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Daredevil: Born Again abraza su legado de Netflix y pone al alcalde Fisk en el punto de mira

por ytools
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Cuando Marvel anunció oficialmente Daredevil: Born Again, muchos dieron por hecho que se venía un reinicio limpio del Hombre sin Miedo. Sobre el papel sonaba perfecto: nueva etapa, nueva serie, nueva puerta de entrada para quienes nunca vieron la versión de Netflix.
Daredevil: Born Again abraza su legado de Netflix y pone al alcalde Fisk en el punto de mira
Pero lo que terminó llegando a la pantalla fue bastante más raro: una temporada que nació como reboot duro, fue corregida a mitad de rodaje para parecerse a la serie original y acabó convertida en ese híbrido al que los fans ya llaman sin rodeos una temporada Frankenstein.

La idea inicial era clara: un drama legal casi procedural, con Matt Murdock como abogado estrella, casos de la semana y apenas guiños al pasado. Un Daredevil más contenido, menos sangriento, muy separado de la brutalidad urbana de la era Netflix. Para un estudio obsesionado con ordenar líneas temporales y simplificar su universo, era una jugada lógica. El problema es que, según empezaron a ver el material temprano, en Marvel se dieron cuenta de que algo vital se había quedado en el camino: el pulso callejero, la densidad moral, ese sabor a noir católico que diferenciaba a Daredevil de cualquier otro héroe en mallas.

En ese punto, el freno de mano fue inevitable. Se ordenó un nuevo episodio piloto, se reescribió el final, se tiraron páginas enteras de guion y volvió gente que muchos daban por perdida: Karen Page, Foggy Nelson y la dinámica de oficina en Hell’s Kitchen que tanta falta hacía. De golpe, Born Again dejó de venderse como borrón y cuenta nueva y empezó a sentirse como lo que realmente era: una especie de continuación encubierta. Pero esa cirugía narrativa nunca es invisible. A lo largo de la temporada se notaba perfectamente dónde seguía latiendo la serie jurídica más ligera y dónde, de repente, reaparecía la oscuridad áspera del Daredevil de Netflix.

Por eso la respuesta del público fue tan dividida. Hubo quien defendió a muerte la primera temporada con el argumento de que cualquier excusa para ver de nuevo a Charlie Cox y Vincent D’Onofrio ya valía la pena. Pero también abundaron las críticas que la describían como una campaña «accidentada», llena de tramas que arrancaban fuertes y se desinflaban sin cierre, villanos secundarios desaprovechados, giros que parecían venir de otra serie y escenas tan extrañas que acabaron convertidas en memes. Mucha gente llegó al final más por inercia y cariño al personaje que por sentir que estaba viendo una historia sólida.

En la segunda temporada, el tablero se recoloca desde el inicio. Sana Amanat habla de una «especie de paisaje abierto» para los guionistas: por primera vez pueden diseñar un arco completo sin tener que rescatar metraje de un plan fallido. Igual de importante es el cambio de postura del propio estudio. Marvel ya no intenta fingir que la era Netflix fue un desvío incómodo; acepta que ahí se construyó el ADN emocional del personaje. El escritor Jesse Wigutow lo ha resumido así: Born Again ya no quiere ser un reboot que huye de su pasado, sino una serie que se alinea deliberadamente con ese legado, sin copiarlo plano por plano.

El gran beneficiado de este giro es Wilson Fisk. D’Onofrio ya era un Kingpin monumental en la etapa previa; ahora, además, aparece como alcalde de Nueva York, con todo el poder institucional que eso implica. El hombre que movía los hilos desde la sombra se sienta por fin en la mesa más visible de la ciudad. Amanat plantea la temporada alrededor de una pregunta casi íntima: ¿qué pasa cuando alguien con una sed de control imposible de saciar consigue, por fin, todo lo que quería? Si la ciudad es su tesoro más preciado, ¿la protege o la asfixia intentando abrazarla demasiado fuerte?

Wigutow define la nueva tanda de episodios como una temporada grande, musculosa, cargada de intriga política. Born Again empieza a parecerse menos a una simple serie de superhéroes y más a un thriller urbano en el que los golpes en callejones y tejados se mezclan con pactos en despachos, ruedas de prensa manipuladas y un sistema entero que puede ser corrompido desde el despacho del alcalde. El lienzo se expande, pero los guionistas insisten en que el foco real se mantiene reducido: al final todo vuelve a dos figuras, Matt Murdock y Wilson Fisk, dos polos opuestos que se necesitan tanto como se destruyen.

La relación entre ambos se trata casi como una adicción mutua. Se odian, pero no saben definirse sin el otro. La serie juega con la imagen de un patio de recreo donde al final solo quedan dos niños discutiendo por el mismo columpio, solo que aquí el patio es Nueva York entero. Cuanto más suben las apuestas, más evidente resulta que tanto Matt como Fisk han construido su identidad alrededor de esta guerra personal. La pregunta ya no es solo quién gana la siguiente pelea, sino qué queda de cada uno si el duelo se termina alguna vez.

Reforzando ese tono de continuidad aparece otra cara conocida: Jessica Jones, de nuevo interpretada por Krysten Ritter. No es un simple cameo para la nostalgia; Amanat insiste en que su regreso encaja de forma orgánica en la historia. Jessica funciona como bisturí emocional: con su humor ácido, su cinismo y su manera directa de llamar las cosas por su nombre, corta el exceso de solemnidad que a veces rodea a Daredevil. En un universo donde Matt carga con culpa, fe y trauma a partes iguales, la presencia de una investigadora quemada por la vida pero incapaz de tolerar la hipocresía aporta un equilibrio muy necesario.

Con todo, los fans veteranos reciben estas promesas con una mezcla de ilusión y desconfianza. No sería la primera vez que Marvel promete que «ahora sí» llega el proyecto que arregla todos los problemas de la fase anterior. Muchos ya escuchan ese discurso como ruido de fondo de la maquinaria de PR. Hay quienes se conforman con que nadie se haya atrevido a sustituir a Cox o D’Onofrio; otros temen que ese discurso de libertad creativa se convierta en excusa para volver a reinventarlo todo y, de paso, diluir justo lo que hacía especial a Daredevil.

A ese escepticismo se le suman expectativas muy concretas. Las peleas de la etapa Netflix, con esos planos secuencia en pasillos y escaleras, dejaron el listón altísimo. No faltan debates sobre si Born Again será capaz de recuperar esa sensación de impacto físico o si la acción se irá por el camino fácil de la coreografía limpita y el CGI. Entre teorías sobre un traje más oscuro, posibles guiños a sagas como Shadowland y el deseo de que la serie vuelva a sentirse como un drama adulto que simplemente incluye un superhéroe, se va dibujando un termómetro muy claro de lo que la audiencia espera.

Por el lado del estudio, la señal también es nítida: Marvel ve a Daredevil como pieza a largo plazo. Daredevil: Born Again ya tiene confirmada una tercera temporada para 2027, mientras que la segunda está fechada para el 4 de marzo de 2026 en Disney Plus. Para un título que muchos daban por perdido en medio del ruido del MCU, es un gesto de confianza importante. Es, de alguna manera, el reconocimiento implícito de que la primera temporada fue solo un borrador ruidoso y que la versión definitiva de Born Again empieza realmente ahora.

Si esta nueva etapa consigue hilar el thriller político, la violencia callejera, el conflicto interno de un Matt Murdock roto por dentro y el ascenso de un Fisk convertido en alcalde, todo atravesado por la mirada incómoda de Jessica Jones, Daredevil: Born Again puede dejar de ser una curiosidad irregular y convertirse en el corazón de la rama urbana de Marvel. La serie ya no intenta huir de su pasado: decide crecer desde él. Después de un comienzo tan remendado, solo eso ya hace que valga la pena volver a mirar a las azoteas y callejones de Hell’s Kitchen con atención.

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