Samsung ha decidido ir un paso más allá de los móviles plegables tradicionales y ha sacado del laboratorio una pieza de ingeniería pensada para llamar la atención desde el primer segundo: el Galaxy Z TriFold. No es un simple Fold más grande, sino un teléfono que se pliega dos veces y que, completamente abierto, se transforma en algo muy cercano a un pequeño tablet de trabajo. 
La marca habla de un lanzamiento comercial a partir del primer trimestre de 2026 y, a diferencia de muchos conceptos que se quedan en Asia, este modelo tiene en el radar mercados clave como Estados Unidos y, previsiblemente, Europa y América Latina. Es decir, no estamos ante un prototipo de pasillo, sino ante un escaparate tecnológico con aspiraciones reales.
Conviene recordar que Samsung no ha sido la primera en pisar este terreno. Huawei se adelantó con su Mate XT y reclamó durante un tiempo el título de primer móvil tri plegable del mundo. Sin embargo, la apuesta de Samsung sigue un camino propio. Mientras Huawei combina pliegues hacia dentro y hacia fuera, creando ese gesto casi en forma de Z cuando desdoblas el dispositivo, el Galaxy Z TriFold opta por un enfoque más recogido: todo se pliega hacia el interior, describiendo una curva que recuerda más a una G y envolviendo el panel flexible como si fuera una hoja delicada que hay que proteger. El resultado es un dispositivo que se siente diferente en la mano, tanto por la forma como por la manera en que las piezas encajan al cerrarse.
Si miramos las cifras frías, el discurso aspiracional se choca de frente con la física. Cerrado, el Galaxy Z TriFold mide 159,2 x 75,0 x 12,9 milímetros: de alto y ancho está más o menos en la línea de un gama alta actual, pero el grosor delata que aquí hay más de una pantalla escondida. Al desplegar todo el mecanismo, se convierte en una lámina de 159,2 x 214,1 x 3,9 milímetros, con una superficie útil que ronda las diez pulgadas en diagonal. Sobre la báscula, el dato clave: 309 gramos. Es decir, peso de tablet pequeño. Para hacerse una idea, un iPad mini es más ligero. Este no es un móvil que desaparece en el bolsillo: está presente, se nota al caminar, al sentarse y al sacarlo en cualquier mesa.
Para quienes prefieren teléfonos compactos, casi invisibles en el día a día, el TriFold es poco menos que lo opuesto a lo que sueñan. Durante años hemos visto a usuarios pedir modelos tipo mini, ligeros y estrechos, que no obliguen a usar las dos manos para todo. El Galaxy Z TriFold, en cambio, abraza sin complejo la filosofía de ladrillo de bolsillo de lujo: grueso, contundente, con varias capas de hardware plegadas una sobre otra. Impresiona verlo abrirse como un libro futurista, sí, pero también invita a preguntarse cuántas personas están realmente dispuestas a convivir con algo tan voluminoso a cambio de una pantalla gigante que no siempre van a desplegar.
Y luego está el tema del precio, que probablemente será el punto donde muchos bajen la mirada. Samsung no ha publicado aún la cifra final, pero las filtraciones y los comentarios de directivos dejan entrever un coste por encima de los 2.000 dólares. Traducido a nuestras monedas, con impuestos y márgenes incluidos, no es descabellado pensar en una etiqueta capaz de financiar perfectamente un combo formado por un smartphone tope de gama y un tablet de buena calidad, quizá incluso sumando un portátil de gama media. La promesa del TriFold es muy clara: en vez de tres dispositivos, uno solo que se adapta a distintos escenarios. Sin embargo, el usuario medio no solo compara características, también evalúa riesgos, coste de posibles reparaciones y el simple hecho de depender de un único aparato para todo.
Si reducimos el foco y pensamos en perfiles concretos, el Galaxy Z TriFold empieza a tener más sentido. Un creador de contenido que edita fotos y vídeos sobre la marcha, revisando material en un avión, aprobando diseños desde un café y respondiendo feedback de clientes desde el taxi, puede sacarle mucho partido a una pantalla de casi diez pulgadas que se guarda en una chaqueta. Tener tres apps abiertas en paralelo, comparar imágenes, corregir textos y firmar documentos digitales con espacio de sobra es algo que, en un móvil tradicional, se vuelve incómodo muy rápido. Lo mismo se puede decir de quienes dedican muchas horas al gaming móvil y buscan una especie de consola plegable siempre encima, con espacio suficiente para botones virtuales, mapas, menús y chat sin que todo quede apretado.
En el terreno del software, Samsung llega con ventaja. One UI y sus capas sobre Android llevan varias generaciones preparando el terreno para pantallas grandes y plegables. Ya hay modos de multiventana bastante pulidos, barras de tareas que recuerdan a un escritorio clásico, atajos para abrir parejas de aplicaciones predeterminadas y gestos de arrastrar y soltar entre apps. En un panel tan amplio como el del TriFold, esas funciones por fin parecen tener sentido pleno. Es fácil imaginar un escenario con correo a la izquierda, un documento o presentación en el centro y un chat de trabajo o videollamada a la derecha, todo a la vez. Para una minoría intensiva en productividad sobre el móvil, la idea seduce. Pero incluso en ese grupo, muchos probablemente seguirán apostando por la combinación de portátil ligero y teléfono normal, por puro pragmatismo.
Mirado desde fuera, el Galaxy Z TriFold encaja muy bien en la trayectoria de Samsung como fabricante obsesionado con probar los límites de las pantallas. La empresa lleva años enseñando en ferias paneles enrollables, prototipos que se estiran como goma, dispositivos que se doblan hacia atrás y conceptos con tres o cuatro puntos de pliegue. Durante mucho tiempo, todo eso parecía exhibición de fuerza tecnológica y poco más, como esos coches concepto que las marcas de automoción enseñan sin intención real de venderlos. La diferencia ahora es que una de esas ideas extremas cruza la frontera del laboratorio y pasa a producción, aunque sea para un público reducido. Es un mensaje directo al mercado: seguimos liderando la conversación en displays, no solo siguiendo la corriente.
La rivalidad también cuenta. Huawei se apuntó el tanto de ser la primera en comercializar un tri plegable, aunque su disponibilidad estuvo limitada por contexto político y restricciones de mercado. Para Samsung, que domina buena parte de la fabricación de paneles OLED del sector, quedarse fuera de esa conversación habría sido regalar prestigio. El Galaxy Z TriFold funciona, en ese sentido, como respuesta simbólica: nosotros también podemos, y además lo haremos llegar a más países. En cuanto una marca grande entra en una categoría nueva, el efecto dominó es inevitable. Tecno, Honor y otros fabricantes ya han mostrado sus propios conceptos de triple pliegue, y es cuestión de tiempo que veamos anuncios de modelos comerciales, aunque las ventas sean reducidas.
Todo esto no significa que los móviles tri plegables vayan a ser el destino inevitable de la industria. Los plegables con un solo pliegue todavía están en fase de convencer al gran público: siguen siendo más caros que los modelos tradicionales, aún despiertan dudas sobre la durabilidad a largo plazo y dependen de que las aplicaciones se adapten bien a formatos extraños. Añadir una segunda bisagra multiplica la complejidad: más piezas móviles, más puntos vulnerables, recorridos internos de cables y baterías más enrevesados y un desafío mayor para gestionar calor y consumo. En resumen, se heredan los problemas existentes y se suman otros nuevos.
Desde la mirada de alguien que solo quiere un teléfono fiable, que aguante tres o cuatro años de uso, sobreviva a algún que otro golpe y no requiera cuidados especiales, todo eso suena más a preocupación que a progreso. Los tri plegables parecen responder a una pregunta que casi nadie se hacía en voz alta: cómo meto una especie de mini oficina de diez pulgadas en un bolsillo. A cambio, ponen sobre la mesa dudas muy tangibles: cuánto costará repararlo, qué pasa si la bisagra falla, qué tan cómodo es usarlo a diario cuando ni siquiera hace falta abrirlo para la mayoría de tareas.
Sin embargo, sería injusto reducir el Galaxy Z TriFold a una simple excentricidad cara. En la práctica, estos dispositivos funcionan como laboratorios portátiles. Cada mejora en el sistema de bisagras, cada nuevo recubrimiento para minimizar marcas en el pliegue, cada avance en la eficiencia de un gran panel OLED plegable terminará filtrándose a otros productos. Lo que hoy se prueba en un modelo de más de 2.000 dólares puede mañana aparecer en un plegable de gama media o en una tablet accesible. Incluso la forma de pensar la interfaz, distribuida en zonas, con ventanas flotantes y paneles flexibles, puede inspirar a otros formatos, desde portátiles híbridos hasta monitores externos.
Hay también una dimensión emocional que no conviene menospreciar. Llevamos años en una dinámica donde los teléfonos cambian de una generación a otra de manera bastante predecible: procesador un poco más rápido, cámara algo mejor, nueva gama de colores y poco más. Un aparato como el Galaxy Z TriFold rompe esa sensación de repetición. Es el equivalente tecnológico de un superdeportivo: casi nadie lo tendrá aparcado en el garaje, pero todo el mundo ve fotos, comenta las cifras y se imagina por un momento cómo sería conducirlo. Para la marca, la simple existencia de un producto así ayuda a reforzar su imagen de fabricante innovador, incluso si la mayoría de las ventas reales siguen viniendo de modelos mucho más sensatos.
Al final, el Galaxy Z TriFold no parece diseñado para convertirse en el próximo teléfono estándar de la mayoría. Su misión es otra: demostrar hasta dónde ha llegado la tecnología de pantallas flexibles, marcar territorio frente a la competencia y explorar qué formas de uso podrían dar lugar, en unos años, a algo más masivo. El futuro del móvil cotidiano probablemente estará definido por avances menos espectaculares pero más prácticos: baterías ligeras y seguras, materiales más resistentes, inteligencia artificial discreta que simplifique tareas sin pedir permiso cada cinco minutos. Aun así, son precisamente los experimentos llamativos, incluso aquellos que rozan lo excesivo, los que abren camino y señalan posibilidades.
Puede que los tri plegables nunca salgan de su nicho de juguete caro para entusiastas, con pocas unidades vendidas pero mucho ruido en redes y presentaciones. Eso no les quita mérito. El Galaxy Z TriFold nos recuerda que la innovación de verdad no siempre llega en forma de producto perfecto listo para todos; a veces llega como demostración de fuerza convertida en objeto de deseo. Y, aunque la mayoría solo lo verá en vídeos de YouTube o en la vitrina de una tienda, el simple hecho de que exista ya influye en cómo serán los dispositivos que sí acabaremos llevando en el bolsillo.