Hollywood está en plena tormenta tras la aparición de Tilly Norwood, una supuesta “actriz” creada íntegramente por inteligencia artificial. El proyecto nació de la mano de la holandesa Eline Van der Velden, fundadora de Particle 6 Productions, quien lanzó el nuevo estudio Xicoia con la idea de posicionar a Tilly como la “próxima Scarlett Johansson o Natalie Portman”. Con videos de presentación, selfies generadas y presencia en redes sociales, la IA fue presentada como estrella emergente. 
Pero lo que debía ser un golpe de innovación se convirtió en un escándalo.
El sindicato de actores SAG-AFTRA reaccionó con un comunicado contundente en el que advirtió a los productores: el uso de “intérpretes sintéticos” sólo será aceptable si se cumplen los contratos y derechos laborales. El mensaje fue claro: reemplazar actores de carne y hueso con algoritmos no es solo una cuestión técnica, sino un ataque directo a la identidad, la propiedad intelectual y la esencia misma de la actuación.
Las críticas de colegas no tardaron en llegar. Melissa Barrera, de Scream, tachó la iniciativa de “asquerosa” y pidió a los agentes cortar vínculos con quienes apoyen estas prácticas. Mara Wilson, recordada por Matilda, acusó a los creadores de robar los rostros de cientos de mujeres para fabricar a la IA. Ralph Ineson, que dio vida a Galactus en Los 4 Fantásticos, fue aún más directo con un “que se jodan” publicado en redes. La sensación general en la industria: Tilly no es una actriz, es un producto fabricado con robo de identidad.
Van der Velden, en cambio, defiende su creación como una obra artística. Según ella, Tilly no pretende reemplazar a nadie: “La IA es un pincel nuevo, como en su momento lo fueron el CGI o la animación. No quita nada, agrega posibilidades”. Para la autora, el proceso de dar vida a Tilly fue tan artesanal y creativo como escribir un guion o diseñar un personaje animado. Asegura que se trata de un experimento artístico, no de una estrategia para eliminar a actores humanos.
Sin embargo, la polémica encendió alarmas más amplias. Hoy en día, la publicidad y hasta algunos programas de TV ya se generan con inteligencia artificial, dejando fuera a actores novatos, técnicos de cámara y personal de producción que solían encontrar allí sus primeras oportunidades. Para críticos, Tilly es la punta del iceberg de un problema mayor: la sustitución sistemática del trabajo creativo humano por algoritmos.
El público también se ha dividido. Hay quienes ven en ella un reflejo de universos cyberpunk, recordando videojuegos como Deus Ex: Human Revolution, donde una presentadora era en realidad una IA que engañaba a la audiencia. Otros opinan que Tilly es aburrida, con movimientos torpes y voz mecánica, incapaz de transmitir emoción real. Para ellos, ningún algoritmo puede imitar la imperfección y la humanidad que hacen de la actuación algo irrepetible.
La discusión también se conecta con un tema social más amplio: la automatización. En fábricas, en medios de comunicación y en servicios, millones de empleos han desaparecido por el avance de la tecnología. Pero en el caso del cine, está en juego algo más: la identidad misma de los intérpretes. Entrenar una IA con rostros reales sin consentimiento no es eficiencia, dicen muchos, sino robo de identidad a gran escala.
Algunos recuerdan fracasos previos. A comienzos de los 2000, la película Final Fantasy: The Spirits Within intentó lanzar a su heroína digital como “actriz real”, incluso apareciendo en portadas de revistas. El experimento se hundió rápidamente. Hoy, en cambio, la tecnología es más avanzada y los estudios parecen más decididos que nunca a arriesgarse, si eso significa reducir costes y evitar problemas con artistas humanos.
También hay voces que defienden el experimento. Argumentan que el público paga por historias, no por biología. Si Pixar y otros estudios han demostrado que personajes animados pueden emocionar a millones, ¿por qué no aceptar que una IA sea otra forma de contar historias? Para estos defensores, lo importante es regular y transparentar el uso de la tecnología, no prohibirla por completo.
El futuro dirá si Tilly Norwood será vista como un punto de inflexión o como un error colosal. Lo cierto es que ha expuesto las mayores inseguridades de Hollywood: el miedo a perder relevancia, a ser reemplazado y a que el arte quede reducido a una copia algorítmica. Mientras Van der Velden asegura que Tilly es arte experimental, muchos la ven como un espejo de un porvenir inquietante.
1 comentario
en nada un chico de 12 años escribirá un prompt y hará un blockbuster en su casa. adiós Hollywood