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TSMC en Arizona: fábrica estratégica o apuesta demasiado cara por el “Made in USA”

por ytools
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La megafábrica de TSMC en Arizona nació como el gran escaparate del regreso de la industria de chips a Estados Unidos. Sobre el papel, era la prueba de que el sello “Made in USA” podía volver a competir en la élite tecnológica. En la práctica, los últimos resultados financieros cuentan una historia mucho menos heroica: según medios económicos taiwaneses, el beneficio de las operaciones estadounidenses se desplomó de unos 4.232 millones de NT$ a apenas 41 millones de NT$ en un solo trimestre.
TSMC en Arizona: fábrica estratégica o apuesta demasiado cara por el “Made in USA”
Un golpe así obliga a hacerse la pregunta incómoda: ¿hasta qué punto es sostenible fabricar chips avanzados en suelo estadounidense?

Las plantas de Arizona nunca fueron un simple proyecto de expansión para TSMC. Para Washington, para el Pentágono y para los gigantes de la nube, representan un giro estratégico: reconstruir parte de la cadena de suministro de semiconductores dentro del país después de la pandemia, los cuellos de botella logísticos y el aumento de las tensiones alrededor de Taiwán. El CHIPS Act y otros paquetes de ayudas empujaron a los clientes clave de TSMC a pedir producción local, sobre todo para chips de alto valor añadido usados en IA, centros de datos, móviles de gama alta y sistemas militares.

Cuando TSMC aceptó levantar fábricas en pleno desierto de Arizona, el proyecto se vendió como una situación en la que todos ganaban. Las empresas estadounidenses tendrían un suministro “más seguro” y menos expuesto a crisis geopolíticas; el Gobierno podía presumir de reindustrialización; y TSMC reforzaba la relación con sus clientes más importantes. Pero los números empiezan a mostrar el reverso del relato: la factura de trasladar la producción puntera a Estados Unidos es mucho más alta de lo que sugerían las fotos de inauguración con cascos y palas doradas.

Una parte del desplome de beneficios tiene explicación contable. Construir una fábrica de semiconductores moderna es probablemente una de las inversiones más caras que existen. Se gasta mucho antes de que salga el primer chip: terrenos, edificios, salas limpias, herramientas de litografía EUV, instalaciones de proceso y una larga lista de equipos que se amortizan durante años. Mientras la planta está arrancando y la capacidad no se utiliza al máximo, la combinación de depreciación, costes de puesta en marcha y volúmenes todavía bajos deja la cuenta de resultados muy fea, aunque la estrategia de fondo tenga sentido.

Sin embargo, sería ingenuo reducirlo todo a “ya se arreglará con el tiempo”. Fabricar en Estados Unidos es, estructuralmente, más caro. Los salarios de ingenieros y técnicos son mucho más altos que en Taiwán; la competencia por talento obliga a ofrecer paquetes de beneficios completos, oficinas cómodas, climatización a tope y un menú de extras que también se paga. A eso se suman costes de construcción elevados, normativas ambientales y laborales más estrictas y el gasto de desplazar a cientos de especialistas taiwaneses, con visados, vivienda y apoyo a sus familias. Cada uno de esos factores se traduce en un coste adicional por oblea.

El propio Arizona añade otra capa de complejidad. Es un estado que pone incentivos, terreno y apoyo político sobre la mesa, pero sigue siendo un desierto. Y las fábricas de chips son auténticas devoradoras de agua: necesitan millones de galones al día para procesos de limpieza y refrigeración. TSMC está invirtiendo fuerte en plantas de tratamiento, reciclaje y mejora de la infraestructura hídrica local, pero nada de eso es gratis. Son inversiones que no se ven en las fotos de marketing, pero sí se notan en la rentabilidad del proyecto.

De nodos “maduros” a 3 nm: la ambición choca con la rentabilidad

El primer complejo de TSMC en Arizona se centra en nodos considerados “maduros” por la industria. No son tecnologías obsoletas: siguen alimentando consolas, automóviles, routers, electrodomésticos inteligentes y una larga lista de dispositivos. Son procesos que la empresa conoce bien, con equipos relativamente menos extremos y curvas de aprendizaje más suaves, por lo que su puesta en marcha ha sido bastante más manejable y la volatilidad en márgenes, menor.

El verdadero examen empieza con la segunda fábrica. Ahí TSMC quiere producir chips de 3 nm y otros nodos avanzados, justo los que están en el corazón de la fiebre de la IA y de las GPUs de última generación. Cada salto hacia estructuras más pequeñas multiplica el nivel de dificultad: las máquinas cuestan una fortuna, las tolerancias de proceso se estrechan, la tasa de defectos pesa más en la cuenta y la producción tarda en alcanzar rendimientos aceptables. Hacer todo eso lejos del ecosistema hiperoptimizado de Taiwán, y en un país de costes altos, es casi una invitación a sufrir con los márgenes a corto plazo.

Por eso no sorprende que el perfil de beneficios en Arizona sea pálido si se compara con otras regiones donde opera TSMC. La dirección confía en que, con el tiempo, la mayor escala, el aprendizaje y las ventajas fiscales permitan mejorar la rentabilidad. Pero hoy los titulares alimentan la sensación de que el sueño de un gran polo de chips “Made in USA” se está comprando a base de recortar beneficios. Sin subsidios fuertes y sostenidos, difícilmente se justificaría levantar este tipo de fábricas en el desierto.

Chips estratégicos, aunque salgan caros

Desde la óptica de los gobiernos, de la defensa y de los servicios de inteligencia, la discusión es otra. Los chips avanzados son un insumo estratégico, igual que el petróleo lo fue en otras épocas. Están dentro de misiles, radares, satélites, sistemas de cifrado y plataformas de vigilancia. En ese contexto, la idea de que “no hay precio demasiado alto” para asegurar el suministro deja de sonar exagerada. Pagar más por producir en Arizona puede verse como una póliza de seguro geopolítica, no como un simple problema de margen.

La cuestión clave es quién acaba pagando la factura total. Una parte se cubre con ayudas públicas y exenciones fiscales; otra parte la absorbe TSMC y sus accionistas; y el resto se filtra a lo largo de la cadena de valor hasta llegar al consumidor en forma de productos más caros. No faltan bromas en foros y redes: cada café gratis en la oficina y cada beneficio extra para retener ingenieros en EE.UU. son unos dólares más en el precio del próximo móvil o de la próxima tarjeta gráfica.

En última instancia, el caso TSMC Arizona es un experimento en tiempo real sobre qué significa de verdad reindustrializar un sector de alto valor en un país caro. Muestra lo difícil que es copiar el modelo ultraeficiente de Asia en otro entorno y, al mismo tiempo, hasta dónde están dispuestos a llegar gobiernos y empresas para blindar cadenas de suministro críticas. Falta por ver si estas fábricas acabarán siendo un negocio sólido por sí mismo o si seguirán siendo, sobre todo, una cara pero necesaria póliza de seguro geopolítico. La respuesta dependerá de la velocidad con la que alcancen plena capacidad, de cuánto duren las ayudas públicas y de la paciencia de los inversores con esta apuesta a muy largo plazo.

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1 comentario

Fanat1k January 18, 2026 - 8:20 am

Para el ejército y las agencias de seguridad el tema es simple: mejor caro y cerca que barato y a tiro de misil en el Estrecho de Taiwán

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