Samsung se prepara para lanzar la familia Galaxy S26 y pocas veces un buque insignia había parecido tan contradictorio. Por fuera, todo transmite calma: un diseño muy familiar, retoques pequeños en la ficha técnica, nada que rompa realmente con lo que ya hemos visto en las últimas generaciones. 
Pero si se mira a Samsung como compañía y no solo al producto, queda claro que la ambición de verdad está en otro sitio: en las fábricas de chips, en la memoria HBM, en la computación para inteligencia artificial, no necesariamente en el móvil que terminas llevando en el bolsillo.
Esa distancia entre el discurso de innovación y un diseño tan conservador explica por qué la comunidad tech anda tan encendida. Filtradores como Ice Universe llevan meses criticando a Samsung por dejar que la serie Galaxy S viva de inercias mientras rivales como Apple, Google o varios fabricantes chinos prueban factores de forma más agresivos, módulos de cámara llamativos y propuestas de software algo más arriesgadas. Hay quien piensa que parte del enfado viene de perder acceso privilegiado a información interna, pero la queja cala porque, cuando repasas lo que se sabe del Galaxy S26, cuesta no darle al menos parte de la razón.
Sobre el papel, los cambios del Galaxy S26 parecen más una lista de ajustes finos que una nueva generación. El modelo base crecería ligeramente en pantalla, el Galaxy S26 Ultra adelgazaría unos milímetros y sus bordes se suavizarían para que resulte menos ladrillo en la mano. La perforación de la cámara frontal sería algo mayor para capturar un campo de visión más amplio. La carga inalámbrica, por fin, se acercaría al nivel que ofrece el iPhone, y en la parte trasera volverían con fuerza las islas de cámara, en lugar de esas lentes sueltas que parecían flotar por separado en el cristal.
Todo esto son mejoras razonables que, en la práctica, hacen la vida más cómoda: un móvil que se agarra mejor, selfies donde cabe más gente, menos tiempo apoyado en la base de carga. Son detalles que se agradecen cuando usas el teléfono muchas horas al día. Sin embargo, cuando hablamos de un Ultra que probablemente se mueva bastante por encima de los mil euros, es difícil presentar unos bordes un poco más redondeados como gran titular de la generación. Es evolución, no revolución, y muchos usuarios que siguen el sector de cerca se han aprendido demasiado bien este guion anual.
La sensación de estancamiento se nota aún más al mirar parámetros donde Samsung parece llevar años pisando el freno. El ejemplo perfecto es la batería. Todo apunta a que el tope de gama seguirá anclado en los 5.000 mAh, la misma cifra que asociamos ya a cinco o seis generaciones seguidas. Para quien navega, ve redes sociales y poco más, es suficiente. Para quien juega, usa 5G de forma intensiva y graba vídeo casi a diario, 5.000 mAh en 2025 suenan más a mínimo obligatorio que a ventaja competitiva. No sorprende ver comentarios llamando a la marca Scamdung por exprimir el marketing mientras la capacidad se queda congelada otra temporada.
Lo paradójico es que el salto más interesante del Galaxy S26 no está en lo que se ve, sino en lo que va soldado a la placa. Las filtraciones sobre el nuevo Exynos 2600 apuntan a un avance sólido en potencia y eficiencia, y sobre todo a una apuesta fuerte por la IA en el propio dispositivo: más tareas de reconocimiento, edición y generación de contenido sin depender tanto de la nube. Es el resultado directo de la carrera de Samsung por dominar procesos de 2 nm, ofrecer memoria HBM4 competitiva para centros de datos y exprimir al máximo técnicas de empaquetado avanzado como X-Cube e I-Cube.
Sin embargo, ni siquiera en ese terreno la apuesta parece completa. Todo indica que el Exynos 2600 quedará restringido al Galaxy S26 y S26 Plus, y solo en determinados mercados. El Galaxy S26 Ultra, el modelo más caro y visible de la familia, volvería a recurrir a un Snapdragon de Qualcomm en buena parte del mundo. En la práctica se mantiene la vieja lotería de procesador según el país: mismo diseño por fuera, experiencia distinta por dentro. Es justo el tipo de detalle que irrita a los usuarios más informados y refuerza la idea de que la serie S funciona también como banco de pruebas para la división de semiconductores.
Al mismo tiempo, el catálogo de Samsung demuestra que la empresa no ha perdido el gusto por el riesgo cuando decide soltar el freno. El futuro Galaxy Z TriFold, un plegable en tres partes que ya ha protagonizado numerosos rumores, es lo contrario de un producto conservador: mecánica extremadamente compleja, precio de vértigo y un público objetivo muy de nicho. Los Fold y Flip ya fueron apuestas valientes; un TriFold va todavía un paso más allá. No es que falten ideas en los equipos de diseño e ingeniería, es que esas ideas se están ubicando en productos experimentales y no en el buque insignia que llega a millones de bolsillos.
Ahí entran en juego los incentivos. Analistas como Jason C. recuerdan que los grandes márgenes del futuro no van a venir de vender más móviles, sino de alquilar capacidad de fabricación, colocar memorias HBM en servidores de IA y cerrar contratos de cómputo con grandes nubes. Un proceso de 2 nm bien ejecutado o una posición fuerte en HBM4 puede generar más beneficio que toda la gama Galaxy S junta en un año. En comparación, incluso un superventas como el S26 Ultra, con su pantalla carísima y su módulo de cámara repleto de sensores, se queda corto en rentabilidad.
En este contexto, el Galaxy S26 deja de ser la gran carta de presentación tecnológica de Samsung para convertirse en un caballo de tiro muy bien vestido. Su papel es vender lo suficiente, de manera previsible, para mantener las fábricas llenas, alimentar el ecosistema Galaxy y financiar las apuestas gordas en chips e inteligencia artificial. Mientras el teléfono cumpla en cámara, pantalla, autonomía y años de actualizaciones, y no quede por detrás de Apple y de los grandes rivales chinos, el incentivo para tomar riesgos drásticos con el diseño es bajo.
Para el público entusiasta, ese diagnóstico sabe a poco. Durante años, cada nuevo Galaxy S parecía marcar un antes y un después en el terreno Android; ahora la serie se siente más como ese plato de siempre que sabes que no falla, pero tampoco emociona. Es muy probable que el Galaxy S26 sea uno de los móviles más equilibrados de su generación, con buenas cámaras, una de las mejores pantallas del mercado, software bastante pulido y una hoja de especificaciones sólida. Lo que difícilmente será, salvo sorpresa mayúscula, es el teléfono que redefina lo que esperamos de un gama alta.
Mientras la gran apuesta estratégica de Samsung siga centrada en fábricas, nodos de 2 nm, HBM y aceleradores de IA, la línea Galaxy S continuará avanzando a base de pasos cortos y calculados. El S26 se venderá bien, la división de semiconductores seguirá siendo la estrella de los resultados trimestrales y la verdadera revolución ocurrirá lejos de los escaparates, en data centers y salas blancas. Muchos usuarios tendrán la sensación de estar comprando un móvil excelente que, sin embargo, nació con la orden implícita de no arriesgar demasiado.