Stranger Things siempre ha sabido convertir una noche cualquiera en un pequeño acontecimiento, pero el adiós a Hawkins apunta a algo mucho más grande. El capítulo final de la temporada 5 se estrenará el 31 de diciembre de 2025 en más de 500 cines de Estados Unidos y Canadá a las 17:00 PT, exactamente al mismo tiempo que llega al catálogo de Netflix. En la práctica, el último episodio se vende como si fuera una película de fin de año: pantalla gigante, sala llena, ambiente de despedida y la sensación de estar viviendo un momento irrepetible con otros fans.
Sobre el papel suena perfecto, pero la realidad para muchos seguidores ha sido bastante menos mágica. 
Días antes del anuncio, las cadenas Cinemark y Regal aseguraron que las entradas para el final saldrían a la venta el 2 de diciembre a las 8:00 PT / 11:00 ET. Mucha gente puso alarmas, dejó la mañana libre y se preparó para la típica guerra del F5. Sin embargo, cuando el reloj marcó la hora prometida y los fans por fin entraron a las webs de los cines, muchos se encontraron con salas ya medio vacías… pero de asientos disponibles. Las mejores filas estaban bloqueadas y en algunas funciones apenas quedaban butacas sueltas.
La explicación llegó poco después y encendió aún más los ánimos: la venta anticipada se había camuflado bajo la forma de vales de comida. La noche anterior al supuesto inicio oficial, Cinemark empezó a ofrecer vouchers de 20 dólares para la confitería, en teoría simples cupones para palomitas y refrescos. En la práctica, esos vales eran la llave para reservar asiento de cara al final de Stranger Things antes que nadie. Quien vio el banner, entendió el truco y compró el voucher, pudo elegir sitio con calma. Quien lo ignoró pensando que era solo una promo de snacks, llegó puntualmente al inicio de la venta… y se encontró con lo que quedaba.
No hizo falta mucho tiempo para que Reddit y demás redes se llenaran de quejas. Varios usuarios contaron que habían puesto la alarma a las 7:50 para estar listos, solo para descubrir que las mejores sesiones ya estaban casi agotadas. Otros reconocían que solo se salvaron porque tuvieron un presentimiento y se quedaron despiertos hasta tarde, comprando el dichoso voucher sin tener muy claro por qué. Hubo quien tuvo que ir probando tres o cuatro horarios distintos hasta cazar la última butaca normal que no fuera asiento accesible ni primera fila. Para muchos, la sensación fue clara: las cadenas jugaron con las palabras, prometiendo una cosa y haciendo otra.
Y donde hay alta demanda, confusión y fans desesperados, inevitablemente aparecen los revendedores. El final de la temporada 5 no ha sido la excepción. En sitios como eBay ya circulan anuncios de entradas para el evento con recargos tan llamativos como el que ha salido del Cinemark Woodlands, en Texas: dos entradas por 150 dólares, cuando el acceso original se ligaba a un vale de 20 dólares. Es decir, un aumento de precio de alrededor del 275 %, solo por asegurarse un hueco en una sala concreta para ver un episodio que, en paralelo, se podrá reproducir en cualquier televisión con Netflix.
Entre la indignación también ha habido bastante humor. Más de uno ha bromeado con que lo de Running Up That Hill ya pasó, que ahora lo que toca es running up that bill, subir la colina de la factura. Otros sueltan sin pelos en la lengua que quien paga el triple por un único capítulo no debería sorprenderse cuando le llegue el bajón post-créditos y se pregunte en qué estaba pensando. El meme del momento: si estás dispuesto a dejarte ese dinero teniendo la opción de verlo al mismo tiempo en casa, igual el Demogorgon no vive en el Upside Down, sino en tu tarjeta de crédito.
Eso no significa que todo el mercado de reventa sea pura estafa. Entre anuncios disparatados también han aparecido fans que están revendiendo entradas a precio de coste porque compraron de más en pleno pánico. Por ejemplo, en un AMC de la 34th Street de Nueva York se han visto ofertas de cuatro entradas por 80 dólares, es decir, el valor original de los tickets. Hay quien cambió de plan, quien consiguió mejores asientos en otra sesión o quien simplemente no podrá desplazarse. Para quienes llegaron tarde al primer asalto, merece la pena revisar con lupa: todavía existen ocasiones en las que otro fan te vende su sitio sin intentar sacarte los órganos.
Aun así, el ritmo al que se llenan las salas está pillando por sorpresa incluso a los más veteranos en estrenos. En redes se comparten capturas de mapas de asientos en los que para el 31 de diciembre solo quedan butacas en las esquinas o pegadas a la pantalla, mientras que las funciones del 1 de enero ya aparecen con medio aforo ocupado. Algunos cuentan que solo lograron entrar a una sesión después de ir probando varias combinaciones de cine y horario. La lectura es sencilla: si quieres vivir el adiós de Stranger Things con palomitas y sonido envolvente, dejarlo para mañana puede ser demasiado tarde.
En paralelo, entre los fans se han abierto dos debates claros. El primero es el de las culpas: ¿son los revendedores los grandes villanos de todo esto o son las propias cadenas las que han provocado la tormenta con comunicaciones confusas, ventas encubiertas y horarios que no coincidían? El segundo debate va más allá del dinero y tiene que ver con la experiencia: ¿realmente merece la pena pasar por todo este estrés por ver el final en una sala de cine?
Hay quienes lo tienen clarísimo: el final hay que verlo rodeado de otros fans, con la sala reaccionando al mismo tiempo, las risas, los gritos y las lágrimas sincronizadas. Para este grupo, llorar en público forma parte del ritual, y salir del cine el 31 de diciembre, directamente hacia la Nochevieja, es como cerrar una etapa de la vida. Otros, en cambio, se imaginan dos horas de gritos en cada aparición de un personaje favorito, móviles encendidos en la mitad del clímax y comentarios en voz alta arruinando los silencios importantes, y solo pueden pensar: gracias, pero no.
No son pocos los que comparan la intensidad del fandom de Stranger Things con la de ciertos grupos musicales que convierten cualquier concierto en un caos. La serie, dicen, se disfruta mejor cuando puedes fijarte en los detalles, en la ambientación, en las miradas de los personajes, sin que te taladren el oído al lado. Para este sector del público, ver el final en casa, quizás con un par de amigos de confianza, buena tele y cero desconocidos, es una experiencia no solo más cómoda, sino también más fiel a lo que les gusta de la serie.
Lo que está claro es que los hermanos Duffer quieren que este final se sienta grande. Con una duración de unas dos horas y cinco minutos, el episodio se acerca más a un largometraje que a una entrega de televisión convencional. Ross Duffer ha contado varias veces que llevaban años soñando con ver el final de Stranger Things en la gran pantalla, y en redes ya avisó medio en serio, medio en broma: solo vayas al cine si no te da vergüenza llorar delante de desconocidos. También dejó caer que, si estás en Los Ángeles, quizá te cruces con ellos en alguna sala.
Al mismo tiempo, Netflix no renuncia a lo que la ha hecho grande: el final no es un premio exclusivo para quien consiguió butaca. El capítulo se estrena en la plataforma a la misma hora que se encienden los proyectores en los cines, sin ventanas ni retrasos para el resto del mundo. Esa decisión deja en evidencia lo absurdo de ciertos precios de reventa: por muy especial que sea ver Hawkins en una pantalla gigante, la historia no está encerrada detrás de una taquilla. Si no tienes entrada o simplemente no quieres entrar en la dinámica de compras a la desesperada, puedes ajustar tu tele, desactivar esos modos de imagen que convierten todo en telenovela – como han pedido insistentemente los propios Duffer – , bajar las luces y vivir el final a tu manera.
Hay fans que incluso piensan que Netflix se quedó corta y que Stranger Things tenía potencial para un estreno mundial de verdad, con miles de salas participando, sesiones maratón y taquillas de récord. Un adiós a la altura de una superproducción de superhéroes, pero con bicicletas, sintetizadores ochenteros y demogorgons. En lugar de eso, la compañía ha optado por un modelo intermedio: lo bastante limitado como para sentirse especial, pero no tanto como para poner en peligro el corazón de su negocio, que sigue siendo el streaming en casa.
Al final, toda esta historia de entradas para el final de la temporada 5 se parece un poco a un mini episodio de Stranger Things: hype, caos, figuras dudosas intentando sacar provecho y un montón de gente normal intentando orientarse en un sistema extraño. Si lograste un asiento a precio normal, probablemente recordarás esa noche en el cine durante años. Si no, tampoco hace falta alimentar al monstruo de la reventa: el portal al otro lado también se abre en tu salón, y el golpe emocional del adiós va a doler igual, ya sea en una sala IMAX llena o con los pies apoyados en la mesa del comedor.