
Chopard L.U.C Grand Strike: cuando una grande sonnerie se convierte en una máquina viva en la muñeca
Hay relojes y hay relojes que parecen querer cerrar una discusión. El Chopard L.U.C Grand Strike pertenece claramente a esta segunda categoría. No es simplemente otro tourbillon de alto nivel vestido de oro blanco y limitado a unas pocas piezas; es una declaración de intenciones sobre lo que una complicación sonora puede llegar a ser en 2025 si una manufactura decide no conformarse con el «si suena, vale»
. Aquí, el objetivo no era solo que el mecanismo funcionara, sino que lo hiciera con autoridad: alto, claro, fiable, medible y lo bastante robusto como para vivir en la muñeca y no en una vitrina.
Hablamos de una pieza que combina grande sonnerie, petite sonnerie y repetición de minutos, con gongos de zafiro integrados en el cristal, doble barrilete, tourbillon, sello de Ginebra, certificado COSC y un protocolo de pruebas que obliga al reloj a soportar cientos de miles de golpes de martillo antes de salir de la manufactura. Sobre el papel suena exagerado, casi caprichoso. Pero cuando uno escucha cómo canta y entiende cómo está resuelto todo lo que ocurre debajo del cristal, deja de parecer un exceso y empieza a parecer inevitable: así es como debería ser una gran complicación sonora en pleno siglo XXI.
Durante décadas, el trato tácito entre marcas y coleccionistas fue otro. Las sonneries y los repetidores eran aceptados como objetos frágiles, maravillosos y, en el fondo, un poco malcriados: había que callar la sala, acercar el reloj al oído, cruzar los dedos para no accionarlo en «mal momento» y aceptar que el sonido fuera más testimonial que realmente musical. El L.U.C Grand Strike nace precisamente del hartazgo con esa resignación educada. Chopard ha intentado construir un reloj que pueda ser admirado como pieza de alta relojería, sí, pero que también se pueda usar sin miedo y disfrutar con todos los sentidos.
De qué hablamos cuando hablamos de relojes sonoros
Para situar al Grand Strike conviene repasar primero la pequeña jerarquía de los relojes de sonería. 
En la base encontramos los llamados relojes a golpe de hora, los hour striker más sencillos, que se limitan a marcar automáticamente el paso de cada hora con un único golpe sobre el gongo. Es una complicación entrañable, un pequeño recordatorio audible de que el tiempo sigue corriendo, pero mecánicamente todavía manejable. La lógica es simple: cada vez que el tren horario llega a la posición de hora en punto, un sistema de levas libera un martillo que golpea el gongo una vez.
Un escalón por encima están los repetidores. El más conocido, y el que la mayoría de aficionados tiene en mente cuando piensa en «reloj que suena», es el repetidor de minutos. Aquí el reloj permanece en silencio hasta que el propietario decide, mediante un deslizador lateral o un pulsador, solicitar que la pieza le cuente la hora. Entonces se pone en marcha una secuencia compleja: primero se golpean las horas con tonos graves, luego las cuartos de hora con una combinación grave-agudo, y por último los minutos transcurridos desde el último cuarto con tonos agudos. En cuestión de segundos, la hora queda «pronunciada» en forma de melodía codificada.
Y luego están los sonnerie propiamente dichos, la aristocracia de las complicaciones sonoras. Una grande sonnerie es un sistema que funciona tanto en automático como bajo demanda. En modo grande, el reloj golpea las horas a cada hora en punto y, a cada cuarto, repite horas y cuartos; en modo petite, reserva las horas para la hora en punto y marca en los cuartos únicamente la secuencia de cuartos. En ambos casos, la repetición de minutos sigue disponible a voluntad. Es decir, la sonnerie vigila constantemente el reloj interno y decide por sí misma cuándo debe hablar, pero también obedece cuando la mano del usuario le pide que recite la hora exacta.
Desde el punto de vista de la relojería, esto es todo menos trivial. Un hour striker solo tiene que reaccionar a un evento sencillo; un repetidor de minutos solo habla cuando se lo piden. Pero una sonnerie tiene que mantenerse sincronizada con el paso real del tiempo, gestionar energía de forma continua, memorizar en qué punto del ciclo horario está y coordinar un conjunto de palancas, ruedas y muelles de forma milimétrica para que esa información se transforme en una secuencia de golpes inteligible. Y todo, además, debe ser capaz de convivir con un tren de marcha que exige estabilidad de amplitud si queremos que la hora que suena sea también la hora que marcan las agujas.
Por qué una grande sonnerie es una de las complicaciones más difíciles
Vistas desde fuera, las grandes sonneries podrían parecer solo un problema de empaquetado: meter muchas cosas en muy poco sitio. Pero cuando hablas con relojeros que se dedican a ellas, te repiten siempre los mismos tres fantasmas: energía, seguridad y calidad de sonido
. Y es ahí donde se juega de verdad el partido que diferencia una pieza excepcional de un bonito experimento de laboratorio.
El primer monstruo es la energía. Cada vez que un martillo golpea un gongo, está gastando parte de la fuerza que una espiral de acero ha almacenado con paciencia. En una simple repetición de minutos, ese esfuerzo se concentra en un momento puntual que el usuario decide. En una grande sonnerie, el mecanismo está constantemente preparando la siguiente secuencia: cargando resortes intermedios, posicionando rastreles, liberando y reteniendo dientes. Esa preparación invisible consume energía mucho antes de que se oiga el primer «ding». Si no se controla, la sonnerie puede devorar par del barrilete hasta el punto de que la amplitud de la espiral disminuya, el reloj pierda isocronismo y el cronometraje se resienta.
El segundo problema es la seguridad mecánica. Un calibre de sonnerie es una selva de piezas finas y sistemas entrelazados. Basta una maniobra fuera de tiempo para que dos órganos que nunca deberían encontrarse se crucen en la peor posición posible. Pensemos en un propietario que, porque sí, decide cambiar la hora mientras la sonnerie está a mitad de un ciclo, o que pulsa la corona-repetidor en el preciso instante en que el mecanismo se está armando para la siguiente secuencia automática. Si no hay bloqueos y embragues bien diseñados, eso puede significar dientes rotos, pivotes doblados y meses de espera para ver el reloj de vuelta.
El tercer aspecto, históricamente relegado, es el sonido en sí. Durante mucho tiempo, muchas maisons parecieron conformarse con que su repetidor «sonara de alguna manera». El hecho de que un mecanismo tan delicado fuese capaz de producir cualquier colección de campanadas ya parecía suficiente para justificar un precio de seis cifras. La cuestión de si ese sonido era realmente nítido, sostenido, agradable, rico en armónicos y con suficiente volumen para llenar una estancia quedaba en segundo plano. El resultado eran muchas piezas admiradas por su complejidad, pero apenas audibles o con un timbre metálico y pobre que, si no llevasen un gran nombre en la esfera, habrían sido juzgadas con bastante más dureza.
El L.U.C Grand Strike se sitúa, deliberadamente, en el extremo opuesto de esa actitud indulgente. Para Chopard, no bastaba con decir «tenemos una grande sonnerie» y apoyarse en el prestigio histórico del término. La idea era construir una pieza que obligara a replantearse el listón por completo: que sonara como un instrumento serio, que soportara un uso intensivo y que se dejara medir y certificar como cualquier otro reloj de alto nivel, por complicado que fuera su corazón.
El camino de Chopard: de Strike One a Full Strike
Chopard no aterriza en la sonnerie desde cero. La división L.U.C lleva años coqueteando con los relojes sonoros. Los modelos Strike One, aparecidos a mediados de los 2000, ya mostraban un interés serio en la sonería de hora única: un martillo golpeando un gongo de acero a cada hora en punto. Eran relojes elegantes, muy bien hechos, que demostraban que la manufactura dominaba el vocabulario básico del golpe de hora. Pero todavía jugaban en el terreno clásico: gong pegado a la platina, caja como cámara de resonancia, volumen correcto pero discreto.
El giro radical llegó con el L.U.C Full Strike en 2016. Allí Chopard se planteó una pregunta que parece obvia solo después de que alguien se atreve a formularla: si el cristal de zafiro es el elemento más expuesto al aire y tiene una superficie mucho mayor que cualquier gongo metálico, ¿por qué no convertirlo en parte activa del sistema acústico? La respuesta fue un diseño en el que los gongos no son piezas de acero atornilladas al movimiento, sino estructuras de zafiro solidarias con el cristal, esculpidas en un mismo bloque. Cuando los martillos golpean, no solo vibra un hilo metálico: vibra todo el cristal.
El Full Strike demostró que esta idea funcionaba más allá del papel. De repente, teníamos un repetidor de minutos que podía escucharse desde la otra punta de una sala sin necesidad de gadgets auxiliares. Y no solo era cuestión de volumen: el timbre era más lleno, con un ataque limpio pero sin ese brillo metálico agresivo al que muchos coleccionistas se habían acostumbrado resignadamente. El reloj sonaba, por fin, tan espectacular como su precio sugería. Fue la prueba de concepto ideal sobre la que construir algo aún más ambicioso.
Ese «algo» es el L.U.C Grand Strike. Chopard tomó la arquitectura de gongos de zafiro, la refinó, la casó con una sonnerie completa (grande y petite) y añadió un tourbillon regulado y pensado para pasar por el filtro del COSC. El reto ya no era solo hacer sonar bien una secuencia cuando el usuario lo pide, sino garantizar que el reloj pueda estar tocando solo, de manera autónoma, cada cuarto de hora durante años, sin degradar su rendimiento ni agotar en exceso su reserva de marcha.
Arquitectura acústica: el cristal de zafiro como altavoz
El corazón de la personalidad sonora del Grand Strike está en su cristal. No se trata de un simple zafiro plano que sella la caja: es un bloque tridimensional cuidadosamente tallado que se extiende más allá del bisel y envuelve parte del perímetro del movimiento. Integrados en ese bloque encontramos los gongos, no como aros redondos, sino como barras de sección cuadrada que rodean el calibre. Cada barra forma una pista acústica sobre la que impactan los martillos de acero pulido.
Cuando esos martillos descargan su energía, la vibración se propaga por el gongo y se expande por toda la estructura de zafiro. Al no haber tornillos, juntas blandas ni interfaces complejas entre gongo y cristal, prácticamente no hay pérdidas. Es como golpear directamente la membrana de un instrumento, en lugar de golpear un componente que luego se apoya en otro, y en otro, y así sucesivamente. El resultado es un acoplamiento casi perfecto entre el impulso mecánico y la onda acústica que finalmente llega al oído.
El uso del zafiro como «altavoz» tiene otra ventaja: su rigidez y homogeneidad permiten una respuesta bastante controlada. En vez de un sonido sucio, con resonancias caóticas y colas que se pisan unas a otras, lo que se obtiene es una nota clara, con un decaimiento limpio. Chopard trabajó junto con una escuela de ingeniería en Ginebra para medir todo esto de forma objetiva, en cámaras anecoicas y con métricas muy poco poéticas pero muy útiles: decibelios, espectros de frecuencia, tiempos de reverberación. No se trataba solo de que el reloj sonara bonito a los oídos del maestro relojero, sino de poder demostrar que el enfoque de los gongos de zafiro tenía ventajas reproducibles frente a los diseños tradicionales.
En el Grand Strike, además, se afinó el tamaño y la masa de los martillos respecto a lo visto en el Full Strike. La conclusión, tras muchas iteraciones, fue que martillos algo más finos ofrecían un equilibrio ideal entre consumo de energía y resultado acústico: menos peso por martillo significa menos energía consumida por golpe, lo que ayuda a preservar la reserva de marcha, y al mismo tiempo se descubrió que esta configuración producía un sonido ligeramente más cálido, menos cargado de agudos estridentes, sin perder presencia. Hablamos de diferencias de décimas de decibelio, pero en un repetidor de este nivel, esos matices marcan la diferencia.
Calibre L.U.C 08.03-L: coreografía micromecánica en 0,03 segundos
Debajo de ese cristal activo late el calibre L.U.C 08.03-L, un movimiento de cuerda manual que podría describirse como un pequeño ecosistema mecánico. No es un simple calibre base con un módulo añadido encima: es una arquitectura integrada diseñada desde el principio para alojar el tourbillon, la sonnerie y el repetidor como partes de un todo coherente. La cifra de componentes supera con holgura los seiscientos, de los cuales una buena parte pertenece al sistema de golpe.
Lo asombroso es lo que sucede en el instante en que la sonnerie entra en acción. Chopard habla de 34 componentes que pasan de reposo a plena actividad en unas 0,03 décimas de segundo cada vez que se dispara una secuencia sonora, ya sea automática o bajo demanda. Esos elementos están gobernados por 22 resortes-lámina ajustados a mano, que determinan en qué momento se libera un rastrel, hasta dónde puede girar una leva, cuándo queda bloqueada una rueda. Es una especie de ballet en miniatura que el usuario, a simple vista, apenas percibe como un «clic» y un cambio de postura de un par de piezas visibles bajo el cristal.
Para que ese ballet no se convierta en un tropiezo constante, cada movimiento requiere una cantidad importante de ajuste manual. No existe tal cosa como «montar y listo» en un caliber de este tipo. Los relojeros nos explican que algunos ejemplares se dejan domar en cuestión de días, mientras que otros les exigen semanas de trabajo paciente: desmontar, corregir un ángulo de un brazo, rebajar una superficie de contacto, volver a pulir una arista, montar de nuevo, probar, repetir. No hay plantilla perfecta que valga cuando se trabaja con tolerancias de micras y se espera que una secuencia de decenas de piezas ocurra en fracciones de segundo y en el orden exacto.
Por ese motivo, Chopard adoptó una política muy clara: cada Grand Strike es responsabilidad de un único relojero de principio a fin. No importa cuántas manos haya detrás del diseño y la fabricación de cada componente; en el momento del ensamblaje y el ajuste, la obra debe tener un autor. Es la única manera de que la memoria de todos los pequeños compromisos, correcciones y peculiaridades de ese ejemplar concreto quede en la cabeza de alguien. Nadie sensato quiere heredar un movimiento de sonnerie a medio ajustar si no sabe exactamente qué ha hecho ya el compañero anterior.
Acabado, Sello de Ginebra y el raro caso de un tourbillon que se somete al COSC
Visualmente, el calibre está acabado como se espera de la línea L.U.C: ángulos pulidos a espejo, biseles angulados, perlados y Côtes de Genève impecables, tornillos pulidos, cabezas bruñidas, muelles con cantos trabajados. No se trata solo de decoración gratuita. Muchas de esas superficies pulidas reducen el riesgo de enganches indeseados, acumulación de suciedad o microcorrosión con el tiempo. Pero, por supuesto, el conjunto tiene ese aire de manufactura de alto nivel que uno busca cuando ve el Sello de Ginebra grabado en un puente.
La parte menos evidente, y quizá más interesante desde un punto de vista técnico, es el hecho de que este mismo movimiento se haya sometido a las pruebas del COSC. En teoría, no hay nada que prohíba enviar un tourbillon con grande sonnerie a un instituto de cronometraje. En la práctica, casi nadie lo hace. La complicación suele servir como excusa para no tener que hablar demasiado de segundos por día. Chopard decidió ir a contracorriente. No solo mandó el calibre a las pruebas suizas, sino que lo hizo funcionar en modo petite sonnerie durante el proceso. Es decir, el reloj estaba realmente sonando mientras los técnicos medían su comportamiento en distintas posiciones y temperaturas.
Para el COSC, acostumbrado a evaluar movimientos mucho más sencillos, no deja de ser un caso exótico. Para la industria, es un mensaje claro: no hay razón para que una gran complicación sea una coartada contra la precisión. Que el Grand Strike cumpla los estándares del COSC no significa que vaya a ser más exacto que cualquier buen tres agujas, pero sí que su diseño de gestión de energía y su construcción del tren de marcha son lo suficientemente robustos como para que la sonnerie no convierta la marcha en una montaña rusa.
Gestión de energía: dos barriletes, muchos compromisos
El L.U.C Grand Strike recurre a un esquema de doble barrilete. Uno alimenta la parte «tranquila» del reloj: el tren horario, el tourbillon, las indicaciones. El otro está dedicado a la sonnerie y el repetidor. Sobre el papel, la división parece clara: un depósito para el tiempo visual y otro para el tiempo audible. En la práctica, ambos depósitos están unidos por el hecho de que los los da cuerda la misma mano, a través de la misma corona, y por la necesidad de que sus curvas de par y su manera de entregar energía encajen entre sí.
Una de las claves del diseño está en el ritmo con el que la sonnerie se «arma» a sí misma. Chopard evita a toda costa que el golpe de una secuencia entera de horas, cuartos y minutos suponga un bocado brutal a la reserva de energía en el mismo instante del golpe. En lugar de eso, el mecanismo va utilizando ventanas temporales durante el cuarto de hora para ir preparándose: tensa una leva aquí, liberando una rueda allá, cargando un muelle intermedio. Para cuando llega el momento de sonar, buena parte del trabajo mecánico ya está hecho; lo que se libera es sobre todo la energía almacenada en elementos secundarios.
Eso no elimina la influencia de la sonnerie en el tren de marcha, pero la hace mucho más predecible y controlable. El hecho de que el reloj haya pasado por el COSC sugiere que el equilibrio encontrado es real, no teórico. Incluso así, los ingenieros explican que uno de los descubrimientos curiosos del proyecto fue que el modo petite sonnerie resultó ser, en cierto modo, más exigente energéticamente que el modo grande. El motivo es contraintuitivo: al no repetir las horas en los cuartos, el sistema debe disponer de mecanismos adicionales para «frenar» ciertas secuencias, lo que introduce rozamientos y pequeños consumos de energía que no existen cuando se deja tocar todo.
En cualquier caso, el Grand Strike ofrece reservas de marcha generosas tanto para el movimiento como para la sonnerie, con indicadores separados en la esfera que permiten controlar de un vistazo cuánto queda disponible para cada función. Es un detalle práctico que recuerda una verdad básica: por muy espectacular que sea la sonnerie, sigue siendo un huésped energéticamente caro dentro del ecosistema del reloj, y conviene saber cuándo toca invitarla a callar.
Patentes, seguros y la importancia de perdonar errores humanos
Otra de las obsesiones de Chopard con el Grand Strike fue lograr que el reloj resultara usable. En demasiados repetidores históricos, la sensación del propietario es casi de miedo: «no toques esto mientras aquello esté en marcha», «no cambies de modo si se está oyendo tal secuencia», «no te atrevas a ajustar la hora si no estás absolutamente seguro de que el golpe de cuarto ha terminado». El resultado es que muchos dueños acaban interactuando muy poco con la complicación, por miedo a estropear algo. En una pieza que pretende celebrar la sonnerie como algo vivo, ese bloqueo psicológico sería un fracaso.
Por eso el Grand Strike incorpora toda una serie de soluciones patentadas orientadas a protegerlo de la torpeza o el entusiasmo de su dueño. En total, Chopard habla de unas diez patentes ligadas al mecanismo de golpe, cinco de ellas creadas específicamente para este modelo. Algunas tienen que ver con la secuencia de los golpes: cómo garantizar que nunca se superpongan campanadas, que las pausas entre horas, cuartos y minutos sean siempre regulares y que el ritmo conserve una musicalidad constante. Otras se centran en los bloqueos: embragues que impiden pasar de modo grande a modo silencio en pleno golpe, dispositivos que evitan entrar en modo de puesta en hora mientras la sonnerie está activada, topes que se aseguran de que el usuario no pueda disparar el repetidor dos veces seguidas en un momento inadecuado.
Una de las anécdotas curiosas que salen al hablar con los ingenieros es la reutilización creativa de ideas de fuera de la relojería. Se menciona, por ejemplo, una patente antigua relacionada con mecanismos de pulsadores retráctiles en bolígrafos, cuyo principio de funcionamiento –una determinada manera de gestionar posiciones estables mediante cames y esferas– se reinterpretó para dar solución a una necesidad de la sonnerie. Es un recordatorio simpático de algo que muchas veces se olvida: la alta relojería moderna no vive encerrada en sus propios dogmas, sino que se nutre de soluciones mecánicas de otros campos.
Pruebas de resistencia: medio millón de golpes antes de ver a su dueño
Todo lo anterior son buenas palabras, pero un reloj de este nivel debe respaldarlas con hechos. Y aquí el protocolo de calidad de Chopard se vuelve casi obsesivo. Antes de que un Grand Strike llegue a la muñeca de un cliente, ha pasado por una batería de pruebas que simulan varios años de uso intensivo comprimidos en unos tres meses. Eso significa que el reloj ha estado sonando, literalmente, día y noche sobre un banco de pruebas, protegido quizá por una campana de cristal, mientras sensores y técnicos toman nota de su comportamiento.
El programa contempla más de 62.000 activaciones de la sonnerie, repartidas entre los modos grande y petite. A esto se suman unas 3.000 activaciones adicionales del repetidor de minutos mediante la corona-pulsador. En total, los gongos de zafiro reciben durante las pruebas de certificación interna del orden de medio millón de golpes de martillo. Solo si al final de este maratón el sistema sigue funcionando dentro de las tolerancias definidas, el reloj se considera apto para salir al mundo.
La imagen de una pieza así, aislada bajo un domo transparente en algún rincón silencioso de la manufactura, repitiendo su concierto mecánico durante semanas sin que nadie la escuche, tiene algo de poético y de ligeramente absurdo. Pero también deja claro hasta qué punto Chopard entiende el Grand Strike como algo más que un ejercicio puntual de vanidad. Cuando una marca decide dedicar tantos recursos a comprobar la fiabilidad de un mecanismo que, en teoría, podría dormir en una caja fuerte y sonar solo en ocasiones especiales, está diciendo algo muy concreto sobre su visión del producto.
Caja, ergonomía y estética: un espectáculo controlado
Con tanta ingeniería concentrada en el interior, sería fácil descuidar la parte que el usuario ve y siente a diario: la caja, las proporciones, la forma en que el reloj se sienta en la muñeca. El Grand Strike mide 43 mm de diámetro y algo más de 14 mm de grosor, cifras que podrían asustar a quienes prefieren relojes discretos. Sin embargo, la experiencia en la muñeca es más amable de lo que los números sugieren, gracias a varias decisiones de diseño inteligentes.
La primera es el bisel cóncavo. En lugar de la tradicional forma convexa que recoge reflejos de todas partes y enfatiza el diámetro, Chopard opta por un bisel que se hunde hacia el cristal, creando un pequeño «cuenco» visual. Esto genera sombras en vez de brillos y hace que el diámetro aparente de la apertura de esfera parezca algo menor. Unido a una carrura que se estrecha hacia el fondo, la silueta general resulta más fluida, menos masiva. Es lo suficientemente contundente como para que nadie confunda el reloj con un simple tres agujas, pero no se siente como un monstruito intratable.
El material elegido es oro blanco ético de 18 quilates, producido según los estándares internos de trazabilidad y sostenibilidad de la maison. Se puede ser cínico y considerar este aspecto un guiño más al discurso de responsabilidad, pero lo cierto es que, al margen de cualquier posicionamiento, el oro blanco sigue siendo un material excelente para relojes con sonería: su densidad y su respuesta vibratoria influyen en la manera en que el sonido se proyecta, y en el Grand Strike la combinación con el zafiro parece lograda. Visualmente, el tono es algo más cálido que otras aleaciones de oro blanco, lo que también suaviza un poco la impresión tecnológica del conjunto.
El gran tema estético es, sin duda, el rostro abierto del reloj. En vez de un bonito esmalte o una esfera lacada con índices aplicados, nos encontramos con una especie de escenario en varios niveles donde el movimiento es protagonista absoluto. El tourbillon ocupa un lugar destacado, los brazos del mecanismo de sonnerie se intuyen bajo el cristal, las indicaciones de reserva de marcha para movimiento y sonería flanquean la composición y, entre medias, se perciben puentes, ruedas y muelles. Las agujas, aunque bien proporcionadas, compiten visualmente con la mecánica de fondo.
¿Es legible? Depende de la luz, del ángulo, de la agudeza visual del usuario y, sobre todo, de su paciencia. No es un reloj pensado para echar un vistazo fugaz en mitad del tráfico y saber la hora de inmediato. Sin embargo, tampoco es un caos inservible. Quien se tome el tiempo de convivir con él acaba aprendiendo a encontrar las agujas casi por reflejo. Aun así, es evidente que Chopard ha priorizado la expresión mecánica sobre la legibilidad absoluta. Es una elección legítima en una pieza cuyo principal argumento es precisamente mostrar lo que suele estar escondido bajo una tapa.
Grande sonnerie vs. calendario perpetuo: distintas formas de inteligencia mecánica
En las conversaciones de alto nivel relojesco, la grande sonnerie y el calendario perpetuo suelen compartir podio como ejemplos de «inteligencia mecánica». El calendario perpetuo sabe llevar la cuenta de meses de 30 y 31 días, de febrero con 28 o 29, de años bisiestos y de ciclos de cuatro años. La grande sonnerie conoce la estructura del día, distingue entre horas y cuartos, y traduce esa información en patrones de sonido. Ambos son ejercicios de codificación del tiempo en lenguaje de ruedas, piñones y levas.
Pero mientras que el calendario perpetuo apenas muestra su genio unas cuantas veces al año –principalmente en esos cambios de mes delicados–, la sonnerie, si se mantiene activa, se pronuncia cada quince minutos. Es una complicación que no se conforma con estar ahí «por si acaso», sino que se hace notar. En un Grand Strike, esto significa que la relación del propietario con el reloj cambia. No es solo algo que se mira: es algo que se oye desde la mesa de trabajo, desde otra habitación, a veces incluso desde el pasillo. Las campanadas se convierten en parte de la banda sonora cotidiana.
Precio, rareza y papel en el ecosistema de la alta relojería
No tiene sentido rodear el tema: el Chopard L.U.C Grand Strike está valorado en torno a 780.000 francos suizos. Incluso en el mundo de la alta relojería, es un número que obliga a respirar hondo. Se sitúa en la misma órbita que grandes sonneries de casas con más de un siglo de tradición en este género y que piezas sueltas de independientes de culto. A ese nivel, discutir de «relación calidad-precio» se vuelve un juego extraño. Quienes pueden plantearse seriamente esta compra no lo hacen con la misma lógica con la que el resto de aficionados compara relojes de gama media.
Y, sin embargo, el Grand Strike no es solo una extravagancia para un puñado de coleccionistas muy concretos. En cierto sentido, piezas así funcionan como coches hiperdeportivos dentro de la industria del automóvil: laboratorios rodantes (o, en este caso, sonoros) donde se prueban ideas que más tarde, destiladas, pueden filtrarse hacia segmentos menos extremos. La investigación sobre gongos de zafiro, la manera de optimizar la energía de una sonnerie, los sistemas de bloqueo que permiten un uso despreocupado, el protocolo de pruebas… todo eso es conocimiento que no desaparece con este modelo, sino que queda disponible para el futuro de la línea L.U.C e incluso, potencialmente, para otras colecciones.
Además, el Grand Strike envía un mensaje al resto de marcas: la época en la que bastaba con poner «repetición de minutos» o «grande sonnerie» en la ficha técnica y dar por sentado que nadie haría muchas preguntas sobre volumen, claridad de sonido o estabilidad de marcha, se está acabando. Que una manufactura relativamente joven en el terreno de las sonneries se atreva a publicar cifras, procedimientos y certificaciones alrededor de un proyecto así hace más difícil que otras se refugien solo en la tradición para justificar precios altísimos.
Qué significa para los aficionados que nunca lo tendrán
La inmensa mayoría de nosotros nunca dará cuerda a un Grand Strike por la mañana ni lo dejará sobre la mesilla por la noche. Eso no quiere decir que la existencia de este reloj no nos afecte. De hecho, lo hace de varias maneras. En primer lugar, sube el listón de lo que consideramos posible en términos de sonido en una caja de pulsera. Una vez has escuchado cómo puede proyectar una sonnerie bien diseñada, cuesta aceptar sin reservas los «ting-ting» tímidos de muchos repetidores clásicos que viven de su pedigrí más que de su rendimiento.
En segundo lugar, reabre una conversación importante sobre la honestidad técnica. El hecho de que un tourbillon con grande sonnerie y cientos de componentes adicionales se someta a las mismas pruebas que un simple tres agujas de acero pone en evidencia que la complejidad no tiene por qué ser incompatible con la precisión medida. Eso no obliga a nadie a hacer lo mismo, pero actúa como referencia incómoda: una prueba de que se puede, si se quiere.
Por último, el Grand Strike nos recuerda algo casi filosófico: que parte del encanto de la relojería mecánica radica precisamente en su capacidad para producir objetos radicalmente innecesarios y, sin embargo, profundamente cuidados. Nadie necesita una grande sonnerie de zafiro y oro blanco para saber qué hora es. Pero el proceso intelectual, técnico y estético que lleva a su creación ilumina el resto del ecosistema relojero. Incluso si nuestro presupuesto realista se mueve en otras ligas, saber que estas cumbres existen ayuda a entender mejor por qué nos atraen tanto las ruedas, los muelles y los pequeños «ding» que marcan el paso del tiempo.
Conclusión: un pequeño concierto mecánico que cabe en 43 mm
El Chopard L.U.C Grand Strike es, en muchos sentidos, la respuesta a una pregunta que pocos se atrevían a formular en serio: ¿qué pasaría si intentáramos hacer una grande sonnerie que no solo respetara la tradición, sino que incorporara todo lo que sabemos hoy sobre materiales, acústica, gestión de energía y control de calidad? La respuesta es esta pieza, mitad reloj, mitad instrumento musical, que suena con voz propia, se deja usar sin miedo y se somete a pruebas que la mayoría de complicaciones prefieren no mencionar.
No es un reloj perfecto en el sentido de satisfacer a todo el mundo. Su estética abierta divide opiniones, su tamaño no es para todas las muñecas, su precio excluye a casi todos y su propia existencia puede parecer excesiva en un mundo donde un móvil ya marca la hora con precisión atómica. Pero precisamente porque ignora esos argumentos y se centra en llevar una idea hasta el extremo, el L.U.C Grand Strike resulta tan fascinante. Es una máquina que no intenta justificarse más que por su propia coherencia interna: si vamos a hacer una grande sonnerie, hagámosla de verdad.
Para los pocos que puedan llevarla, será probablemente una de esas piezas que marcan un antes y un después en una colección: cada cuarto de hora, cada secuencia de golpes recordará las miles de horas de trabajo, los ajustes imposibles y las pruebas interminables que hicieron posible esa música. Para todos los demás, seguirá siendo un punto de referencia, un pequeño concierto mecánico embutido en 43 mm de oro blanco y zafiro que demuestra que la relojería de alto nivel, cuando se lo propone, todavía es capaz de sorprender de verdad.