Inicio » Sin categorizar » TSMC en Arizona: la jugada que impide que Intel sea el unico salvador de los chips en EEUU

TSMC en Arizona: la jugada que impide que Intel sea el unico salvador de los chips en EEUU

por ytools
0 comentario 0 vistas

Cuando Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) anunció su enorme plan de fábricas en Arizona, en Taiwán no se escucharon solo aplausos. Para algunos, era una jugada lógica: acercarse al dinero público de Washington, ganar blindaje político y estar físicamente junto a sus mayores clientes. Para otros, sonó a comienzo de una transferencia lenta del activo estratégico más valioso de la isla hacia Estados Unidos.
TSMC en Arizona: la jugada que impide que Intel sea el unico salvador de los chips en EEUU
En medio de ese debate, el exenviado de Taiwán ante la Unión Europea, Roy Chun Lee, lanzó una idea incómoda: si TSMC no hubiera apostado fuerte por suelo estadounidense, el gobierno de Estados Unidos se habría visto casi obligado a ir con todo detrás de Intel.

Vista así, la planta de Arizona deja de ser un simple complejo industrial y se convierte en una póliza de seguro geopolítica. Colocando parte de su capacidad de vanguardia dentro de Estados Unidos, TSMC se asegura de seguir en el centro de la estrategia de chips de Washington y, al mismo tiempo, evita que Intel quede como único salvador de la industria local.

Por qué TSMC necesitaba una huella física en Estados Unidos

La cartera de clientes de TSMC está dominada por empresas norteamericanas. Apple, NVIDIA, AMD, Qualcomm y muchos otros diseñadores dependen de los nodos más avanzados de la fundición taiwanesa para sobrevivir en mercados ferozmente competitivos. Para ellos, la capacidad de producción no es un asunto técnico reservado a ingenieros, sino el corazón del negocio. Un retraso de meses puede significar perder la ventana de lanzamiento de un iPhone o llegar tarde a la batalla de las tarjetas gráficas.

La pandemia, las disrupciones logísticas y la creciente tensión en el estrecho de Taiwán dejaron claro, desde el punto de vista de Washington, que confiar casi por completo en una sola isla era un riesgo sistémico. De repente, en informes y simulaciones empezaron a aparecer escenarios que sonaban extremos: bloqueo marítimo, sanciones cruzadas, incluso un choque militar abierto. En redes muchos lo toman a broma con el clásico invasión cuando, pero los estrategas que dependen de microchips para todo, desde centros de datos hasta misiles, no se ríen tanto.

Si en ese contexto TSMC hubiera cerrado la puerta a una expansión en Estados Unidos, los responsables políticos habrían tenido todavía una opción obvia sobre la mesa: inflar a Intel como campeón nacional. Más subvenciones, paquetes regulatorios a medida, contratos garantizados y un relato público que presentara a la compañía como columna vertebral de la soberanía tecnológica estadounidense. El objetivo final sería reducir al máximo la dependencia de un proveedor extranjero, por muy eficiente y confiable que este sea.

En ese mundo alternativo, Intel acabaría convertida en proveedor preferente de las grandes tecnológicas de Estados Unidos, mientras TSMC seguiría siendo clave, pero con menos influencia política y más expuesta a giros bruscos en la relación entre Washington y Taipei.

El debate en la isla: todo en casa o diversificar

Dentro de Taiwán, muchos sienten que la mejor defensa pasa por mantener en la isla tanto talento y tecnología como sea posible. Recuerdan que durante años Washington criticó a Pekín por apoyar a sus campeones nacionales, y ahora es la misma potencia la que pide a Taiwán que exponga su joya de la corona a leyes y prioridades políticas ajenas. Para este sector, una fábrica de vanguardia en Arizona no es diversificación, sino cesión de poder de negociación.

Roy Chun Lee, sin embargo, insiste en que decir no a Estados Unidos también tiene un coste. Si la política taiwanesa bloquea de forma visible la expansión internacional de TSMC, el mensaje que reciben tanto Washington como clientes clave es incómodo: dependemos de una empresa situada en una región tensa, que además se resiste a colocar parte de su producción cerca de su mayor mercado. Para compañías como Apple o NVIDIA, que construyen estrategias enteras alrededor de la estabilidad del suministro, esa señal pesa.

Ante ese tipo de dudas, no sería extraño que más adelante la Casa Blanca concluyera que le conviene apostar agresivamente por Intel, aunque eso implique arriesgar más dinero o aceptar cierto atraso temporal en la tecnología. Y, una vez que ese giro se consolida, resulta muy difícil volver atrás y devolver a TSMC al centro de la escena.

Intel como plan B, no como héroe único

La ofensiva de TSMC en Arizona, con varias fábricas previstas y un paquete de inversión de decenas e incluso centenares de miles de millones de dólares a largo plazo, cambia la narrativa. Ya no se puede afirmar, como argumento político fácil, que solo Intel está dispuesta a construir fabricación avanzada en suelo estadounidense. La administración Biden puede señalar ahora dos pilares de su estrategia: Intel y TSMC, cada uno compitiendo por contratos, subvenciones y prestigio.

Eso obliga a Intel a definirse menos por el pasaporte y más por la ejecución. La empresa seguirá recibiendo apoyos, pero deja de ser el único salvavidas en la conversación sobre la seguridad de la cadena de valor de los chips. TSMC, por su parte, no solo replica capacidades existentes, sino que proyecta llevar a Estados Unidos futuros nodos de vanguardia, en la órbita de tecnologías como A16 en torno a 1,6 nanómetros, reforzando su posición como socio imprescindible.

Si este movimiento no existiera, la presión política y regulatoria para trasladar diseños desde TSMC hacia Intel, o para impulsar proyectos internos de fabricación aunque fueran menos eficientes, crecería año tras año. A la larga, eso podría erosionar la posición dominante de la fundición taiwanesa en el ecosistema estadounidense.

Un aparente ganar ganar con un coste real

Sobre el papel, el acuerdo parece beneficioso para todos. Estados Unidos reduce su vulnerabilidad, las grandes tecnológicas locales ganan diversificación y TSMC consigue un asiento fijo en la mesa donde se decide la política industrial de la primera potencia mundial. Además, al entrelazar todavía más sus intereses con los de Taiwán, Washington tiene un incentivo adicional para preocuparse por la seguridad de la isla.

En la práctica, sin embargo, el proyecto deja un regusto amargo en parte de la sociedad taiwanesa. Construir y operar fábricas de este nivel en Estados Unidos es notablemente más caro que hacerlo en casa. Formar y retener personal cualificado en otro idioma y otra cultura laboral no es sencillo. Ingenieros y directivos temen una fuga progresiva de talento. Y muchos ciudadanos se preguntan quién decidió que TSMC debía ser la aseguradora silenciosa que amortigua las angustias estratégicas de otro país.

Incluso hay analistas que trazan paralelos oscuros, recordando que Rusia no dudó en usar la fuerza en Ucrania, mientras China parece haber perdido la ventana de oportunidad de un movimiento similar. Que se hagan comparaciones de este tipo da una idea de hasta qué punto TSMC se ha convertido en pieza central de cualquier escenario de crisis.

Al final, la apuesta por Arizona no luce como un plan perfecto, sino como la opción menos mala disponible. Al repartir capacidades entre Taiwán y Estados Unidos, manteniendo el núcleo en la isla pero atando una parte al territorio norteamericano, TSMC crea una interdependencia difícil de deshacer. Un golpe serio contra la empresa dañaría tanto a Taipei como a Washington. Y es precisamente esa vulnerabilidad compartida la que, según Lee, puede evitar que Estados Unidos se vea algún día forzado a elegir entre apoyar a Intel o defender de verdad a Taiwán.

También te puede interesar

Deja un comentario