Paramount vuelve a apostar por Star Trek, pero esta vez con una maniobra que suena casi tan arriesgada como un salto a ciegas a máxima velocidad de curvatura. El estudio ha fichado a Jonathan Goldstein y John Francis Daley, la dupla detrás de Game Night y Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves, para escribir, producir y dirigir una nueva película de la franquicia. 
El punto clave: será una historia totalmente independiente, sin conexión con la línea temporal Kelvin, sin vínculos con las series actuales y sin reciclar ninguno de los tantos proyectos de película que se quedaron flotando en el limbo de desarrollo durante la última década.
Goldstein y Daley se han ganado reputación en Hollywood como especialistas en mezclar géneros con mucha precisión: comedia con suspense, aventura con corazón, diálogos ingeniosos con personajes que se sienten humanos. Game Night convirtió una noche de juegos de mesa en una comedia negra con toques de thriller, mientras que Dungeons & Dragons: Honor Among Thieves sorprendió incluso a quienes dudaban de que ese universo pudiera funcionar en cine, apostando por un humor ligero, química entre el elenco y respeto por la mitología original. También han participado en el guion de Spider-Man: Homecoming y otras comedias de gran estudio. Con ese currículum, la duda de muchos trekkies surgió de inmediato: ¿van a convertir Star Trek en una comedia desatada?
El temor no es gratuito. La etapa reciente de la franquicia en el cine ha sido irregular. El reinicio de 2009 dirigido por J.J. Abrams devolvió a la saga al centro de la cultura pop, pero con el tiempo las películas de la línea Kelvin fueron virando hacia el espectáculo puro: más explosiones, más acción, más drama a gritos… y menos debates morales, menos dilemas éticos y menos ciencia ficción reflexiva, elementos que definieron a la serie clásica y a muchas de sus sucesoras. En televisión, Star Trek se multiplicó en distintas series, tonos y formatos, hasta el punto de que algunos fans sienten que la identidad de la franquicia se diluyó entre tantas propuestas.
En paralelo, la parte cinematográfica se convirtió en una montaña rusa de anuncios y cancelaciones. Tras Star Trek Beyond en 2016, que tuvo buena recepción pero recaudó menos de lo esperado, Paramount empezó a barajar ideas cada vez más llamativas: un proyecto con calificación R inspirado en el estilo de Quentin Tarantino, una aventura de viajes en el tiempo que traería de vuelta a Chris Hemsworth como el padre de Kirk en plan «Indiana Jones en el espacio», e incluso un posible precuela producida por Simon Kinberg. Durante un tiempo, llegaron a coexistir varios guiones en desarrollo. Y, aun así, ninguna de esas películas llegó a rodarse. Para muchos fans, cada nuevo titular sobre «la próxima película de Star Trek» se volvió casi un chiste recurrente.
Detrás de todo eso hay una realidad económica complicada. Como explicó en su momento Simon Pegg, las películas de Star Trek nunca han generado el tipo de ingresos que mueven las producciones de Marvel. Con presupuestos que rondan los 200 millones de dólares, el estudio necesita que la taquilla mundial se dispare para empezar a hablar de beneficios. Pero la fuerza de Star Trek siempre ha estado más en la fidelidad del público y en su peso cultural a largo plazo que en cifras multimillonarias de un solo fin de semana.
La ecuación cambió de nuevo cuando David Ellison, fundador de Skydance, se convirtió en el nuevo dueño de Paramount. Su mensaje fue bastante claro: no habrá regreso del reparto encabezado por Chris Pine, al menos no en la forma de una cuarta película de la línea Kelvin. En vez de seguir intentando resucitar ese ciclo, el estudio quiere un arranque realmente nuevo. Ahí entran Goldstein y Daley, con una libertad poco habitual en este tipo de franquicias: pueden crear una tripulación inédita, definir su propia esquina de la galaxia y construir una historia sin la obligación de arreglar ni continuar nada de lo anterior.
Para los fans veteranos, eso es tan emocionante como inquietante. Muchos sueñan con volver a ver en pantalla grande lo que siempre hizo diferente a Star Trek: la exploración como motor central, los encuentros con civilizaciones desconocidas, los conflictos diplomáticos y los dilemas éticos que obligan a la tripulación a cuestionarse quiénes son y qué representan. Después de años en los que la Flota Estelar a veces parecía más una banda de renegados con nave propia que un proyecto idealista, hay quien ruega que este nuevo film se aleje de la sensación de «USS Criminal Enterprise» y recupere el espíritu curioso y optimista que definió a la saga.
La gran pregunta es qué tono elegirá la nueva película. El humor fino y ágil de Goldstein y Daley puede ser una ventaja si sirve para humanizar a los personajes, mostrar la rutina a bordo y darle calidez a las relaciones entre oficiales, sin convertir el universo en un sketch eterno. Si logran equilibrar ese lado más ligero con el núcleo filosófico y humanista de Star Trek, el resultado podría ser ese punto de inflexión que la franquicia lleva tanto tiempo buscando en el cine: una historia lo bastante accesible para nuevos espectadores, pero lo suficientemente fiel a los valores de siempre como para convencer a los fans de toda la vida.
Por ahora, sin fecha de rodaje ni detalles oficiales de la trama, el proyecto vive en ese territorio ambiguo entre el entusiasmo cauteloso y el «ya he oído esto antes». No son pocos los que señalan que este debe de ser, como mínimo, el cuarto o quinto «reinicio definitivo» anunciado en poco más de diez años. Queda por ver si esta vez la película realmente se materializa y consigue ir, al fin, donde tantos intentos anteriores se quedaron a medio camino.