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Cuando la DDR5 se vuelve de lujo: placas base encalladas y CPUs sin salida

por ytools
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DDR5 tenía que ser el siguiente paso natural para cualquiera que quisiera renovar su PC: nueva placa base, nuevo kit de RAM, procesador moderno y listo. En teoría era un cambio casi rutinario.
Cuando la DDR5 se vuelve de lujo: placas base encalladas y CPUs sin salida
En la práctica, el nuevo estándar se ha convertido en el gran villano del mercado de hardware. En cuestión de meses, muchos kits de DDR5 han duplicado, triplicado e incluso cuadruplicado su precio, hasta el punto de que la memoria, que solía ser una de las partes más “aburridas” del presupuesto, ahora se come una porción enorme del coste total de una nueva configuración.

Ese cambio de equilibrio se nota sobre todo en las placas base. Informes de canales de distribución apuntan a que marcas gigantes como ASUS, MSI o GIGABYTE están viendo caer sus ventas entre un 40% y un 50% con respecto al mismo periodo del año anterior. Y hablamos de una época en la que lo normal serían ofertas agresivas, campañas de fin de año y auténticas avalanchas de compras. Esta vez, sin embargo, muchos carritos se quedan en borrador: cuando el usuario ve lo que cuesta el kit de DDR5 que necesita, cancela o recorta el resto de la lista.

El problema es estructural, no solo de temporada. Tanto AMD como Intel han empujado sus plataformas de escritorio de última generación hacia DDR5. En el lado rojo, AM5; en el azul, la nueva LGA1851. Durante buena parte del año la apuesta parecía sensata: los precios de DDR5 se habían estabilizado, el rendimiento era sólido y mucha gente empezó por fin a jubilar sus sistemas DDR4. Muchos lo hicieron con una estrategia prudente: comprar placa base y procesador nuevos, acompañados de un kit de memoria relativamente modesto, con la idea de ampliar capacidad o frecuencia más adelante, cuando el bolsillo lo permitiera.

Ese “más adelante” ha chocado de frente con la realidad. Ampliar de 16 a 32 GB, o de 32 a 64 GB, implica ahora desembolsos que hace poco tiempo habrían pagado un PC entero de gama media. Quien sigue en DDR4 se lo piensa dos veces antes de saltar: no es fácil justificar un cambio de plataforma si solo la memoria ya cuesta casi tanto como una consola nueva o un portátil decente. Así que muchos entusiastas, prosumers y hasta pequeñas empresas están haciendo lo mismo: aguantar con lo que tienen, exprimir un poco más sus equipos y aparcar el sueño del PC “next gen”.

Ese frenazo se convierte en efecto dominó. Si no se vende placa base, tampoco se vende CPU, ni NVMe, ni disipador, ni fuente, ni caja. Casi nadie cambia placa y deja el mismo procesador y la misma RAM; un salto de plataforma suele arrastrar medio PC detrás. Por eso los minoristas notan que, cuando el cliente se rinde ante los precios de la memoria, toda la cadena se queda parada. Es la versión hardware de “si no hay entrada, tampoco hay menú completo”.

En las comunidades de hardware la paciencia se ha agotado. Hay quien habla abiertamente de “cartel de la DRAM” y de subidas artificiosas para inflar márgenes. Muchos señalan que los propios fabricantes de chips cavaron su propia tumba: después de forzar la transición a DDR5 y recortar producción en momentos clave, ahora sufren un desplome de demanda que no parece despertar demasiada empatía. También se repite una idea clara: si solo los gamers dejan de comprar, no pasa nada; para que se note de verdad, tienen que frenar también estudios, freelancers y empresas que renuevan equipos de oficina.

Las marcas de placas base están atrapadas en medio. No pueden tocar el precio de la memoria, pero han construido casi todo su catálogo moderno alrededor de DDR5. Su respuesta más visible son los packs y bundles: placa base más kit DDR5 con un descuento aparente jugoso. Para quien monta un PC desde cero puede ser una pequeña ayuda, al menos psicológica. Pero para el usuario que ya compró una placa AM5 o LGA1851 a principios de año y solo quería añadir más RAM, estas ofertas no sirven de nada. Esa base instalada se siente, con razón, como si hubiera llegado a la fiesta antes de que empezaran a repartir los vales.

Al mismo tiempo, vuelve al centro del debate algo de lo que se hablaba incluso antes de la crisis de precios: las propias tarifas de las placas. En los últimos años han subido de manera constante, amparadas en argumentos como VRM reforzados, PCIe 5.0, más puertos, Wi-Fi integrado, diseños de gama “premium” y un largo etcétera. Ahora que las ventas se hunden, cada vez más usuarios apuntan a que no basta con culpar a la RAM: también las marcas de placas deberían recortar algo de margen si quieren que la gente se anime a dar el salto.

El desenlace dependerá de cuánto dure el pico de precios de DDR5. Si es un bache temporal, lo más probable es que veamos una ola de actualizaciones retrasadas cuando los kits vuelvan a cifras razonables. Pero si la memoria se mantiene en modo “artículo de lujo”, el mercado puede entrar en una fase larga de congelación: ciclos de vida de DDR4 alargados, menos placas y CPUs vendidas, y muchos proyectos de nueva máquina reducidos a hilos de discusión y listas de deseos. De momento, el ganador silencioso es el PC de siempre, ya amortizado, que sigue encendiéndose cada mañana mientras sus dueños miran los precios de DDR5 y piensan: “todavía no”.

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