pero han pasado ya treinta años desde que "Toy Story" llegó a los cines y cambió para siempre la idea que teníamos de la animación. En 1995, un largometraje hecho íntegramente por ordenador parecía tan futurista como el propio Buzz Lightyear. Hoy, la animación 3D es rutina, los niños aprenden a deslizar el dedo por la pantalla antes de atarse los cordones y la inteligencia artificial promete generar películas con un simple prompt. En medio de este panorama, Pete Docter, director creativo de Pixar, prepara "Toy Story 5" y pone en el centro un tema muy incómodo y muy actual: cuando el juguete se ve obligado a compartir la habitación con la tecnología.

Para Docter, este aniversario no es solo excusa para mirar con cariño el cuarto de Andy y llorar un poco de nostalgia.
Pete Docter, Toy Story 5 y el futuro del juego en tiempos de IA
Es sobre todo una oportunidad para recordar cuál ha sido siempre el verdadero corazón de la saga. Por fuera vemos muñecos que hablan, aventuras imposibles, guarderías caóticas y cajas de mudanza. Por dentro, son historias sobre personas: sobre el miedo a ser sustituido, el vértigo de crecer, la dificultad de dejar ir a alguien a quien queremos, la línea fina entre orgullo y generosidad. En una época en la que muchos niños forman su primer vínculo fuerte con una pantalla y no con un peluche destrozado, esos temas no pierden fuerza, al contrario: se vuelven más urgentes.

Docter cuenta que cada vez que entra en un restaurante ve el mismo cuadro: un grupo de niños en silencio, con la cara iluminada por el brillo azul del móvil, mientras los lápices de colores y los cochecitos siguen intactos en la mesa. No se lanza a dar lecciones de crianza, pero reconoce que hay algo inquietante en esa escena. El ritual de jugar se ha desplazado a una velocidad brutal. No es solo que los juguetes tengan más competencia; es que la experiencia de descubrir el mundo, de aburrirse, de inventar historias, pasa cada vez más por el filtro de un algoritmo que decide qué vídeo viene después. Para alguien cuya carrera empezó contando la relación entre un niño y su vaquero de plástico, ese cambio es demasiado grande como para dejarlo fuera de la pantalla.

De ahí nace el concepto que vertebra "Toy Story 5": "Toy Meets Tech". La nueva película, prevista para estrenarse en cines el 19 de junio de 2026, imagina un cuarto infantil donde Woody, Buzz y compañía conviven con altavoces inteligentes, tablets que nunca se apagan y asistentes virtuales que parecen conocer mejor al niño que sus propios juguetes. ¿Qué significa ser el juguete favorito cuando un dispositivo responde instantáneamente a cualquier pregunta, hace chistes, pone canciones y propone juegos a la carta? ¿Qué queda de la imaginación cuando un algoritmo siempre tiene una historia nueva preparada, incluso antes de que el niño llegue a aburrirse?

Detrás de esta mirada infantil se esconde una preocupación muy adulta: qué lugar queda para la creación humana en un mundo de herramientas generativas. Docter ha visto aparecer programas que prometen storyboards automáticos, diseños de personajes, hasta cortos completos a partir de unas pocas frases. Para un estudio que se hizo famoso precisamente por el cuidado enfermizo con el que piensa cada gesto, cada transición, cada silencio, no deja de ser amenazante. Si una máquina puede imitar el aspecto de una película con cierta eficacia, ¿cómo se defiende el valor de todo el trabajo invisible de artistas, animadores y guionistas?

La respuesta de Docter, y en el fondo la respuesta que "Toy Story" lleva tres décadas ofreciendo, es que el alma de estas películas nunca estuvo en los píxeles, sino en lo que cargan encima. No son los polígonos, sino las sensaciones: el terror de quedar olvidado en un armario, la punzada de ver a alguien crecer y alejarse, la mezcla de dolor y orgullo cuando uno elige el bien del otro por encima del propio protagonismo. Por eso todavía se nos hace un nudo en la garganta con la despedida de Andy o con los juguetes cogidos de la mano ante el horno. Una IA puede recombinar estructuras de escenas, pero no tiene esos recuerdos, esas vergüenzas, esas conversaciones incómodas que un artista arrastra desde la infancia y termina escondiendo en un plano aparentemente simple.

Docter suele recordar una escena concreta del primer "Toy Story" que le abrió los ojos. Una de las primeras tomas que animó fue el momento en el que Woody cae de la cama de Andy y Buzz Lightyear aterriza justo en su sitio. Los niños salen corriendo de la habitación y Woody reaparece, se sacude el polvo y farfulla una excusa sobre haber comido demasiada tarta y helado. Mientras trabajaba en esa secuencia, Docter se preguntó qué estaba pasando de verdad por la cabeza del muñeco. Y lo que encontró fue puro, transparente, muy humano: celos. Woody se ha pasado toda la vida convencido de que es el número uno, y de pronto llega alguien nuevo, brillante, lleno de funciones, y el mundo entero gira hacia él. Está dolido, asustado, rabioso, y al mismo tiempo se muere por disimularlo.

A partir de esa revelación, Woody dejó de ser simplemente el protagonista gracioso y mandón para convertirse en algo más complejo: un espejo de ese momento incómodo en el que sentimos que nos han reemplazado. El compañero que entra en la oficina y en dos semanas se gana todos los elogios. El hermano pequeño que acapara las miradas. En ese contexto, los celos no son solo un defecto de carácter, sino una forma torcida de amor. Woody se aferra a la atención de Andy porque esa mirada le da sentido. Lo hermoso del arco del personaje es que, poco a poco, aprende a reconocer que el cariño que siente no se demuestra conservando el primer puesto, sino asegurándose de que Andy esté bien, aunque eso signifique renunciar a privilegios. La verdadera lealtad, sugiere la película, pasa por estar dispuesto a hacerse a un lado.

En 2025, es difícil no ver en esa historia un reflejo de lo que sienten muchos profesionales ante la explosión de la IA. Ilustradores, músicos, programadores, redactores observan cómo las herramientas automáticas se abren paso en sus campos con la misma mezcla de curiosidad y pánico con la que Woody observa a Buzz. Docter no se burla de ese miedo, al contrario, lo entiende bien. Pero invita a cambiar ligeramente la pregunta: no tanto "¿va a hacer esto mi trabajo más rápido?", sino "¿para qué estoy creando?". ¿Para llenar Internet de piezas intercambiables o para dejar, de vez en cuando, una pequeña huella personal, algo que quizá le haga compañía a alguien dentro de diez años?

Que "Toy Story" está llena de esas huellas se nota en los detalles que Docter disfruta compartiendo. La niña Hannah no se llama así por azar, sino por una amiga de la familia. El momento en que Buzz, hundido, se pasea con un delantal de flores y se presenta como la señora Nesbit, viene del apellido de la maestra de segundo de primaria de su hermana. Hay pósters, muñecos de fondo y objetos aparentemente sin importancia que, para alguien del equipo, tienen una historia privada. El público no necesita conocerlas, pero se perciben en la textura del mundo: ese cuarto de Andy es creíble porque está construido con recuerdos reales disfrazados de decoración.

Por todo eso, Docter se encoge un poco cuando oye la frase de que las películas de animación "las hace el ordenador". Desde fuera, es fácil imaginar un servidor frío que, tras recibir la orden "hacer película", lanza un archivo final unas horas después. Dentro de Pixar, el proceso es mucho más caótico y, justamente por eso, mucho más humano: reuniones eternas de guion, versiones enteras que se descartan, animadores grabándose a sí mismos para entender un gesto, montadores que mueven un corte dos fotogramas adelante porque esa pausa hace daño, pero del bueno. El ordenador es parte de la cadena, no el autor. También en "Toy Story 5" se usarán las herramientas más modernas, pero las decisiones sobre qué siente un personaje en cada plano siguen perteneciendo a personas concretas.

Docter sabe, por supuesto, que el anuncio de una quinta entrega provoca chistes automáticos. En redes circulan comentarios sobre juntas en las que, supuestamente, alguien en Disney dijo: o hacemos "Toy Story 5" o vamos preparando las cajas. El cansancio ante las sagas interminables es real, y la desconfianza aparece en cuanto alguien intenta alargar un final que ya se sentía perfecto. Él no niega el peso de lo comercial: "Toy Story" es una pieza clave para el estudio y siempre habrá conversaciones sobre seguir explotando ese universo. La diferencia, insiste, es que el equipo creativo solo se compromete de verdad cuando encuentran una pregunta que sientan viva, contemporánea. El choque entre juguetes físicos y tecnología omnipresente le parece justamente eso.

El contexto generacional refuerza esa sensación. Los niños que vieron la primera película en VHS o en un cine de barrio hoy son padres, madres, incluso abuelos. Sus hijos crecen en habitaciones donde una voz invisible responde desde una esquina, donde la tablet entretiene en cada trayecto y donde un chatbot promete conversación infinita. "Toy Story 5" tiene la oportunidad de sentar a esas dos generaciones en la misma sala y lanzarles un espejo: así jugábamos, así juegan ahora, ¿qué queremos conservar de todo esto cuando la tecnología lo atraviesa todo?

Al final, el deseo de Docter es sencillo de formular y difícil de cumplir: que el mundo recuerde que "Toy Story" fue hecha por personas. No por un logo, no por una nube de datos, sino por gente que dejó marcas de su propia vida en los bordes de cada plano, como rasguños en las botas de Woody o pintura gastada en el cuerpo de un dinosaurio de plástico. La era de la IA probablemente seguirá inundando pantallas con entretenimiento rápido, brillante y olvidable. "Toy Story 5" quiere existir como un recordatorio ruidoso y colorido de que las historias que nos acompañan durante años nacen del caos, de la vulnerabilidad y del cariño muy humano que hay detrás de cada decisión. Y que, mientras haya alguien dispuesto a poner todo eso en juego, ningún algoritmo podrá sustituir del todo lo que sentimos al ver cómo un simple juguete cobra vida.

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