Muchos actores pasan años intentando demostrar que son algo más que el personaje que los hizo famosos. Rupert Grint, el rostro para siempre asociado a Ron Weasley en las películas de Harry Potter, parece haber elegido otro camino: en lugar de pelear con esa sombra, ha aprendido a vivir dentro de ella. Sabe que, para media planeta, siempre será el pelirrojo nervioso de Gryffindor, el mejor amigo leal que suelta el chiste en el peor momento posible. 
Y, a estas alturas, lejos de molestarlo, eso se ha convertido casi en una medalla que lleva con cierta tranquilidad.
Cuando habla de aquellos años, Grint no suena cansado ni resentido, sino más bien nostálgico. Ocho películas seguidas significaron crecer, literalmente, frente a la cámara. Para su generación, los estrenos se convirtieron en fechas marcadas en el calendario, las novelas en acompañantes de bus y recreos, y Hogwarts en ese lugar imaginario al que uno regresaba una y otra vez cuando la vida real se hacía demasiado gris. Hoy el actor mira todo ese universo desde otro rol: sentado en el sillón, viendo las películas con su hija y contemplando cómo la misma magia que lo cambió a él ahora atrapa a una nueva generación.
Grint no se engaña: sabe que nunca va a salir del todo de la sombra de Ron. La imagen es demasiado fuerte: el uniforme, el pelo rojo, la cara de susto permanente y, aun así, el valor suficiente para plantarse cuando hace falta. Si un fan se lo cruza en la calle, es muy probable que le salte primero un grito de “¡otro Weasley!” antes que un sobrio “hola, Rupert”. Antes, eso podría haberle generado incomodidad; ahora lo interpreta como una consecuencia lógica de haber formado parte de algo enorme que marcó la memoria colectiva.
También hay un factor que nadie ignora: la saga de Harry Potter le dio a Grint una estabilidad económica que la mayoría de los actores infantiles ni siquiera rozan. Internet no perdona y hace chistes constantes: con la cuenta bancaria de Rupert, cualquiera se dejaría envolver por la sombra de Ron sin demasiados dramas, viviendo de regalías mientras el resto pelea por castings y papeles pequeños. Frente a tantos casos de niños estrella que terminan en crisis, adicciones o simplemente olvidados, la combinación de rol icónico, fandom fiel y seguridad financiera suena menos a condena y más a privilegio.
Aun así, el tema del encasillamiento siempre vuelve. La cultura pop está llena de ejemplos: ves a Elijah Wood y la mente grita Frodo, escuchas el nombre de Mark Hamill y piensas en Luke Skywalker. Algunos actores se pasan años renegando del personaje que los lanzó, poniéndole distancia en cada entrevista, como si hiciera falta pedir disculpas por el papel que les cambió la vida. Grint, en cambio, no parece querer romper con Ron a golpes. No reniega del pasado, pero tampoco gira todo su presente alrededor de ese chico mago. Ha elegido proyectos más pequeños, series con otro tono, teatro, apariciones discretas que no buscan reventar taquilla sino entretenerlo a él como intérprete.
Quien revisa su filmografía quizá se sorprenda: fuera de Harry Potter no hay una lista interminable de títulos ruidosos. Eso alimenta el comentario fácil de que quizá nunca iba a ser un gran protagonista de blockbuster y que, por lo tanto, quedar marcado como Ron no es tan grave. Pero esa lectura simplifica demasiado. No todo actor sueña con encadenar franquicias multimillonarias; algunos prefieren recuperar tiempo personal, elegir mejor qué hacer y no quemarse persiguiendo relevancia eterna. En Grint se nota más una decisión consciente de bajar la velocidad que la imagen de un “vago” colgado de la fama de la infancia.
Mientras tanto, el propio universo mágico entra en una nueva etapa. HBO prepara una serie de Harry Potter, un reboot que promete adaptar cada libro en una temporada y que, si todo sale según lo previsto, llegará en 2027. Un nuevo trío de niños ocupará el centro del escenario, casi con la misma edad que tenían Grint, Daniel Radcliffe y Emma Watson cuando comenzaron. En lugar de reaccionar con celo o reclamar propiedad sobre el personaje, Rupert hizo algo mucho más elegante: escribió una carta a Alastair Stout, el actor de 11 años que será el nuevo Ron Weasley.
Según cuenta, la carta no era un tratado sobre cómo ser Ron ni una lista de consejos solemnes, sino un gesto de compañero: desearle suerte, recordarle que todo ese mundo puede ser abrumador pero también increíblemente divertido, y, en cierto modo, pasarle la varita. Grint sabe mejor que nadie lo que es cargar con las expectativas de millones de fans cuando aún estás en la escuela primaria. Por eso, que el Ron original reciba al nuevo con los brazos abiertos manda un mensaje claro: el personaje ya no pertenece a una sola cara, sino a una historia que se reinventa para cada generación.
No todos ven con buenos ojos ese reinicio. Chris Columbus, director de las primeras películas, ya expresó sus dudas sobre la necesidad de volver a contar la misma trama tan pronto. Muchos fans temen que la serie se sienta como una copia diluida de algo que todavía tienen muy fresco en la memoria. Grint, sin embargo, adopta una postura más relajada: películas y serie no tienen por qué competir, pueden coexistir como versiones distintas de un mismo relato, pensadas para momentos y públicos diferentes.
En paralelo, la franquicia navega aguas agitadas por las polémicas alrededor de J.K. Rowling y las posturas públicas de los actores. Cuando a Grint le preguntan por los cruces entre la autora y Emma Watson, él elige no encender más fuego. En un clima donde cualquier frase puede sacarse de contexto, viralizarse y convertirse en arma de guerra cultural, el silencio también es una forma de cuidarse. No se percibe como cobardía, sino como la decisión de alguien que ya entendió cómo funciona la maquinaria mediática y no necesita alimentar todos los debates.
Mientras colegas como Tom Felton se reencuentran con sus personajes en teatro – en su caso, Draco Malfoy, recibido con ovaciones nostálgicas – , la pregunta que flota sobre Rupert es inevitable: ¿volvería alguna vez a ser Ron? Su respuesta es el clásico “nunca digas nunca”. Dicha por otros podría sonar a frase hecha; en él se siente como una puerta entornada. No está buscando desesperadamente esa vuelta, pero tampoco la descarta si algún día surge la oportunidad adecuada.
Por ahora, Grint parece cómodo manteniendo a Ron en un lugar especial pero no dominante de su vida. Puede ver las películas con sus hijos, saludar a fans que todavía le citan diálogos y, al mismo tiempo, explorar proyectos pequeños sin la presión de repetir el fenómeno que lo lanzó a la fama. La sombra de Ron Weasley sigue pegada a su nombre, sí, pero ya no se siente como un techo que lo aplasta, sino como un cuarto lleno de recuerdos al que puede entrar y salir cuando quiera. Y, siendo honestos, hay destinos mucho peores para un actor que ser, para siempre, el Weasley favorito de millones de espectadores.
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Todo el mundo se queja del encasillamiento, pero quedar marcado como Ron Weasley es casi premio mayor comparado con cómo terminan muchos actores infantiles