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Videojuegos de LEGO en la generación Fortnite: del sofá al sandbox

por ytools
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Si llevas unos años jugando, lo notas sin que nadie te lo tenga que explicar: algo muy grande ha cambiado en el mundo de los videojuegos. Ya no se trata solo de ese cartucho o disco que te regalaban en tu cumpleaños, que jugabas en solitario hasta ver los créditos y luego dejabas en una estantería. Hoy los juegos son plazas públicas, salas de estar digitales, estudios de creación, escaparates de cultura pop y, para mucha gente joven, el lugar donde se ve con sus amigos. Para LEGO, durante décadas sinónimo de ladrillos de plástico en el suelo del salón, ese cambio es un reto enorme, pero también la oportunidad perfecta para reinventarse sin perder su esencia.

Hace treinta años, el primer paso de LEGO más allá del juguete físico fue casi anecdótico: Fun to Build, un título lanzado solo en Japón para la casi olvidada consola Sega Pico.
Videojuegos de LEGO en la generación Fortnite: del sofá al sandbox
Poca gente fuera de coleccionistas la recuerda, pero ahí empezó una historia que hoy ocupa consolas, móviles, PC y plataformas gigantes como Fortnite. De aquel experimento tímido se ha pasado a un ecosistema de videojuegos LEGO que va desde grandes aventuras cinemáticas hasta experiencias indie, juegos de fiesta para toda la familia y mundos persistentes donde la comunidad construye sus propios niveles a base de ladrillos digitales.

De curiosidad de 16 bits a universo LEGO en pantalla

Los primeros años de LEGO en el videojuego fueron pura exploración. Había juegos educativos de PC, carreras con coches de piezas, aventuras sencillas con puzles básicos. La pregunta era siempre la misma: cómo trasladar al mando la sensación de abrir una caja, mezclar piezas y dejar volar la imaginación. La verdadera explosión llegó cuando entró en escena TT Games. Sus juegos licenciados de LEGO encontraron una fórmula casi mágica: humor absurdo sin ser infantilizado, controles accesibles, toneladas de coleccionables y una reinterpretación juguetona de universos masivos como Star Wars o Batman.

Para mucha gente, LEGO Star Wars fue el primer contacto con esa mezcla. De repente, la trilogía original ya no era solo cosa de adultos nostálgicos; se convertía en una aventura que un padre o una madre podía compartir en el sofá con sus hijos, riéndose de las mismas escenas que antes se tomaba muy en serio. Después llegaron LEGO Batman, LEGO Harry Potter, LEGO Marvel, LEGO Indiana Jones y un largo etcétera. Durante años, si alguien decía juego de LEGO, la mayoría pensaba en esos títulos: campañas lineales, cooperativo local, miles de piezas por recoger y esa sensación de estar viendo una parodia cariñosa de historias que ya conocías.

De la partida en solitario a quedar con los amigos en un lobby

Mientras esa fórmula triunfaba, el comportamiento de las nuevas generaciones frente a los videojuegos se iba moviendo en otra dirección. Quien creció con la Super Nintendo, la Mega Drive o los primeros PC suele recordar el juego como un refugio individual: tú, la pantalla, una vida extra y un objetivo claro. Hablabas con tus amigos del juego, pero lo hacías después, en el patio del colegio o en la calle. La base era la experiencia personal, casi íntima.

Hoy, para muchos niños y adolescentes, el orden de factores se ha invertido. Primero viene el grupo: la pandilla de clase, los primos, las amistades del barrio o del servidor de Discord. Después se decide a qué se entra esa tarde: al battle royale de siempre, a un modo creativo extraño, a algún minijuego que esté de moda en TikTok. Minecraft, Roblox y Fortnite han redefinido lo que significa jugar: ya no son solo productos, son plataformas sociales. Se conectan, construyen, graban clips, hacen roleplay, prueban mapas virales y, muchas veces, ni siquiera les importa si han “ganado” o “perdido” una partida.

Desde la perspectiva de LEGO, que lleva décadas defendiendo la idea de jugar juntos, ese giro es imposible de ignorar. Si antes bastaba con lanzar una gran aventura cada cierto tiempo, ahora hay que pensar en juegos como espacios donde los jugadores se encuentran, se expresan y co-crean. Y eso implica aceptar que no existe un único gran videojuego de LEGO para todo el mundo, sino un catálogo variado de experiencias que cubren momentos, humores y formas de jugar muy distintas.

LEGO Worlds y la eterna pregunta del ladrillo digital perfecto

En ese camino por adaptar su ADN a la pantalla, LEGO Worlds fue un punto clave. Sobre el papel era casi inevitable que apareciera: una sandbox en un mundo hecho de piezas LEGO, donde puedes moldear el terreno, colocar construcciones, invocar vehículos y personajes, y en definitiva jugar a arquitecto con bloques virtuales. El juego nació a la sombra de Minecraft, y las comparaciones eran imposibles de evitar. Comercialmente nunca alcanzó el mismo impacto, pero por dentro, para LEGO, valió mucho más de lo que sugieren las cifras.

Worlds obligó al equipo a hacerse preguntas que siguen vivas hoy: cómo se reproduce con botones la sensación física de encajar dos piezas; cómo se aprovecha la libertad total de mezclar temas –un castillo medieval pegado a una nave espacial, un rancho junto a un volcán– sin que el resultado parezca un collage sin alma; cómo se permite que la comunidad comparta sus creaciones de manera sencilla y segura. Lo que quedó claro es que, si se les da una buena caja de herramientas, los fans están más que dispuestos a pasar horas construyendo mundos digitales tan elaborados como los que montan en la mesa de casa.

LEGO Party y LEGO Voyagers: misma marca, estados de ánimo opuestos

La estrategia actual de LEGO en el terreno digital se entiende muy bien viendo dos de sus lanzamientos recientes. Por un lado está LEGO Party, un juego pensado desde el principio como heredero espiritual de los títulos tipo Mario Party. Partidas rápidas, minijuegos que se explican en diez segundos, reglas sencillas y un nivel de caos calculado para que cualquiera se ría, tenga la edad que tenga. Es el típico juego que llega a una reunión familiar, a una noche de viernes con amigos o a unas vacaciones y se queda como ritual compartido.

En la otra esquina está LEGO Voyagers, publicado junto a Annapurna, con un enfoque casi opuesto. Aquí hablamos de una aventura de plataformas cooperativa, muy centrada en la comunicación entre dos personas, con puzles que requieren coordinación y paciencia. La estética es más delicada, el sonido más atmosférico, y la frustración, si uno de los dos manda más de la cuenta, está siempre rondando. No son pocos los que bromean diciendo que Voyagers sirve tanto para entretenerse como para poner a prueba la relación de pareja o la complicidad entre amigos.

Los dos productos son profundamente LEGO, pero miran a públicos diferentes y se adaptan a momentos de juego muy distintos. Juntos, ilustran bien hacia dónde se está moviendo la compañía: ya no se trata de encontrar un formato estrella, sino de construir un ecosistema donde haya sitio tanto para la risa rápida como para la experiencia más larga y exigente.

LEGO Fortnite: instalarse dentro de la plaza mayor del gaming

El movimiento más audaz de LEGO en esta década tiene nombre propio: LEGO Fortnite. En vez de sacar un juego independiente y competir por la atención de los jugadores desde cero, LEGO se alió con Epic para crear un universo propio dentro de una de las plataformas más masivas del mundo. Desde el menú de Fortnite, a unos pocos clics del battle royale de siempre, se abre la puerta a una experiencia con estética, reglas y ritmo LEGO.

Dentro de ese paraguas conviven varios modos. LEGO Fortnite Odyssey funciona como el gran modo “de cabecera”: supervivencia, exploración, recolección, construcción de aldeas, defensa de bases y un progreso que se alimenta de actualizaciones constantes. El objetivo es que siga vivo durante años, con ampliaciones temáticas, nuevos biomas y colaboraciones con líneas míticas como Ninjago. Al lado, LEGO Brick Life apuesta por algo más relajado, cercano a la simulación cotidiana: decorar espacios, cumplir tareas, socializar en mundos más pequeños, con eventos especiales como el reciente desembarco de Los Simpson en esa parte del universo LEGO-Fortnite.

La auténtica revolución, sin embargo, no es solo el contenido oficial, sino las herramientas para creadores. LEGO Fortnite convierte a cualquier jugador con algo de curiosidad en potencial diseñador de juegos. Con el editor adecuado, se puede construir un minijuego en cuestión de horas: un circuito de parkour, una isla agrícola hecha de bloques, una especie de escape room cooperativo con ladrillos por todas partes. Donde antes un proyecto de LEGO tardaba años en materializarse, ahora una buena idea puede pasar de la cabeza a la pantalla en una tarde de fin de semana. Para una empresa acostumbrada a ciclos largos y cuidadosamente planificados, esa velocidad es un cambio cultural completo.

Por qué los juegos LEGO de toda la vida siguen siendo clave

Con tanto foco en plataformas, modos creativos y experiencias en línea, podría parecer que los juegos LEGO “clásicos” van camino de desaparecer. Pero la realidad va en otra dirección. El próximo gran lanzamiento, LEGO Batman: Legacy of the Dark Knight, demuestra que sigue habiendo hambre de aventuras narrativas al estilo TT Games. Cada tráiler genera análisis al detalle de trajes, vehículos y guiños a comics famosos; en ferias y eventos, las demos juegan con la nostalgia de quien lleva años coleccionando juegos de LEGO y cómics de DC por igual.

Este tipo de título cumple funciones que difícilmente se replican en un modo rápido de plataforma social. Una campaña de decenas de niveles, con una estructura clara, secretos escondidos y un ritmo pensado para el juego cooperativo local, invita a algo muy concreto: sentarse en el sofá, apagar el móvil y compartir horas de historia con otra persona. Muchos padres y madres cuentan que así fue como presentaron Star Wars, Batman o Harry Potter a sus hijos: no con las películas directamente, sino con su versión de LEGO, más amable y juguetona. TT Games ha perfeccionado el equilibrio entre desafío y accesibilidad, con un cooperativo que perdona errores y, al mismo tiempo, recompensa a quien quiere exprimir cada rincón del juego.

Lo que sueña la comunidad: sandbox total, granjas y crossovers imposibles

Si uno se sumerge en los comentarios de foros y redes cuando aparece una noticia relacionada con LEGO y videojuegos, se encuentra enseguida con una lista de deseos que se repiten. El número uno desde hace años es evidente: un sandbox gigantesco al estilo Minecraft, pero plenamente LEGO. Un mundo donde todo esté hecho de piezas, donde puedas desmontar una montaña ladrillo a ladrillo, recolectar elementos raros y luego levantar con ellos ciudades imposibles, castillos delirantes o estaciones espaciales absurdas. No bloques genéricos, sino ese catálogo de piezas que cualquiera que ha montado un set reconoce: placas finas, piezas curvas, esquinas extrañas que normalmente acaban en la bolsa de sobrantes.

El segundo gran sueño colectivo apunta en otra dirección: una especie de juego de granja al estilo Stardew Valley, pero con estética LEGO. Un pueblo montado sobre placas base, campos cuadriculados por studs, animales construidos con ladrillos y minifigs que viven el ciclo completo de sembrar, regar, cosechar y luego ir a pescar a un lago cúbico a medianoche. No es casual que este tipo de juego esté tan de moda: propone una rutina tranquila, sin presión, muy alineada con esa idea de juego relajado y creativo que LEGO ha defendido siempre.

Y luego están las peticiones más frikis, pero igual de insistentes. Hay quien fantasea con trabajar en LEGO en cualquier puesto, aunque sea moviendo coches en el parking, con tal de estar rodeado de ladrillos todo el día. Y, cómo no, la lista de licencias soñadas no deja de crecer. Una de las más repetidas es una colaboración completa con He-Man y los Masters del Universo, con un Castillo Grayskull de piezas y un Battle Cat verde y naranja montado ladrillo a ladrillo. A la vez, el acuerdo con Nintendo ha disparado otras especulaciones: si ya existe LEGO Super Mario, por qué no imaginar sets y, tal vez, contenidos digitales inspirados en Metroid, F-Zero o Star Fox.

Más allá de lo realista o no que sea cada propuesta, todas apuntan a lo mismo: para los fans, LEGO ya no es solo una marca de juguetes, sino un lenguaje visual que puede colorear casi cualquier género o universo. De un sandbox de supervivencia a un simulador de granja, pasando por carreras futuristas, todo cabe en versión LEGO en la imaginación de la comunidad.

Cuando los ladrillos físicos se conectan a la nube

Aunque el foco suele estar en los juegos de consola y PC, la relación de LEGO con lo digital también ha pasado por la mesa del comedor. Mucho antes de que existiera LEGO Fortnite, la compañía ya había explorado la combinación de construcción y programación con Mindstorms: robots montados con piezas LEGO, controlados por código que los niños podían modificar. Era una forma muy directa de enseñar lógica y tecnología sin perder el componente de juego físico.

Más reciente es el caso de LEGO Super Mario, que se sitúa a medio camino entre el juguete tradicional y el videojuego. Los niveles se construyen con ladrillos, pero la pieza interactiva, con sensores y pantalla, va registrando saltos, enemigos y bloques especiales, sumando puntos y reproduciendo sonidos. Es como si el mando y la consola se hubieran escondido dentro de la propia figura de Mario, y el salón se hubiera convertido en pantalla.

LEGO Dimensions fue otro experimento interesante. Aprovechando la moda de los toys-to-life, la idea consistía en usar una base con lector para colocar figuras físicas que aparecían al instante en el juego. Aquello permitió mezclar universos que antes no se habrían cruzado jamás y jugar con la lógica del multiverso de una forma muy literal. Visto desde 2025, es difícil no ver en Dimensions un antepasado de lo que hoy pasa en LEGO Fortnite: un espacio en el que conviven marcas, estilos y tonos muy distintos, sin necesidad de explicar demasiado por qué están juntos.

El cuarto decenio digital de LEGO: construir con todos, en todas partes

Con tres décadas de videojuegos a sus espaldas, LEGO entra en una fase en la que ya no se trata de demostrar que puede estar en pantalla, sino de decidir cómo quiere estar. Por un lado, tiene un legado sólido de aventuras tradicionales, con TT Games afinando cada nuevo proyecto como si fuera una superproducción de cine interactivo. Por otro, experimenta con formatos que van desde la fiesta improvisada en el salón (LEGO Party) hasta la experiencia cooperativa más íntima (LEGO Voyagers). Y, encima de todo eso, explora qué significa tener un universo en una plataforma viva como Fortnite, donde los jugadores no son invitados pasivos, sino coautores.

El hilo que conecta todas estas líneas no es una mecánica ni un género, sino una idea muy sencilla: jugar significa imaginar, compartir y sentir que tienes algo que aportar. Algunas personas conocerán LEGO por primera vez a través de un juego gratis en una consola o un PC prestado. Otras llevarán años construyendo sets físicos y se darán cuenta de que pueden seguir la historia de esos personajes en la pantalla. La responsabilidad de LEGO en este cuarto decenio digital será que esos caminos se crucen sin fricción, de forma natural.

Que haya habido un gran cambio en el gaming es evidente. Lo interesante es cómo una marca que nació en la madera y el plástico se adapta a ese cambio sin renunciar a su mensaje original. LEGO nunca vendió solo piezas; vendió la promesa de que con ellas podías levantar un mundo propio. Hoy ese mundo existe a la vez en la alfombra del salón, en un servidor remoto y en la imaginación de millones de jugadores que construyen, destruyen y vuelven a construir. Si los primeros treinta años de LEGO en los videojuegos consistieron en aprender a poner ladrillos en la pantalla, los próximos treinta apuntan a algo distinto: aprender a que cualquier jugador, desde el crío que hace su primer mapa en LEGO Fortnite hasta quien comparte un maratón de LEGO Batman en el sofá, se sienta parte activa de la gran historia en bloques que la compañía lleva escribiendo desde hace décadas.

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