Hubo una época en la que Samsung era el loco del barrio Android: pantallas curvas imposibles, zooms exagerados, apuestas raras con cámaras y, más tarde, los primeros plegables que parecían prototipos sacados de un laboratorio secreto. Hoy, sin embargo, se repite cada vez más otra frase en comentarios y redes: «Samsung se ha convertido en el nuevo Apple». No tanto por el ecosistema cerrado, sino por esa sensación de que cada año llega el mismo móvil con otro nombre y un par de retoques mínimos.
Sobre el papel, la familia Galaxy S sigue siendo de lo mejor que hay: paneles espectaculares, procesadores potentes, cámaras muy competentes, muchos años de actualizaciones. 
Pero en la práctica, mucha gente ve un Galaxy S22, S23 o S24 y tiene un déjà vu automático. El entusiasmo de antes se diluye, y la conversación cambia de «quiero probar eso ya» a «meh, igual aguanto un año más». Ahí es donde nace el paralelismo con aquellos iPhone de año «S», en los que lo nuevo existía, sí, pero el día a día se sentía sospechosamente igual.
Galaxy Ultra: nombre extremo, batería conservadora
El ejemplo más claro del freno de Samsung está en las baterías de la serie Ultra. En 2020, el Galaxy S20 Ultra llegó con 5.000 mAh y marcó un antes y un después: por fin un tope de gama gigantesco que no te obligaba a vivir pegado al enchufe. Cinco generaciones después, los rumores sobre el Galaxy S26 Ultra hablan de un posible salto a 5.400 mAh. Es algo, pero es poco para una familia que se posiciona como la más «bestia» de Android.
Mientras tanto, el resto del mercado ha pisado el acelerador. Marcas chinas ya juegan con baterías de 6.000 y 7.000 mAh, nuevas químicas como silicio-carbono y cargas tan rápidas que te da tiempo a hacer un café y volver con el móvil listo. Ellos entienden bien el momento: hay un público que quiere productos más grandes, más llamativos, más extremos, aunque eso implique móviles algo más gordos o pesados. Samsung, en cambio, se ha quedado en un «si funciona, no lo toques» muy cómodo. Es la misma mentalidad que durante años hundió a las automotrices estadounidenses: se acomodaron en el liderazgo y, cuando despertaron, el resto ya les había quitado la corona.
Mientras sigues siendo número uno, es fácil pensar que el barco es demasiado grande para hundirse. Pero como recordaba un usuario en un foro, a veces girar el Titanic a tiempo es más complicado de lo que parece. La marca hace móviles fantásticos, nadie lo discute. El riesgo es otro: que a fuerza de repetir fórmula, el público se aburra y empiece a mirar con más cariño a las alternativas más atrevidas.
Galaxy S básicos: sensación permanente de año «S»
Si los Ultra todavía pueden presumir de algún salto en cámara o pantalla, los Galaxy S y S Plus «normales» son los que más sufren la etiqueta de móviles repetidos. De una generación a otra, el titular suele ser muy parecido: nuevo chip, un ligero ajuste en el diseño, quizá un acabado distinto y alguna función de software más. Pones un S22, un S23 y un S24 uno al lado del otro, y mucha gente tiene que mirar la fecha de lanzamiento para distinguirlos.
Eso no los convierte en malos teléfonos. Al contrario, siguen siendo equilibrados, con buen rendimiento y cámaras sólidas. Pero en un mercado maduro, «equilibrado» ya no basta para justificar un cambio de móvil cada año o cada dos. Para alguien que viene de un Galaxy de hace tres generaciones, hay mejora. Para quien ya tenía un modelo reciente, el salto se siente mínimo. La sensación de «otro año S» se instala, igual que pasaba con los iPhone que cambiaban de número pero no de alma.
En las pantallas se repite el mismo patrón. Samsung sigue marcando el ritmo en AMOLED, pero las funciones más llamativas se reservan para el Ultra: el tratamiento antirreflejos realmente agresivo, los picos de brillo que salvan la visibilidad bajo sol directo, los ajustes finos de parpadeo que agradecen los ojos sensibles. Los S y S Plus se conforman con subir algunos nits, mejorar un poco la eficiencia y poco más. En la práctica, son pantallas excelentes, pero sin ese toque de «wow, esto no lo he visto antes».
La tele 3x que se quedó anclada en el pasado
Durante años, uno de los encantos del Galaxy S básico era que ofrecía una teleobjetivo cuando muchos rivales ni se planteaban poner una. El Galaxy S20 y el S21 recurrían a un sensor de 64 MP que hacía zoom 3x por recorte: una solución imperfecta pero inteligente para la época. Con el S22, Samsung dio el paso lógico hacia una tele real 3x dedicada, con mejor consistencia en el día a día. Desde ahí, sin embargo, el hardware casi no ha cambiado.
Y mientras tanto el mercado se ha movido. Muchas marcas chinas han pasado a sensores más grandes en sus teleobjetivos, con píxeles más generosos, aperturas más luminosas y distancias focales más variadas. Eso se nota en fotos nocturnas con menos ruido, retratos con desenfoques más naturales y menos dependencia de trucos de software para salvar la escena. Al lado de todo eso, la pequeña tele 3x de los Galaxy S actuales parece quedarse corta, sobre todo si pensamos en el precio de estos móviles.
Lo irónico es que hablamos de una compañía que durante mucho tiempo presumió de meter «cámaras locas» y sensores enormes donde otros iban con miedo. Hoy confía mucho más en el procesado y en el marketing de IA que en dar un golpe sobre la mesa con hardware nuevo. Las fotos siguen siendo buenas, sí, pero entusiasman menos en un momento en el que la competencia se ha puesto muy seria.
One UI: una de las mejores capas, pero cada vez menos rompedor
En software, Samsung sigue teniendo argumentos muy fuertes. One UI es, para mucha gente, la mejor capa Android del mercado: limpia, coherente, llena de opciones pero sin perder del todo el orden. El salto desde aquel viejo TouchWiz lleno de brillo y confusión hasta lo que tenemos hoy es impresionante. No es casualidad que haya usuarios que se quedan en la marca solo porque están cómodos con la interfaz.
Aun así, se nota que el ritmo de novedades verdaderamente grandes se ha enfriado. Las últimas versiones de One UI se parecen más a una puesta a punto general: reorganizar menús, pulir animaciones, añadir algún modo nuevo para multitarea, mejorar privacidad… cosas que se agradecen, pero que difícilmente hacen que alguien compre un móvil de mil euros ilusionado. Donde sí hay ruido es en torno a la inteligencia artificial, pero incluso ahí el protagonismo recae muchas veces en Google y en Gemini, no tanto en ideas propias de Samsung.
Y en medio de todo esto aparece otro nombre en la conversación: Google Pixel. Muchos señalan que, si hablamos de «nuevo Apple» dentro del mundo Android, los Pixel llevaban la delantera hace años, con su filosofía de «el software es la estrella y el hardware ya llegará», sus bugs casi entrañables y un público fiel que los perdona. Lo curioso es que ahora Samsung corre el riesgo de acabar colocada en la misma categoría de marca muy buena… pero poco sorprendente.
Plegables: de pionera valiente a seguidora prudente
La historia de los plegables resume muy bien las dos caras de Samsung. Sin los primeros Galaxy Fold es probable que el formato tardara mucho más en despegar. La compañía se comió las críticas por las pantallas frágiles, los pliegues exagerados y los precios de locura, y aun así insistió hasta estabilizar el producto. Esa parte merece aplauso.
El problema es lo que vino después. Durante varias generaciones, el Fold mantuvo un formato con una pantalla externa demasiado estrecha para escribir cómodo, chatear o navegar sin forzar la mano. Era un móvil que prácticamente te obligaba a abrirlo para cualquier cosa que fuera más allá de mirar la hora, lo cual en la vida real cansa. Mientras tanto, Oppo, Honor, Vivo, Huawei y compañía sacaban modelos con frontales más anchos, proporciones más normales y bisagras cada vez más discretas.
Solo cuando quedó clarísimo que el mercado prefería ese tipo de plegable «útil incluso cerrado» Samsung empezó a ensanchar de verdad la experiencia del Fold. La pionera que un día se tiró a la piscina antes que nadie pasó a observar a los rivales y a corregir rumbo más tarde. Es el tipo de actitud que muchos criticaron a Apple durante años: esperar a que otros se equivoquen, y entrar solo cuando el riesgo ya está bastante controlado.
Negocio primero, fans después
A todo esto se suma una molestia más silenciosa: la sensación de que Samsung escucha más al Excel que a sus usuarios más fieles. El fin de la ranura microSD es el caso típico. Con las velocidades actuales, las tarjetas son perfectamente capaces de aguantar 4K e incluso 8K sin drama. Para un Ultra orientado a productividad y vídeo, la opción de ampliar almacenamiento a voluntad tendría todo el sentido del mundo. En lugar de eso, la respuesta oficial es simple: necesitas más espacio, sube de versión y paga más.
Desde la perspectiva de negocio, la jugada es lógica. Es más rentable vender un modelo de 512 GB que permitir que el usuario meta su propia tarjeta. Pero justo ahí es donde parte de la comunidad siente que la marca se ha vuelto «muy Apple»: menos flexibilidad, más tickets altos. Hay gente que confiesa que, gracias a este tipo de decisiones y a la falta de sorpresas, por primera vez desde los tiempos de móviles como el LG G2 su próximo teléfono no será un Galaxy.
La paradoja es que esta especie de estancamiento ha tenido un efecto colateral positivo para el ecosistema Android. Usuarios que durante años compraban Samsung por inercia están descubriendo que fuera del escaparate Galaxy hay muchísimas propuestas interesantes: desde chinos agresivos en precio y especificaciones hasta los Pixel de Google con su perfil más «software-first». Cuanto menos emocionante se siente la evolución de los Galaxy, más fácil es que la gente se anime a probar algo distinto.
Entonces, ¿es Samsung el nuevo Apple?
La respuesta más honesta es: no del todo, pero cada vez se le parece más en algunos aspectos. Samsung sigue jugando en un terreno distinto, con un catálogo enorme, Android como base y un montón de socios alrededor. No es una empresa que pueda moverse con la extrema rigidez (o disciplina, según se mire) del ecosistema Apple. Sin embargo, la forma en la que evolucionan sus gamas altas empieza a recordar demasiado a la del iPhone: pequeños pasos acumulativos, mucha estabilidad, pocas sacudidas.
Antes, comprar un Galaxy tope de gama era casi una forma de asomarse al futuro: nuevas formas, ideas raras, funciones que podían salir mal pero al menos eran diferentes. Hoy, muchas novedades se sienten como el típico cambio de portátil de un año al siguiente: un poco más de brillo, un poco más de eficiencia, cinco funciones de IA más, y listo. No es malo, al contrario, garantiza una experiencia muy pulida. Pero si quieres que la gente vuelva a ilusionarse, hace falta algo más que pulido.
Samsung no necesita convertirse en una fábrica de experimentos solo por llamar la atención. Pero sí podría recuperar parte de aquella energía descarada que la hizo famosa: tomar decisiones valientes con las baterías, arriesgar en sensores de cámara y formatos, escuchar más a los fans que llevan años pidiendo cosas concretas, en lugar de limitarse a gestionar el barco desde el excel. De lo contrario, el chiste de que «Samsung es el nuevo Apple» dejará de ser meme y se convertirá en una descripción fría pero cierta: móviles excelentes, muy fiables… que cada vez hacen soñar a menos gente.