Cuando pagas por una tarjeta gráfica lo mismo que por un coche de segunda mano, no estás comprando solo frames por segundo: estás comprando la tranquilidad de que, si algo falla, la garantía va a responder. Por eso la historia de un dueño de una RTX 5090 Astral y su choque con ASUS se ha vuelto viral en foros y redes: una microgrieta junto al conector PCIe, visible únicamente bajo microscopio, bastó para que la marca negara el RMA y pusiera sobre la mesa un presupuesto de más de 3.000 dólares para cambiar la tarjeta.
El caso salió a la luz en Reddit. 
El usuario kromz contó que su ROG RTX 5090 Astral empezó a sacar pantallazos negros y a reiniciar el PC sin explicación. Ante la sospecha de que la GPU estuviera a punto de morir, hizo lo que haría cualquier entusiasta responsable: abrir una solicitud de garantía y enviar la gráfica al servicio técnico de ASUS. Según explica, la había montado con cariño, usando un soporte anti-sag para que el peso no forzara el PCB, y nunca había visto ningún daño físico antes de embalarla.
El informe oficial de ASUS, sin embargo, dibuja otro escenario. Los técnicos dicen haber encontrado una “irregularidad superficial” en la placa: una pequeña fisura en la zona del interfaz PCIe. A simple vista no se aprecia nada, pero bajo el microscopio se distingue una microgrieta en el borde del PCB. Con ese detalle, la compañía clasifica el caso como daño inducido por el consumidor, la etiqueta mágica que convierte un fallo de producto en problema del cliente y deja la garantía fuera de juego.
A partir de ahí, la respuesta es fría y contable. ASUS considera la RTX 5090 Astral “no reparable” y propone como única solución un reemplazo completo. La factura: unos 4.661 dólares canadienses, que se traducen en torno a 3.340 dólares estadounidenses por una nueva unidad. Para que no suene tan brutal, añaden un supuesto descuento del 50%. Pero incluso con esa rebaja, el dueño tendría que soltar alrededor de 1.700 dólares extra, una cifra que se acerca peligrosamente al precio de lanzamiento de muchas tarjetas tope de gama.
Es precisamente esa matemática la que ha hecho saltar las alarmas. Para muchos jugadores, si un defecto es tan pequeño que solo aparece bajo un microscopio, cuesta verlo como prueba irrefutable de maltrato. Y todavía menos cuando hablamos de un producto pensado para entusiastas, vendido como gama ultra premium, con un precio de entrada ya de por sí difícil de justificar. La sensación general es que el servicio ha buscado cualquier mínima marca para poder etiquetar el caso como culpa del usuario y cerrar el expediente.
En los comentarios no falta la bilis. Hay quien resume la situación con un “Nvidia y Asus basura”, otros se preguntan por qué la gente sigue comprando gráficas de la marca y más de uno recuerda con nostalgia a EVGA, que durante años se ganó la fama de cambiar tarjetas sin dramas y tratar a los clientes como aliados, no como sospechosos. Frente a eso, encontrarse con un presupuesto de miles de dólares por una microgrieta invisible se siente como el extremo opuesto del “buen soporte”.
Más allá del cabreo, el caso abre un debate técnico. Las GPUs modernas de gama alta como la RTX 5090 Astral son auténticos ladrillos de metal y plástico, de más de dos kilos en algunos modelos, colgando verticalmente de un único slot PCIe. No es casualidad que se hayan popularizado los soportes, los montajes verticales con riser e incluso los chasis horizontales estilo servidor. Muchos usuarios se preguntan por qué, en ese contexto, siguen pasando pistas críticas por la zona del borde, justo donde más flexa la placa cuando mueves el equipo o lo transportas.
Las marcas, por su parte, se escudan en las condiciones legales. La letra pequeña de prácticamente cualquier garantía excluye daños físicos en PCB, conectores y componentes. El trabajo del departamento de RMA consiste en buscar señales de doblez, golpes, marcas extrañas o grietas que permitan declarar el caso como uso indebido. Una vez que se encuentra algo que encaje en esa casilla, convencer al servicio de que se trata de un fallo de diseño o de fabricación se vuelve casi imposible.
Como reacción, cada vez más entusiastas han convertido la protección de su hardware caro en parte del ritual de montaje. Antes de enviar nada al SAT, fotografían la tarjeta en alta resolución por delante, por detrás y por los laterales; guardan cajas, números de serie y tickets; contratan planes de sustitución directa con la tienda; y pagan este tipo de compras con tarjetas de crédito que ofrecen seguro extendido y posibilidad de disputa si el fabricante se lava las manos. Al mismo tiempo, crece el consejo de no colgar monstruos de dos kilos de un único slot, y apostar por configuraciones horizontales o soportes estructurales más serios.
Al final, la historia de la RTX 5090 Astral de kromz es menos una anécdota aislada y más un síntoma de cómo se ha tensado la relación entre fabricantes de GPU y su público más fiel. Los precios suben, el marketing promete experiencias “definitivas”, pero cuando algo falla, muchos sienten que la responsabilidad desaparece detrás de un informe técnico lleno de tecnicismos. Si las marcas quieren que la gente siga pagando cuatro cifras por una sola gráfica, tarde o temprano tendrán que cuidar no solo los FPS y los rayos trazados, sino también la confianza cuando toca tirar de garantía.