Inicio » Sin categorizar » Blancpain Grande Double Sonnerie: cuando la gran complicación canta a dos voces

Blancpain Grande Double Sonnerie: cuando la gran complicación canta a dos voces

por ytools
1 comentario 0 vistas

Blancpain Grande Double Sonnerie: cuando la gran complicación canta a dos voces

Blancpain Grande Double Sonnerie: cuando una gran complicación empieza a cantar a dos voces

De vez en cuando aparece un reloj que no se siente como un «nuevo modelo» más, sino como una declaración de intenciones de la marca. El Blancpain Grande Double Sonnerie es exactamente eso. No intenta ser razonable ni discreto: es una pieza de más de 1,7 millones de francos suizos, producida en apenas dos unidades al año, que reúne algunos de los mecanismos más complejos de la relojería tradicional en un solo objeto de muñeca. Grande sonnerie, petite sonnerie, repetición de minutos, calendario perpetuo retrógrado e incluso un tourbillon volante conviven en una caja de oro de 47 mm que no pide permiso para llamar la atención.

Para entender por qué este reloj es tan especial, conviene recordar que Blancpain lleva décadas jugando en la liga de las supercomplicaciones
Blancpain Grande Double Sonnerie: cuando la gran complicación canta a dos voces
. En 1991 presentó el Blancpain 1735, que en su momento fue considerado el reloj automático más complicado del mundo. Aquel modelo reunía calendario perpetuo con fases de luna, tourbillon, cronógrafo rattrapante y repetición de minutos en un calibre extraplano, algo que ya de por sí era un reto técnico enorme. En la definición clásica, una «gran complicación» combina al menos tres grandes familias: medición del tiempo, calendario y sonería. El 1735 no solo cumplía el mínimo, lo doblaba con seis complicaciones mayores en un mismo corazón mecánico.

Aun así, quedaba una cumbre sin conquistar: una auténtica grande sonnerie de pulsera firmada por la casa. Dentro de las complicaciones sonoras, la grande sonnerie es uno de los ejercicios más difíciles que un relojero puede afrontar. No se trata solo de diseñar un mecanismo que pueda tocar la hora, sino de lograr que lo haga de forma automática, precisa y con un sonido bello y potente, una y otra vez, durante años. Con el Grande Double Sonnerie, Blancpain entra por fin en ese territorio muy restringido y, como si eso no bastara, añade un giro propio: dos melodías diferentes seleccionables por el usuario.

Antes de entrar en los detalles específicos de Blancpain, vale la pena aclarar qué hace exactamente una grande sonnerie. De forma muy resumida, es un mecanismo que indica la hora de manera acústica y automática. A la hora en punto, el reloj toca la cantidad de horas; por ejemplo, seis golpes a las 6:00.
Blancpain Grande Double Sonnerie: cuando la gran complicación canta a dos voces
Cada cuarto de hora repite primero las horas y luego añade una secuencia de golpes que indica si es el primer, segundo, tercer o cuarto cuarto de hora. Es decir, quien conoce el código puede «oír» la hora sin mirar el dial. La petite sonnerie es algo más discreta: a la hora exacta también marca las horas, pero en los cuartos solo toca el motivo del cuarto, sin repetir la cantidad de horas. La repetición de minutos, por su parte, solo entra en juego cuando el portador la activa; no funciona en automático, sino a demanda, convirtiendo la hora actual en una sucesión de golpes de horas, cuartos y minutos.

En el Blancpain Grande Double Sonnerie estas tres lógicas conviven dentro de un mismo calibre. La repetición de minutos se pone en marcha mediante un pulsador en la parte superior izquierda de la caja. Un deslizador en el mismo lateral permite elegir entre grande sonnerie, petite sonnerie o silencio completo, según el contexto. Es casi como configurar el modo de sonido de un teléfono, pero en versión puramente mecánica y con un nivel de sofisticación que haría sudar a cualquier estudiante de relojería. No es difícil imaginar al nuevo propietario bromeando con que necesita un curso de fin de semana solo para recordar qué hace cada mando.

En la forma más básica de una grande sonnerie bastan dos tonos distintos: uno para las horas y otro para los cuartos. Muchos relojes de sonería se quedan ahí
Blancpain Grande Double Sonnerie: cuando la gran complicación canta a dos voces
. Pero en el escalón superior de la alta relojería se da un paso más: se codifica una melodía reconocible en la secuencia de cuartos. La más famosa es el motivo Westminster, los llamados Westminster Quarters, que cualquiera reconoce por las campanadas del Big Ben en Londres o por tantos relojes de torre y de pared repartidos por el mundo. En el Grande Double Sonnerie, esa es la primera voz del reloj.

Según Marc A. Hayek, CEO de Blancpain, la ambición no era simplemente demostrar que la casa podía dominar una grande sonnerie. Su objetivo era crear un reloj que hiciera sonreír cada vez que sonara, que generara una pequeña emoción al oírlo tocar. A partir de esa idea surgió la pregunta: ¿por qué no ofrecer una segunda melodía, distinta, igualmente sofisticada pero con personalidad propia? Para responderla, Hayek recurrió a un amigo con buen oído y pasión por los relojes: Eric Singer, batería de la banda KISS y coleccionista confeso.

El encargo sonaba sencillo en papel, pero imponía restricciones muy duras a nivel técnico. La nueva melodía tenía que construirse con las mismas notas que el motivo Westminster y mantener el mismo tempo. Eso permitía reutilizar el mismo juego de gongs y la misma arquitectura acústica, evitando rediseñar toda la parte sonora.
Blancpain Grande Double Sonnerie: cuando la gran complicación canta a dos voces
Dentro de ese marco rígido, la secuencia de golpes sí podía reinventarse. Tras varias rondas de pruebas y ajustes, Singer y Blancpain dieron con un motivo que la marca denomina ahora «melodía Blancpain». Frente al tono solemne y casi litúrgico del Westminster, la melodía Blancpain suena algo más contemporánea, ligera y juguetona, sin perder elegancia. Es como si el reloj se tomara muy en serio la relojería, pero no tanto a sí mismo.

Con dos melodías definidas, quedaba la parte más complicada: integrarlas en un movimiento que ya tenía que alojar un calendario perpetuo y un tourbillon volante, además de toda la mecánica de sonería. Muchas manufacturas abordan estos retos mediante módulos apilados: un calibre base, encima un módulo de calendario, encima otro de repetición. Es una solución práctica, pero engorda el conjunto y suele ocultar buena parte de la mecánica bajo placas opacas. Hayek insistió en otro camino: el reloj debía ser lo más llevable posible dentro de su tamaño, y al mismo tiempo dejar a la vista tanto como se pudiera de su «teatro mecánico».

La respuesta fue un calendario perpetuo completamente integrado con fecha retrógrada. En lugar de colocar una placa completa sobre el movimiento, Blancpain diseñó el calendario desde el principio como parte estructural del calibre. En el lado del dial, las indicaciones principales se agrupan en la mitad derecha: día de la semana, mes, año, ciclo bisiesto. A lo largo de la mitad izquierda del anillo periférico se extiende la escala de la fecha retrógrada, que avanza día a día y, al llegar al final del mes, salta de golpe de vuelta al uno. El sistema tiene en cuenta automáticamente la longitud de cada mes y los años bisiestos, de modo que, bien ajustado, no necesita correcciones durante décadas.

Un detalle muy de Blancpain son los correctores ocultos bajo las asas. En lugar de perforar las carruras con pequeños pulsadores visibles, la marca esconde microcorrectores debajo de las asas, accionables con la propia yema del dedo. Es una solución que protege la estética de la caja de oro y, de paso, ahorra al propietario la búsqueda del típico palillo o herramienta
Blancpain Grande Double Sonnerie: cuando la gran complicación canta a dos voces
. Es un gesto casi minimalista en un reloj que, por lo demás, es todo menos minimalista.

Con tanto engranaje, leva y puente a la vista, el riesgo evidente era sacrificar legibilidad. La casa optó por skeletonizar generosamente el movimiento, pero le dio a las agujas un diseño firme y un color de contraste que las hace destacar con claridad sobre el «bosque» mecánico del fondo. Muchos aficionados que han podido ver la pieza en persona coinciden en lo mismo: sí, hay muchísimo que mirar, pero la hora sigue siendo fácil de leer de un vistazo. Parece un detalle menor, pero cualquiera que haya peleado con una supercomplicación ilegible sabe que esto marca la diferencia entre una pieza espectacular y una pieza realmente disfrutable.

La otra gran mitad del trabajo se juega en el terreno del sonido. Un reloj de sonería no se juzga solo por lo que hace, sino por cómo suena. Para encontrar el timbre ideal, Blancpain experimentó con once materiales distintos para los gongs, entre ellos bronce, cobre, acero y aleaciones más exóticas. Al final se impuso el oro, no solo por su aura de lujo, sino porque ofrecía la combinación adecuada de calidez, claridad y duración del sonido. A partir de ahí, la decisión fue llevar esa lógica hasta el extremo: caja, platina y puentes también en oro, para que las vibraciones acústicas viajen por un medio homogéneo y pierdan la menor energía posible.

Elegido el material, empieza el trabajo fino. Cada gong se ajusta en longitud, grosor y perfil de sección. El punto exacto donde el martillo golpea el anillo sonoro se determina a base de ensayo y error. Se retoca, se monta, se escucha, se mide la frecuencia, se desmonta, se vuelve a retocar. La afinación definitiva se realiza mediante láser, eliminando cantidades microscópicas de metal hasta que la nota cae justo donde debe. Para evitar que el sonido se quede prisionero en el interior, Blancpain recurre a una membrana de oro patentada situada bajo el cristal de zafiro.
Blancpain Grande Double Sonnerie: cuando la gran complicación canta a dos voces
Esta actúa como una especie de altavoz mecánico que amplifica las vibraciones y las proyecta hacia afuera con claridad.

El ritmo de la melodía es igual de importante que el propio tono. Una secuencia de notas puede ser perfecta, pero si se interpreta demasiado rápido o demasiado lenta, el oído lo percibe como algo raro. En el Grande Double Sonnerie, la cadencia la marcan elementos dentados extremadamente finos, que gobiernan la liberación de los martillos. Al girar, sus dientes levantan y dejan caer pequeñas palancas en un orden preciso, generando la sucesión de golpes. Si un diente es un poco más largo o más corto de lo ideal, el tempo cambia. Por eso estos componentes se ajustan en un proceso casi cruel de montar, escuchar, desmontar, limar micras de material y repetir hasta que el ritmo encaja. Es, en el fondo, muy parecido a afinar un instrumento, solo que el instrumento en este caso es un tren de engranajes.

Para estabilizar la energía que llega al sistema de sonería, Blancpain utiliza un regulador magnético patentado. Funciona como una suerte de escape de fuerza constante dedicado al golpeo. Su papel es suavizar las variaciones de fuerza que salen del barrilete, de forma que cada golpe de martillo tenga prácticamente la misma intensidad, tanto al principio como al final de la reserva. En un reloj que puede tocar secuencias largas cada cuarto de hora, esa constancia es vital para evitar que las melodías empiecen con entusiasmo y terminen desinfladas.

La conmutación entre las dos melodías es otro pequeño milagro de microingeniería. Internamente, cada motivo – Westminster y Blancpain – se construye como un «piso» mecánico independiente, con sus propias piezas que marcan el orden de los golpes. Ambos pisos se apilan en un mismo plano horizontal. Un sistema basado en rueda de columnas, accionado por el pulsador situado en la parte inferior izquierda de la caja, selecciona uno u otro. Una presión activa el motivo Westminster; otra presión cambia a la melodía Blancpain. En el borde inferior del dial, un pequeño disco indica con una «W» o una «B» qué pista está lista para sonar. Una especie de embrague de seguridad impide que se cambie de melodía mientras la sonería está tocando, así que no hay cortes bruscos a mitad de secuencia.

El tourbillon volante se encarga de completar el carácter de gran complicación. Blancpain fue una de las primeras marcas en introducir un tourbillon volante en un reloj de pulsera a finales de los años ochenta. A diferencia de un tourbillon clásico, cuyos puentes sujetan la jaula por arriba y por abajo, el tourbillon volante solo se apoya por la parte inferior, dando la sensación de que la jaula flota bajo el cristal. En el Grande Double Sonnerie, este efecto se multiplica gracias a la apertura del calibre: el órgano regulador gira elevado sobre el paisaje de levas, gongs y puentes como un corazón a la vista. La frecuencia asciende a 4 Hz, más alta que el canon tradicional de 3 Hz, lo que mejora la estabilidad de marcha. La espiral del volante es de silicio, un guiño a la relojería contemporánea que aporta resistencia al magnetismo. En cuanto a acabados, no hay sorpresas: biseles angulados y pulidos, Côtes de Genève, perlado denso y pulido negro en los componentes de acero más visibles.

El conjunto está animado por el calibre de cuerda manual 15GSQ, dotado de dos barriletes. Uno se encarga principalmente de la marcha del reloj y ofrece alrededor de 96 horas de reserva de marcha. El otro alimenta la grande y la petite sonnerie, proporcionando unas 12 a 14 horas de autonomía sonora, según el modo y la frecuencia con la que se deje tocar. Hablamos de una cantidad de energía considerable, especialmente si pensamos que debe mantenerse el volumen y la claridad del sonido sin comprometer el resto de funciones.

En la muñeca, el Grande Double Sonnerie es imposible de ignorar. Sus 47 mm de diámetro y unos 54,6 mm de largo de asa a asa significan que este reloj tiene presencia, y mucha. La sorpresa viene por la altura: unos 14,5 mm, una cifra casi contenida para la cantidad de mecanismos que esconde. En una muñeca de unos 17 cm, la pieza se siente grande pero no caricaturesca. Aun así, no es el típico reloj que pasa desapercibido en la oficina. La pregunta de si puede ser un «daily» realista no se responde mirando el espejo, sino el saldo de la cuenta corriente.

En este rango de complicación, las comparaciones son inevitables. Muchos aficionados han mencionado al Chopard L.U.C Grand Strike como un rival directo en el terreno de las sonerías extremas. El Chopard deslumbra con sus gongs integrados en el cristal de zafiro y un diseño muy arquitectónico del lado de la esfera. Desde el punto de vista de «francos por engranaje», algunos dirán que el Grand Strike ofrece un equilibrio más racional. El Blancpain, en cambio, parece apuntar deliberadamente a otra cosa: menos a la ficha técnica y más a la experiencia emocional de elegir cada mañana con qué melodía quieres que te cante la muñeca.

En el otro extremo del espectro, no deja de ser divertido imaginar un Omega X-33 – una herramienta de cuarzo robusta y chillona – reprogramado para reproducir la melodía Westminster como alarma. La electrónica lo haría sin esfuerzo; un simple altavoz podría emular cualquier secuencia de notas. Justo ahí se entiende qué hace tan atractivas a las grandes sonneries mecánicas: no se trata de necesidad, sino de una obstinación romántica por hacer algo increíblemente complejo solo con ruedas, resortes y palancas, sin un solo chip.

Para los poquísimos que llegarán a poseer uno, el Blancpain Grande Double Sonnerie será menos una compra y más una especie de custodia. La marca explica que únicamente dos relojeros en la manufactura están cualificados para ensamblar estas piezas de principio a fin, y que cada reloj les exige aproximadamente un año de trabajo. En la cara oculta de la placa con el nombre Blancpain, visible desde el lado del dial, se graba el nombre del relojero responsable. Esa firma queda escondida a los ojos del propietario; solo alguien que abra el reloj para una revisión profunda la verá. Es un pequeño pacto silencioso entre el autor, la pieza y quienes la mantendrán con vida en el futuro.

Al final, el Grande Double Sonnerie no es un ejercicio de lógica, sino una demostración de hasta dónde puede llegar la relojería mecánica cuando deja de preguntarse si algo «tiene sentido» y se centra en si puede emocionar. Nadie necesita dos melodías de sonería, un calendario perpetuo retrógrado y un tourbillon volante para llegar puntual. Pero saber que semejante máquina existe, montada a mano por un único artesano y capaz de transformar el paso del tiempo en música, es precisamente lo que mantiene viva la fascinación por los relojes mecánicos en plena era de los smartwatch. No marca solo las horas; nos recuerda por qué seguimos mirando la muñeca incluso cuando el móvil lleva tiempo diciéndonos lo mismo.

También te puede interesar

1 comentario

PiPusher January 17, 2026 - 7:50 am

Punto muy a favor: es de las pocas supercomplicaciones en las que puedo leer la hora sin sacar lupa. Muchas marcas deberían tomar nota

Responder

Deja un comentario